El tiempo de las fresas

Yo siempre digo que no hay nada lineal. Que es un error del pensamiento dicotómico el creer que todo sigue una secuencia lógica. Esto es lo que nos gustaría pero por eso la vida es como es, porque la causalidad, si existe, es a gran escala. Tan grande y tremenda que en nuestros años de vida apenas lo conseguimos ver. Aunque yo diga eso y sienta que es cierto, yo me había hecho la idea de que el duelo por la muerte de mi abuela seguiría un orden. Para están las fases del duelo, ¿no? Un mes después, apenas puedo moverme. Tenía mucha más energía y más concentración a los pocos días de su muerte. Ayer y hoy estoy profundamente rota. Sé que las fases del ciclo menstrual tienen mucho que ver. Cuando me adentro en la fase oscura, la premenstrual, las heridas aparecen sobre mi piel, como estigmas. Es angustioso haber perdido a una de las personas que más me ha amado. En este mundo ya hay alguien menos en quien confiar hasta el tuétano y esto me hace sentir terriblemente vulnerable. 

Ayer me compré rimmel. Yo no suelo maquillarme. Desde que ella se fue lo hago cada día. Algo en mí grita “The show must go on!” pero sé que no puedo seguir así por mucho tiempo. Estoy haciendo duelo por ella y por mí, porque yo ya no soy la que era ni volveré a serlo. Hago duelo por mi madre y mi padre, por mi tía y abuelo, por mis primxs porque al enterrarla, se han desenterrado viejos fantasmas y ahora soy lo suficientemente adulta como para comprender lo que antes no podía. 

La última vez que escuché a mi abuela fue el 28 de diciembre de 2012, el día de mi 29º cumpleaños. Caminaba extasiada por las calles de Jerez. Ella dijo algo como “¿Creías que no te iba a llamar? Estaba esperando a que llegara tu abuelo” y ya no me acuerdo de más. No soy capaz. Antes de llegar a Jerez, en el camino en coche, con un sol de invierno que augura cambios, escuchaba en trance esta canción, mientras el horizonte me susurraba algo inteligible. 

http://www.youtube.com/watch?v=nvb8wdBglpw

Tres días más tarde conocí a Alicia Murillo. Un día después, me despertaba angustiada y al salir de la ducha comencé a llorar. Le dije a Alex que este nuevo año era el año de la despedida. Él no me creía. Mi cuerpo sabía mucho más que nada ni nadie. El 8 de enero ella enfermaba. El 11 de enero a las 19,50 le besaba su mano y, sin volver la espalda, le decía “nos vemos”. El 14 de enero a las 17h ella se fue. El 15 de febrero volvía a casa de Alicia. En algún momento entre el 15  y el 18 de febrero abrí mi muralla. Aparecía la nieta de Herminia en mi vida. Una viene a fraguar el amor de la otra. Ocurre algo que no alcanzo a entender pero sí a intuir, pero aún no tiene palabras. 

Dicen, decís, que descanse. Creo que ya no me queda más remedio. Este sábado hay otro taller con mujeres hermosas y es mi responsabilidad estar entera o al menos lo suficientemente fuerte como para compartir todo lo que tengo, desde la pasión y desde mi vulnerabilidad. Es mucha la energía que entrego en cada encuentro. La recibo por mil veces más, pero creo que necesito descansar y darme a mí. Es una fortuna no tener talleres presenciales hasta abril. Con la muerte del invierno, algo nuevo llegará.

Yo sigo llorando sin entender. Sigo latiendo sin pensar. Permanezco doliendo mientras mis pestañas caen, una a una.

Con la llegada de las fresas, la abuela me despide. Ella que plantó fresas en un pedacito de la huerta para irlas a buscar conmigo. Fresas que más tarde recogerían mi primos. 

Justo cuando empecé a amar, mi corazón se quedó preso en una herida de sal. 

Poco a poco, dicen, decís pero ¿Cuánto dolor se puede soportar?

 

 

Ella y y0, en el tranvía.

2008

Día 20: fase premenstrual

 

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