¡Sé lo más pobre posible, huye del éxito!

No voy bien. No hay bien ni mal pero intuyo y sé que no es por aquí.

Es la 1 de la mañana y desde la penumbra, escribo. He decidido escribir porque éste es mi cuarto propio, aunque seáis más de 1 y más de 2 las que paséis por aquí. Esta madrugada no escribo en alto. Escribo en bajito. Para mí. 

Leo:

¡Sé lo más pobre posible, huye del éxito!

del Maestro Dogen. Y me doy cuenta del comportamiento idiota que estoy teniendo. No soy idiota, pero actúo como una. De manera sutil porque es así como se comporta una idiota de mi medida. No me ofendo por darme cuenta. Me alegro de haber llegado a tiempo para verlo. Para verme. 

Llevo 3 ciclos viendo como mi sangre menstrual merma en cantidad. En esta merma puedo ver las horas delante de la pantalla actualizando todos los perfiles de el camino rubí. Alimentándome de vuestras opiniones, disolviéndome en mis pasiones, perdiendo el norte. 

Éxito. Siempre lo he perseguido. Sabiendo que ni siquiera lo quiero. No como se define en la calle ni en los salones. Yo deseo no mantener el hambre de mis deseos. Vivo en conocimiento constante de esta paradoja y a veces, cuando la creo coger, advierto que, con pensarla, ya la he perdido de nuevo.

A la vida, en realidad, le da igual que yo viva. Ella es a través de mí como es a través de ti o de esa roca. Soy algo más, una piedra más. Quizás esta verdad me cueste una vida- ella misma- aprehenderla. 

Miro las cifras. Hablan de éxito. Compiten de un muro a otro. Todas somos maravillosas y yo sé que es una ilusión. Aún así participo. Tímida, al principio, arrogante a la mitad, desengañada al último sorbo. 

Vivo en el descrédito. Occidentales jugando al sueño de Oriente. Creyendo que todo es abarcable con nuestro pensamiento. Creyendo en nuestras voces grandilocuentes. Creyendo en el descrédito. Mismo bucle, distintas intenciones.

Contemplo mi absurdo. Como lo observo en la vecina de al lado. Me río de mí si consigo reírme de ella. Es un asunto de locos. Podría decir que no tiene sentido, pero actuar como una idiota sí tiene sentido. Es tan limitado que por ello atiende a una lógica, por absurda que parezca. La vida es la que siendo tan inmensa carece de sentido y querer buscarle uno es asunto de idiotas. La vida son paradojas pespunteadas con hilo de plata.

Busco la sensatez. Me persigo con lo que yo llamo rigor. Todo esto está bien pero deja de estarlo si se tuerce y se convierte en la marca de la casa. Qué sutil es todo. Cuando nace sin interés- mushotoku- es puro. En cambio cuando se siembra con intención, por minúscula que sea, junto a la semilla va la mala hierba. Que por mucho que una se empeñe en arrancar luego, seguirá creciendo.

Esta noche buscaba vacío. No llenar mi vacío que es inmenso. Sino vaciarlo de trastos viejos. Es posible mezclar las palabras de Kodo Sawaki con mis hormonas menstruales provoquen esta reflexión trasnochada. Sólo quiero señalar que si alguna vez doy imagen de mujer estupenda es sólo eso, una imagen. 

Yo, en realidad, no quiero nada. Sólo así me siento a gusto. Sin interés, sin deseos, sin búsquedas. Todo está ahí. Aquí. Dentro, en mis entrañas. Nadie me lo va a dar. Creer que gustaros o seros de utilidad va a llenar mi vacío es una ilusión tan grande como pensar que yo, con mi conocimiento y mis vivencias, voy a llenaros a vosotras. No va a pasar. Jamás. Siempre estaremos vacías o llenas a la mitad. La cosa es mantener limpia la zona de cacharros. Historias para no dormir que nos invitan a actuar como idiotas en un teatro sin telón. 

No iba bien. No. Pero ahora, que he volcado el ardor de mis tripas en estas letras, creo que voy mejor.

 

 

Taisen Deshimaru.

Cuando estoy inquieta, le observo.

 

 

 

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