No soy quién esperas

No sé si os ocurre que a veces, por no decir todas, no sois lo que se espera o incluso lo que vosotras mismas imagináis que se espera. Así me siento yo hoy. Ultimamente, durante los últimos 28 años, he vivido con una astillita, pequeña pero fuerte, clavada en alguna parte de mi pupila que me impedía ver quién era en realidad (sabiendo que la realidad es depende mis ojos). Poco a poco esa astilla va saliendo y siento el agujero perpetuo que quedará tras su partida. Nunca podré verme como un ser completo pero ¿acaso quería esto? 

A veces, como hoy, me apetece hablar de lo que siento. Compartirlo, dejarlo por escrito para ver si así llego a algún inaccesible lugar que sólo, con las palabras, puede hacerse real ante mí. 

No, no soy nada de lo esperado. Siempre estoy donde nadie puede prever. Para los grandes estrategas bélicos esto constituye una ventaja. Ni mi físico, ni mis días, ni mis ilusiones, ni mis apetencias siguen un orden precocinado. En un boletín mensual escribí sobre el hecho de ser “una perra verde”, de ser diferente a las y los demás. El orgullo de ser quién realmente se es, a veces, puede verse mermado por la inseguridad que da creer que ser como se es -en un tiempo en el que se penaliza lo auténtico- no va a ser aceptado y por tanto, no te van a querer ¿No os ocurre que ante los demás sois más evidentes de lo que creíais? Voy descubriendo que las y los otros sabían más de mí que lo que yo creía y quería. Entiendo que debía de ser por la astilla esta famosa y los ángulos muertos. 

¿Qué espero yo de mí? ¿Qué creo que esperan de mí? Una lista grande y otra pequeña La cuestión es que tengo respuestas para estas dos perniciosas preguntas ¿Por qué esperamos algo cuando la Vida es, esperes lo que esperes? Llevo una semana para crear un boletín, concretar una conferencia y hacer una entrada concreta en este blog. No puedo con ello ¿Por qué? porque es lo que creo que se espera de mí y con esta expectativa imaginaria, estoy ahogando mi deseo. Ocurre que cuando una se pone el cartelito de “mujer emprendedora” tiene que cumplir con las funciones dispuestas e imaginadas para tal traje. Por esto las etiquetas son tan miserables: crean expectativas, menguan facultades y asfixian la espontaneidad del deseo. Alguien dentro de mí, una voz áspera, me dice que se trata de falta de disciplina. Me hace chiquita creerme esa mentira. En realidad soy muy disciplinada con mi deseo, no así con las razones y las habladurías de mi intelecto ¿Por qué debería estar ahora escribiendo sobre la menstruación en el período de crianza si hoy no quiero hablar sobre eso? Lo haré en su momento. Os aseguro que obcecarme con atender mi deseo es un gesto de valentía hacia la tirana resabida que vive en mí. 

Crear desde mi cuerpo y desde la propia diferencia cambiante (nunca es una ni constante) tiene implicaciones serias como ésta: no hacer lo esperado o lo que la etiqueta manda. A veces cuesta creer que lo hecho desde el deseo vaya a encontrar su espacio de acogida y transformación. Vivir la vida implica reconocer que nada nunca es igual ni puede ser esperado. Siempre me digo que no soy una mujer fácil de seguir pero sí intensa. O quizás soy muy sencilla… si lo siento, soy muy fácil… como la vida misma, siempre mudando. 

Para terminar de romper las etiquetas estoy abriéndome a otros mundos. Mundos en los que siempre he habitado pero que me avergonzaba compartir. No sabré nunca el porqué de esta absurda sensación. Toda una vida escribiendo desde lo más oscuro de mí y sigo sellando mis labios cuando he de pronunciar mis gustos, frases, brebajes y demás parafernalia que me hace ser yö, es decir ser “la no esperada” o quizás “la ya sabida por mí ocultada”. Cierto es que sólo soy yö cuando escribo. El resto de erikas están fragmentadas cuando no estoy tecleando o haciendo borratajos. Hoy me apetece compartir este cuarto propio (a veces se me olvida) otro rincón de mí, se llama Le Fabuleux Destin d’Ikkä . Ikkä es la parte de mí que me completa, me alborota y provocä. Lleva diéresis. Son las pisadas de hada oscura sobre las identidades rotas. 

No puedo domar mis impulsos destrucción, creación y transformación. Sé que no debo pero a veces, algunas tantas, me gustaría poder ser la niña buena, la mujer emprendedora locuaz, la Wonder Woman del mundo virtual. Me gustaría ser una constante en un mundo lineal, imposible ¿verdad? Sería aburrido, estéril pero… aún así ¿me querríais? Sí, toda la historia brota de la necesidad de ser amada. Pero para amar, ha de ser desde las miles que una Es. A veces, sólo amamos a una y entonces es cuando reducimos el mundo a cenizas, a cuerpos insípidos. Muy pocas personas me han dicho “Erika te amo tal y como eres. Con todas tus luces y todas tus sombras” Quien lo ha hecho, ha ganado mi amor para los restos. Reconozco que es difícil amarme desde mis sombras, no porque sean gigantes (lo son) sino porque no permito que nadie las vea. Quien me conozca, sabrá que apenas quedo, que cuando sufro, nunca llamo, que si me harto, me aíslo y callo. Vivo en mí, temiendo dejar partir las noches más turbias. Así es complicado ver lo que late detrás, en el negativo de la foto. Aún así, hay quien lo sabe y me da espacio, me mima y me invita a salir a sacudir mi manto oscuro. Ellas y ellos no tienen esa astilla el ojo. Me ven al completo. Alguna vez me dijeron “si pudieras verte como yo te veo” Me hicieron llorar. Ahora puedo ver algo más, pese al ángulo muerto que dejó la cicatriz. Sé así que nunca fui lo esperado. Aprendí que la “gente de bien” no espera, acoge lo que Es. Yo soy una de esas cosas en la vida que pasan, que son y no puedes controlar. Una estrella fugaz o un capricho del destino. Alguien a quien no esperar a cenar, un animalillo salvaje que si cuidas vendrá a dormir alguna que otra vez y es posible que vuelva a desaparecer. Aceptarme como soy es lo último que hago, mientras que aquellas/os que me conocen llevan haciéndolo desde mucho antes de que la astilla cegara mi campo de visión. Siempre fui nítida en mi opacidad.

Éste es mi descubrimiento de hoy.

Me siento mejor.

Feliz viernes.

 

 

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