La monogamia como factor de subfertilidad

Ayer el artículo de mi admirada María Llopis para eldiario.es “Desde las entrañas” me devolvió a la eterna pregunta en torno a la fertilidad. Llevo muchos años dedicándome a averiguar qué variables son las que influyen (y puede que determinen) en la concepción. Esa eterna pregunta, como sabéis, me llevó a crear este Camino pero aún se mantiene lejos, como una sombra imposible de dar alcance. (Lo cierto es que creo que nunca lograré alcanzarla y asumo que es como ha de ser).

He revisado muchos enfoques y algunos pecan de ser excesivamente metodistas y otros excesivamente esotéricos. Ambos extremos coinciden en el enfoque patriarcal y monógamo y es aquí, justo aquí, donde la luz y la sombra comienzan a desvelarse. Gracias al libro que ya he recomendado cientos de veces En el principio era el sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna, de Christopher Ryan y Cacilda Jethá  pude dar con una visión que rompía el enfoque de “papá y mamá” como pareja estable en el espacio y el tiempo. Revisando lo que ya sabemos (si no lo sabemos, está bien poder saberlo ahora) la monogamia es una construcción cultural no biológica (este libro tiene muchos datos a valorar sobre esta realidad maquillada) mientras que la concepción es una acción fisiológica marcada, eso sí, por la cultura. (En el eterno debate de qué fue antes cultura o biología muchas feministas hemos tenido que cambiar el enfoque dualista hegemónico.) Así pues, ocurre un gran desfase que es el de esperar que algo fisiológico suceda a las órdenes de un patrón cultural que funciona contra lo dispuesto biológicamente. Con lo que ante la eterna duda de si nosotrxs, como pareja amantísima, somos fértiles o no, está la respuesta ya contestada por la ciencia de que por separado seguramente sí (sois fértiles) pero juntos no. Esto abre espacios para la revisión cultural en relación a un tema tan delicado como la concepción y las relaciones monógamas.

Como muestra, comparto con vosotras, los siguientes párrafos del libro donde explican uno de los mecanismos de la concepción humana:

“Pero aunque ponga obstáculos a la mayoría de los espermatozoides, el cuerpo de la mujer también puede ayudar a otros. Hay evidencias sorprendentes de que el sistema reproductor femenino es capaz de hacer sutiles juicios basados en la firma química de las células espermáticas de distintos hombres. Estas valoraciones pueden ir mucho más allá de cuestiones de salud en general para abarcar las sutilezas de la compatibilidad inmunológica. El hecho de que diversos hombres sean compatibles genéticamente con una determinada mujer significa que la calidad del esperma es una característica relativa. Así, como explica Anne Pusey, “las mujeres pueden beneficiarse de probar muchos hombres, y distintas mujeres no necesariamente se beneficiarán de aparearse con un mismo hombre “de calidad extra”.

Este punto es de importancia crucial. No todo hombre de “calidad extra” ha de convenirle a cualquier mujer dada, ni siquiera a un nivel puramente biológico.. Debido a la complejidad de la forma en que dos conjuntos de ADN parental interactúan en la fertilización, un hombre de alto valor de pareja en apariencia (mandíbula cuadrada, cuerpo simétrico, buen trabajo, firme apretón de manos, VISA platino) puede hacer en realidad mala pareja genética con una mujer en concreto. De ahí que la mujer (y, en última instancia, su hijo) pueda beneficiarse de “probar muchos hombres” y dejar que sea su cuerpo el que decida de quién será el esperma que la fertilice. Su cuerpo, en otras palabras, puede disponer de mejor información que su mente consciente.

De modo que, en términos reproductivos, la “adecuación” de nuestros antepasados prehistóricos machos no se decidía en el mundo social exterior, donde, según las teorías convencionales, los hombres competían por el estatus y la riqueza material. La paternidad se resolvía más bien en el mundo interior del tracto reproductivo femenino, equipado con mecanismos para elegir entre padres potenciales a nivel celular. No estará de más tenerlo presente la próxima vez que leamos algo del estilo de “la predisposición hacia las posiciones influyentes, la riqueza y el prestigio son simplemente expresión del posicionamiento masculino de cara a acceder a mujeres con las que aparearse”, o “lo que está en disputa en la competencia entre hombres son los recursos que las mujeres necesitarán para criar a sus hijos”. Es muy posible que esto sea aplicable a la mayor parte de la gente hoy en día, pero nuestro cuerpo sugiere que para nuestros ancestros el panorama era totalmente distinto.”

Esto descoloca, lo sé. La cultura está aprehendida (que es más que aprendida) y aunque parezca imposible es de las pocas cosas en la vida que se pueden modificar con importantes resultados. (Mucho más fácil que ponerme los ojos castaños.) Es llamativo cómo la ciencia provee de intervenciones muy intrusivas para alterar algo tan inalterable como la fisología, mientras que no se plantea abrir espacios de nueva generación de conocimiento. Quizás no sea someterse a una in vitro y hormonarse cual pavo (me consta que es muy doloroso), quizás el camino a la concepción vaya por cambiar nuestra idea de pareja, de maternidad- paternidad, de compromiso y de sexualidad. Quizás, sólo quizás, va más por una apertura al cuerpo de otros y otras que no al de encerrarse en un callejón sin salida.

Por ahora paro PERO os aseguro que seguiré hundiendo el dedo en la llaga (en la mía, principalmente).


Día 17: fase ovulatoria

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