Mi pequeña King Kong

Esta mañana leí el muro de mi amiga Leire. Hablaba de Virgine Despentes y de las proletarias de la feminidad. Como siempre hago con Leire, le he pedido que me amplíe el concepto y me ha hecho un tremendo regalo que comparto aquí. 

Llevo días, semanas pensando en lo que Virgine hace palabra. En realidad llevo una vida rabiando, sintiendo, padeciendo, reflexionando y tratando de quitarle hierro a lo que ahora vais a leer. Desde hace poco se ha vuelto a activar en mí el odio (sí, lo reconozco es odio) hacia la definición -patriarcal- de mujer femenina. Me harto de observar en mí comportamientos idiotas que buscan la mirada del otro. Detesto mi inseguridad y mi necesidad creada de gustar, encajar, atraer y seducir a quien no me interesa para nada. No me culpo porque sé que se debe a un acto de supervivencia. Nunca fui una niña amada por sus compañeras, buscada por los chicos, popular en la escuela ni nada por el estilo. Era un bicho raro, una perra verde. Durante mucho tiempo sufrí pero durante otro tiempo supe sentirme orgullosa. Cuando no pude más acabé por renunciar a la comida con el fin de ser amada o, al menos, respetada. Es curioso ver cómo aceptaron antes a una encabronada anoréxica que a una simpática gordita. Me preferían enferma a sana. Encajaba antes huesuda y decrépita que rellenita y lozana. Mis kilos bajaron pero mi autoestima subió. Desde entonces relacioné éxito con delgadez y es a día de hoy que sigo manteniendo una batalla sorda contra el espejo. Una pelea a puñetazos con lo que el sistema demandó y con lo que acepté dar a cambio. Nunca me he sentido guapa ni en forma. Jamás he sido la chica con la que saldrían los buenos chicos. Además de mi físico, mi actitud nunca ayudó. Hablaba cuando no convenía, decía lo que no se quería escuchar y me gustaba tomar decisiones propias acerca de mi sexualidad. Durante veranos fui la puta y la mala de un pueblo de reprimidas y catetos (también hay buena gente). Los domingos agonizaba en casa temiendo a los lunes. Siempre buscaba la manera de encajar aún sabiendo que jamás daría con la tecla. En el acto de encajar yo iba amputándome y rompiéndome. Quería ser querida, quería tener amigas y para ello tenía que entrar en un claustrofóbico molde. Lo hice, entré. Pero nunca del todo. Siempre me sobraba un cacho de cerebro o me faltaba un trozo de teta. Tuve muy pocas amigas. Aún las conservo. Ahora me rio pero duele. Sigo teniendo esa herida que supura inseguridad. Ésa que me recomienda callarme porque de lo contrario no me querrán. Pero esa herida se  dibuja en un cuerpo, el mismo que siempre ha tenido la fortaleza de decir, hacer y callar lo que el deseo le ha dictado. Este cuerpo que me acoge y engrandece. Éste que me grita que no les necesitamos. Gracias al cual soy todo lo grande, desmesurada, puta, loca y falible que soy. Y por todo ello vivo feliz y rabiosa. No padezco dolores por omisión sino por desvergüenza. Reconozco mi rabia como el motor de cambio y no como el defecto de la que no sabe fluir y ser hermosa cual mariposa. En mí sigue viva la niña de 9 años, incómoda, gorda, gafotas, abusada, arrinconada, reprendida y tímida, capaz de saberse sola y no achantarse ante nada ni nadie. Esa niña es mi turbina. Ella es la gran mujer que soy. Mi pequeña King Kong.

Ahora, habla Virgine:

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la feminidad: desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy. Cuando estaba en el paro no sentía vergüenza alguna de ser una paria, sólo rabia. Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se interesan poco estoy rabiosa, mientras todos me explican que ni siquiera debería estar ahí. Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de la pringada de la feminidad me resulta más que simpática: es esencial. Del mismo modo que la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero los que no consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención están de nuestro lado. Cuando no se tiene lo que hay que tener para chulearse, se es a menudo más creativo. Yo, como chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen. Son, sin embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí algo distinto de un caso social entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado, lo debo a mi virilidad.

Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme con un lugar en la sombra. Escribo desde aquí, como mujer poco seductora pero ambiciosa, atraída por el dinero que gano yo misma, atraída por el poder de hacer y de rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que otros me harán de ellas. No me interesa ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar. Nunca me ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo pasen tan bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque esto me ha servido para librarme de una vida de mierda junto a tíos amables que nunca me habrían llevado más allá de la puerta de mi casa. Me alegro de lo que soy, de cómo soy, más deseante que deseable. Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo, ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y ne
gro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.

Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre…

Teoría King Kong

Día 5: camino de la fase preovulatoria

 

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