Unidas por el hilo rojo

No sé si tenéis esa sensación de recorrer el mundo mil trescientas cincuenta seis veces y encontraros en el mismo punto. A veces quiero saber desde dónde comunicarme y me doy cuenta de que, en realidad, simplemente quiero comunicarme. El placer de hablar por hablar o, en este caso, el placer de escribir por ser leída y leer. De partir de mí para llegar a ti, a ti… a ti. En muchas ocasiones no me lo permito por prejuicios, por rarezas sociales, por inconveniencias de “agenda”. Hoy me lo permito.

¿Cómo estás hoy? ¿Cómo pinta hoy el día para ti? 

Quiero saber. Me apetece cruzarme con vuestras palabras para sentiros cerca, palpitando en la pantalla de mi ordenador mientras una nueva canción suena. 

¿Qué estás haciendo ahora? ¿Te gusta? 

Me apetece fluir entre palabras y llegar a vuestra pupila, a tu color particular. 

¿Te sientes plena? ¿Desayunaste hoy? ¿Tostadas o cereales?

Bailar entre las motas de polvo que levitan en la ventana, mientras vuestras respuestas se clavan, dulces, en la retina.

¿Cuánto tiempo hace que no bailas? ¿Qué escuchas ahora mismo? ¿Duermes en el lado derecho de la cama o en el izquierdo?

Hay un hilö rojo que va desde mi útero al vuestro, recorriendo la ciudad, amarrándose a farolas y postes de la luz, besando vuestro meñique.

Puedo sentirlo ¿y tú?

Akai Ito por Shuiro Misui

 

Según una creencia japonesa, las personas predestinadas a conocerse se encuentran unidas por un hilo rojo atado al dedo meñique, el cual es invisible y permanece atado a estas dos personas a pesar del tiempo, lugar y circunstancias. Su nombre Akai Ito. 

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