Erika ¿a qué te dedicas?

Mañana vuelo a casa. De nuevo en Euskadi. Voy para el Taller de Autoconocimiento del Ciclo Menstrual. Seremos 20 mujeres. Estoy contenta. Mucho.

Pienso en mi trabajo. Ayer un compañero del “taller de novela” (así llamo a la aventura común de escribir una novela acompañada por Loita Bosch) me comentó que le generaba mucha curiosidad mi dedicación y cómo la he creado. Le resultaba llamativo y, por su mirada, casi mágico que hubiera creado una profesión. Su primera pregunta fue: “Sin ofender, ¿puedes vivir de ello?”. A mí no me ofenden cada vez que me preguntan esto. Es más, me ayuda a darme cuenta del gran trecho andado y del enoooorme camino que aún me queda.

Más de una vez he manifestado mi inquietud por desarrollar un trabajo del que apenas hay referentes y en el que las poquitas que estamos somos, más bien, pioneras. Yo estudié 2 años de empresariales en Sarriko (la Universidad del País Vasco) y lo dejé porque, al salir del examen de Contabilidad II me hice la pregunta existencial de: “¿Quieres vivir 40 años de tu vida trabajando en la ventanilla de la BBK?” (por favor, las que tenéis pasión por vuestro trabajo en ventanilla de bancos no os enfadéis, que lo que pasaba es que a mí no me gustaba) Y me mareé. Literal. Tuve que salir corriendo a las campas a buscar aire. En realidad todos sabíamos que yo no era una chica de empresariales. Con espíritu emprendedor, sí porque siempre he querido ser “mi propia jefa” (eso tampoco existe) y porque no puedo vivir sin crear constantemente (esto no es aceptable en las empresas con sus programas y demás). Pero en clase tenía discusiones con los profesores (apenas recuerdo a mis profesoras, salvo la de Matemáticas III -que jamás aprobé- y a la de Teoría Microeconómica -llegué a un 4,75 pelao-) en las que me decían que lo que yo proponía no podía generar nunca beneficios. Que lo mío no era viable ni como ONG y uno, muy serio y amable, me invitó a abandonar la carrera y estudiar Humanidades. La historia sigue en que llegué a casa y con todo el miedo y con todo el vértigo les dije que quería dejar la carrera. Esto sentó como un tiro. El primer año lo cursé con beca pero el segundo como había dejado 4, no me la concedieron. Así que mis padres tuvieron que pagar la matrícula al completo, que en una economía de subsistencia suponía un gran desembolso.

Tras gritos, llantos y discusiones apocalípticas yo expliqué que quería cambiar porque me iba la vida en ello. Iba a ser una infeliz de por vida porque por suerte (desgracia?) siempre he tenido que estar altamente motivada para implicarme en mis labores. Ademas de mi autoexigencia adquirida por una educación del Tercer Reich, sabía que si quería ser buena en algo no iba a ser en algo que detestase. Yo les pedí tiempo y les dije que trabajaría para ello. No iba a consentir que mis padres invirtieran más dinero en mí. Esta decisión, creo, fue mi primera decisión de adulta. Me puse a buscar y buscar qué quería ser de mayor. Algo que había tenido claro (más o menos) desde pequeña y que gracias a la, des-orientadora pedagógica, tuve que renunciar. Yo quería estudiar ingeniería genética, ginecología (en verdad era la idea de matrona lo que se pasaba por mi cabeza) o ser escritora. La señora desorientadora le dijo a mi madre que mi coquito era prodigioso en letras pero que era curiosamente mediocre en ciencias (asunto que no es cierto, peeeeero) así que nada, toda mi vida entregada al sueño científico se fue al traste. Elegí empresariales porque por esa época en mi entorno se elegían 2 carreras universitarias: empresariales o ingeniería. Elegí lo que menos mal se me iba a dar y no lo que me gustaba. Tenía muy buena nota de corte pero estaba muy desanimada. Con la renuncia a empresariales me puse, de nuevo a soñar: pensé en magisterio infantil y lo increíble que es que unx peque se acuerde, con cariño, de ti con 50 años. Lo propuse en casa y mi padre montó en cólera. Pensé en Filosofía y lo que me gustaba y la frase de él fue:” Eso lo estudian los hijos de os ricos, tú has de estudiar algo que te dé de comer y después, una vez alimentada, estudia lo que quieras”. Él me propuso estudiar Hostelería pero no me veía de cocinillas por mucho gen gastronómico que digan que tengo. Hasta que de pronto, pensando en las ganas de matar a la orientadorcilla pedagógica de mi remilgado colegio de monjas por haberme destruido la seguridad y confianza, se me encendió la bombilla y pensé en Pedagogía. Sí, quería estudiar e investigar sobre Educación. Quería saber si todo lo mal que lo hicieron muchas de mis maestras y profesoras de escuela tenía una justificación científica o no y por supuesto, quería cambiar el mundo (arrogancia juvenil, luego se cura) Cuando lo propuse en casa no dijeron que no. Eso sí la opción era ir a la Universidad de Deusto y para ello necesitaba dinero. Así que tras la Jornada de Puertas Abiertas, donde gracias a la excelente labor de marketing mis padres creyeron que la Pedagogía salvaría el mundo (es que bien explicada la Pedagogía da muchas esperanzas existenciales), fui a hablar con una de las coordinadoras para contarles mi caso y que sin beca esta muchacha no cursaría la carrera Gracias a esta mujer (a la que siempre he estimado y a la que le debo alguna disculpa por mis años de catre arrogante) pude entrar en la Universidad y gracias a mi trabajo como dependienta en una tienda de ropa  pija pude pagarme el primer año. El resto de años los cursé como investigadora becada (becaria es la palabra, amigas) y finalmente terminé con e Premio al mejor Expediente Académico (esto no lo cuento nunca que me da palo). La cosa es que disfrute horrores de mi carrera. No fue tanto por las fiestas universitarias (estuvieron bien pero yo vivía a 20 minutos de casa de mis padres con lo que el despiporre era el justo y necesario) sino por la pasión de aprender. Creo que nunca antes había sido tan ratilla de biblioteca o tan empollona (cada una que lo llame como quiera) pero disfrutaba casi con cada trabajo de clase. Sacaba matrículas por placer y, confieso, también para ser responsable con los sacrificios de mi familia. Claro que había momentos desagradables y materias inútiles pero en resumen diré que fue un espacio de desarrollo increíble.

No sigo con la historia porque me quedan años aún por contar, pero pienso en cómo la Pedagogía fue y es un mundo para mí. Cómo encontré mi lugar en el mundo, primero a ciegas, por pura intuición y después con la razón y la necesidad de explicar a mi familia el porqué de mi elección. Cuando me formé como doula, ya en Barcelona, ocultaba mi origen universitario. Me daba vergüenza y más teniendo un expediente tan inmaculado (da grimilla eso de que piensen de una que es una empollona de primer grado). Diseñando mis primeros talleres de ciclo menstrual para adolescentes también renegaba de explicar mi origen. Fue la práctica pedagógica lo que me evidenció. Pude ver que lo que estaba haciendo (y hago) era Pedagogía del Cuerpo Femenino. Fue Alex el primero que, al referirse a mi trabajo, habló de Educación Menstrual. Yo me siento incómoda con los títulos autoimpuestos pero busco la manera de sentirme cómoda con las definiciones profesionales autodefinidas para que las personas que preguntan por mi saber/hacer con curiosidad, puedan tener una explicación más clara y concisa. Mi fanatismo por el rigor y la coherencia me impide, un montón de veces, ser más precisa pues no quiero engañar ni engatusar con palabrejas. Tendrías que ver la cara de poema que pone mucha gente cuando les respondo
a la tan típica pregunta socializadora de: “¿A qué te dedicas?”. Es gracioso y ya he aprendido a hacer una síntesis en la que me sienta cómoda por el rigor y por la claridad: pedagoga especializada en ciclo menstrual y corporalidad femenina. Y sigo: facilito espacios para cuestionar, investigar y resignificar la experiencia del ciclo menstrual en el cuerpo femenino. Sí, la cara de poema se agranda pero yo me siento a gusto: definida y acotada, algo que me va de perlas porque en los primeros años de este camino me sentía demasiado amorfa y temía estar tocando espacios que no eran los míos y acabar confundiendo así a las mujeres que acompañaba.

Sí, pienso en mi compañero de ayer y en su cara de asombro. Pienso en mi primo que hoy, al felicitarle por su cumpleaños, me ha dicho: “prima, que trabajos te buscas” Pienso en todas las personas que, tras la cara de poema, me preguntan más, con curiosidad infantil (la genuina), con intriga de gato y que me hace saltar de la alegría al ver que mi pasión es contagiosa y da respuesta a necesidades específicas. Pienso en que por fin, gracias a mucho trabajo y esfuerzo (no diré lo contrario), esta camino me da alegrías y me da de comer. Aún no me mantiene o, de hacerlo, lo hace a rachas (la vida es incertidumbre, my friend) pero lo que sí hace es enseñarme que el camino merece la pena. Que es un camino de rosas con espinas y que en él no transito sola, a mi lado hay cientos de mujeres con deseos únicos y preciosos que tengo el honor (y la responsabilidad) de cuidar y ayudar a hacerlos realidad.

Hay días en los que me siento esplendorosa. Días en los que sé que mi paso es firme. Otros no me doy cuenta de todo lo que está hecho porque no puedo apartar la vista de lo que queda por hacer. Esos días trato de cogerme de la mano y sentarme a escribir. Así me doy cuenta de que estoy en un buen momento, no por suerte (como solía decir) sino por amor, entrega, compromiso y esfuerzo (he renegado mucho de esta última palabra por resultarme my patriarcal, pero honestamente no encuentro otra para definir las estrecheces y la superación de éstas). Sí, es una profesión diferente pero está cincelada a medida, mi medida. Y por ello he de ser más rigurosa, coherente y comprometida que nunca. Esto no es un Juan Palomo (yo me lo guiso, yo me lo como) esto es el desarrollo de un área apenas tocada y por ello quebradiza y muy vulnerable. Es un trabajo único que se acerca al arte en tanto que su origen es la pulsación corporal/ mental y el desarrollo requiere dar la mejor versión de ti en cada momento. Sí, mi sitio era otro. Mi sitio es éste.

 

Día 20: inicio de la fase premesntrual

Pic: Ayer imbuida en mi cabecita loca

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