Crónicas desde Hibernalia

Bueno, bueno, bueno (suena un poco a lo Jesús Puente o_0 )

Voy saliendo tímidamente de mi cueva, aunque os confieso que sigo hibernando. Hay momentos en los que me cuesta aceptar el estado de osa cavernaria en el que me encuentro, tanto por mi ciclo, como por mi situación anímica y mental. Llevo días enfadada conmigo porque no soy capaz de escribir nada que “merezca la pena”. Observo, cuando esto me pasa, que es la Señorita Patri Arcado la que habla en mí. Esa que me hace comentarios sobre productividad, responsabilidad y excelencia. La misma que me pinza las lumbares con tanto comentario dañino.

Estos días estoy escribiendo muy poco porque estoy seca. Literal. El invierno ha anidado en mí y aunque me de cierto gustito estoy muy cansada de estar cansada. Como es lógico (la lógica es necesaria y mortal, en estos casos) he mantenido un ritmo a la hora de responder a mis emails y gestionar colaboraciones y asuntos varios, pero aún así sigo atenazada. Creo que me estoy pidiendo mucho más de lo que ahora puedo dar. Creo que esto es bastante común en un mundo en el que todo es presumiblemente lineal y con expectativa de crecimiento. Éste es un error garrafal pues impide el flujo propio e inhibe la capacidad creativa que nace tras el descanso. Pero bie, aún así, sabiendo teoría y demás me cuesta descansar y es que

¿A ti no te cuesta? 

La culpa siempre está a la vuelta de la esquina y por mucho que una se declare atea, agnóstica o adoradora de las gomas Milan, siempre trae consigo el peso de la religión Católica con su cruz y su culpa. Ayer, en un estado alterado escribí que el problema del control (de querer controlar todo) es tenerse en una estima demasiado alta (que es la cara de una estima muy baja). Es decir, si te crees el ombligo del mundo, te crees capaz de gestionar y alterar todo lo que pase en él cuando en realidad una no es más que un grano de arena. Que sí, que grano a grano se forman playas pero que su existencia no condiciona. No tanto como para que el mundo se pare o cambie de rumbo. Sí, creo que al verme tan baja tiendo a agarrarme a cierto grado de arrogancia para no caer al fondo. Digamos que es mi mástil y, a la vez, mi caparazón. Ésta me hace imaginarme imprescindible y a su vez esta fantasía me hace no poder descansar porque si lo hago el mundo se para, o se rompe, o peor aún, me olvida (glups! me estoy poniendo a caer de un burro) 

¿Qué ocurre si descanso?

Pues nada. Que descanso. Punto. Que me renuevo. Que me aburro. Que leo mucho. Que veo pelis. Que me aburro… menos. Que dejo mi forma del culo en el sofá. Pues ¿qué va a pasar? que el mundo sigue girando y que yo consigo tomar cierta perspectiva o al menos relajar la mirada. También pasa que si descanso me pongo a llorar y eso, me da mucho miedo. Yo aprendí que una no ha de llorar y de hacerlo nadie ha de verla. Voy trabajando en esto pero me cuesta la misma vida. Claro está que la fase en la que estoy (menstrual) una acaba llorando cuando y con quien una no se espera (el otro día lloré en una reunión de amigxs literatxs).

Mi refugio siguen siendo los libros. Ahora he añadido películas gracias a la plataforma Filmin (de la que soy fan hasta la médula y más allá) y también el twitter (mi twitter personal es un poco -bastante- cultureta) con lo que en estos días de encefalograma plano y manos torpes leo buenos libros y curiosas pelis. Y de vez en cuando, entre unos y otras, en el descanso, lloro. 

Antes de terminar la crónica de estos días en Hibernalia (chulo el nombre, eh?) me apetece hablaros de un libro que me llegó la semana pasada y que terminé 2 días después (la media para que yo termine un libro es de 1 mes y ha de resultarme muy especial para que lo termine). Además llegó en el momento adecuado pues es un libro para leer en la fase premenstrual. Sí, si no lo habíais pensado cada una de nuestras 4 mujeres tiene unos gustos literarios bien diferentes (creo que haré una entrada de este tema un día de éstos). Además lo compré porque sonaba interesante y en especial por sororidad. Se titula No tengo el chocho pa’farolillos y está escrito por Selene García una porteña que vive en Madrid. Son las aventuras y desventuras de una mujer sin papeles que, a través de la escritura, trata de mantenerse cuerda. Es la lucha por sobrevivir a la alienación. Su escritura es muy fluida y realmente conmovedora. Se expone en cada párrafo y esto es lo que más me ha gustado de ella. Además he de decir que me siento diferente desde que cerré la tapa, con lo que es un gran síntoma, pues si un libro no te cambia mejor apagar y salir corriendo. Así que si os apetece leer un libro escrito desde el cuerpo y sí queréis colaborar con una mujer que escribe-sobrevive-piensa-y-habla-muy-clarito podéis comprarlo aquí por 5€ más gatos de envío. 

Servidora, con su ejemplar, sobre la barriga de Alex

 

Bueno, bueno, bueno (vuelve Jesús Puente)

Creo que es hora de poner punto (y seguido, pero otro día) a esta entrada de hoy. Mi Señorit Patri ARcado o Rottenmeier me hace pediros disculpas por no haber publicado ningún artículo sexudo (que también sesudo) de esos que suelo componer con tanta alegría y esfuerzo. Estos días una sólo da para hibernar y hablar de su hibernación. Eso sí como os echo tremendamente de menos (no es broma, aquí en la cueva una está muy sola) me gustaría saber cómo estáis vosotras estos días. 

Así que escribidme, contadme, informadme de cómo os va!

Así como si tenéis algún libro chulo o película o serie o pastel que pueda alegrarme la estancia en cuevita city , compartidlo 🙂

Os deseo un finde prolífico o catatónico. Lo que vosotras elijáis estará bien! 

(Por cierto estamos gestando algo que sé que os va a encantar pero por cuestiones de hibernación aún no saldrá a la luz, pero ¡permanezcan atentas a sus pantallas!)

Día 4: terminando la fase menstrual

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