Cuestionando la marginalidad y el pensamiento único

Escucho a mi Chavelita. Las lágrimas corretean por mis mejillas, juguetonas me hacen respirar profundo y fuerte.

Toda una vida admirando a las mujeres que viven al margen. Siempre he tenido debilidad por las marginales, las raras, las malqueridas, las zarandeadas por la vida, aquellas a las que se las negó pero de las que todas beben para tomar fuerza. Existen imágenes de marginadas que forman parte de los estereotipos y existen mujeres marginadas por no seguir los clichés. La cuestión es la vivencia al margen de la normalidad, de la vida prediseñada por otras personas. La marginalidad ¿se escoge? Me hago esta pregunta una y mil veces. De hecho mi proyecto de novela se centra en esta cuestión que me revuelve la sesera. Por propia experiencia sé que la marginalidad se puede acabar aceptando y te la puedes apropiar y lucir cual bandera pero intuyo que no, que te toca, te inunda y te envuelve sin que la elijas previamente. Que puedes tratar de sobrellevarla, puedes negarla o puedes lucirla pero que en el primer momento que se toma conciencia de ella, una se duele, se padece y se encabrona. Porque la marginalidad lleva no sólo falta de privilegios sino la prohibición de éstos, además de la obligatoriedad de condiciones de vida diferentes y, a priori, de calidad inferior a lo que el sistema evalúa como satisfactorio o de bienestar. 

Las mujeres nacemos en la marginalidad de este sistema. Yo no elegí mi sexo. Ocurre que además hay más complementos a esta marginalidad. Puedes ser lesbiana o puedes ser indígena o puedes ser trabajadora precaria de una fábrica de galletas o puedes vivir en El Cuerno de África. O puedes ser todo eso a la vez. O puedes no ser nada de eso y ser marginal. Porque la marginalidad es bidireccional. Debe hacer algo/alguien que establezca las normas del juego. Y en esas normas la anormalidad vivirá al margen. En este caso ser mujer, lesbiana, indígena y proletaria define una vida al margen según el sistema del hombre caucásico de mediana edad de clase media- alta y heterosexual. Ninguna de las dos partes de la ecuación han tenido el poder de elegir vivir en la norma o al margen. Es posible que apuntemos que el hombre sí que pudo elegir ser de otra clase social pero no lo veo. El hecho de dejarlo todo y cambiar de clase social me sigue pareciendo un salto con paracaídas que alguna gente con recursos se aventura a hacer. Yo lo valoro pero como hija del proletariado confieso que desconfío de esos saltos que yo entiendo “con red”. Quizás alguien diga que la mujer proletaria podría escalar socialmente que el sistema lo dispone, pero tampoco me lo creo. Además que con sus otros rasgos propios le sería aún más difícil de lo que de por sí ya es. Avanzo con el tema de clases porque no es la clave de mis pesquisas de hoy. Este ejemplo es muy claro y por eso lo utilizo pero ahora quiero darle una vuelta de tuerca para plantear mis dudas. 

¿Qué pasa cuando dos personas que viven al margen se encuentran? Pues que, a priori, se unen. Una le dice a la otra que hay otra como ellas y van sumando. Van perdiendo miedo, cogiendo fuerza y sintiendo orgullo de lo que las define” al margen de”. Así se crean grandes y pequeños movimientos sociales. El feminismo, como tantos, se fue gestando así. Mujeres que tomaban conciencia de su estado de marginalidad y que buscaron la forma de unirse, crear pensamiento y pasar a la acción (esto es un micro micro resumen de los orígenes) para generar un espacio en el los márgenes se ampliasen tanto que cedieran o bien que se eliminasen. Pero ¿qué ocurre en la práctica? Que las que vivimos al margen creamos nuevas normas sobre cómo es la perfecta marginal y si no se cumplen, se marca a esa persona y se expulsa del Edén marginal. Sí, ocurre y no sólo en los diferentes mundos de nosotras, las feministas, sino en otros grupos de personas: lxs de la medicina alternativa, lxs de las escuelas libres, lxs de la crianza con apego, asociaciones LTGB y cualquiera que se te ocurra- vale tu grupo de amigas de los viernes noches- No sé porqué carajo ocurre pero ocurre. Reproducimos en ese espacio al margen lo que ocurre en el espacio central de la supuesta e impuesta norma. El pensamiento diferente y original se va transformando en pensamiento único y ¡ay de quién lo cuestione! Será marginadx al otro extremo del margen. 

De manera personal esto me inquieta porque desde hace un par de años asumo que soy loba esteparia, soy yo y mis consecuencias. Nunca soy como se espera de mí. Así que siempre vivo al margen del margen. Sí, en mi caso como mujer con marcados rasgos caucásicos, que vive en Europa con pareja masculina y con una carrera universitaria vivo en un margen más simbólico que real (no seré necia) pero no deja de delimitar mis actuaciones y mis relaciones. Toda mi vida he funcionado así y me sorprendo cómo sigue siendo una constante. He encontrado a pocas personas que acepten la diferencia en los márgenes. Un ejemplo que me intriga y en el que estoy investigando ahora mismo es en la cuestión de mi estética actual. Hija de un padre femenino (definición del sistema) y de una madre masculina (definición del sistema) sé que mis cuestionamientos siempre nacen de la contradicción de lo que esperado y lo real acontecido. Fui criada para ser un niño. Vestida para ser respetada y educada para ser autónoma y exitosa. Los vestidos se me negaron, así como el color rosa y los lacitos. Las casas de muñecas (que nunca tuve) eran sustituidas por telescopios y mi sueño de bailarina se cambió por el de científica. Cuando mi cuerpo comenzó a cobrar formas de mujer lo odié tanto que dejé de comer. Se frenó así el desarrollo de mis pechos pero no el de mis caderas. Mi cara dulce de labios voluptuosos siempre me resultaba incómoda y mi voz aguda era el castigo de los dioses. Yo quería tener un cuerpo que fuera como era yo por dentro: andrógino. Con el paso del tiempo y la necesidad de ser valorada socialmente dejé crecer durante un par de años mi pelo. Traté de copiar la exuberancia “femenina” que vendían por la tela y las revistas. Me sentía muy incómoda y pasé de ello. Sentía que no me tenían respeto y que podía llegar a ser muy vulnerable en ese cuerpo social “femenino”. Volví a mi pelo corto, mis vaqueros, mi actitud desafiante y mi rollo particular. Ahí estaba segura. Para mí esa postura es la natural, la postura que definen “masculina” (no creo en lo femenino ni lo masculino definido por alguien ajeno a mí como el sistema o un grupo de personas x) Ahora, en cambio, estoy haciendo un experimento. Tengo una larga melena rubia y pantalones cortos. Tengo pulseras y pendientes. Voy de verde y de rosa chillón. Y sé que me siento rara en esta nueva faceta de mi cuerpo. Estoy resignificando el femenino desde mi propio cuerpo -desde mi libertad- a través de mi experiencia de vencer mis propios miedos. Y sé que esto a los ojos de ciertas mujeres me hace parecer “una Barbie vendida” De nuevo, vuelvo al margen del margen. Soy una peli-largui que rezuma heterosexualidad por sus poros – y una histérica feminista, para otrxs- Aunque nadie sepa lo que se cuece en este experimento tan válido como el de ponerse una prótesis de goma entre las dos patas, se juzga y se señala tratando de devolver al margen aquello que nos resulta incómodo. Ocurre que cada persona tiene el derecho (y también siento que la obligación) de asomarse a sus límites y jugar con ellos para expandirlos. Para encontrar el sitio donde, en este momento (no otro), quiere estar y experimentar. Para mí es un reto esta “femineidad” Saber que una tipa con esta apariencia puede albergar crítica, pasión y libertad me anima, me gusta y, porque negarlo, me pone. Para mí llevar el pelo cortito no es un reto porque es lo que siempre quisieron mis padres y lo que para mí era, algo más sin importancia. Para mí ponerme una minif
alda sí que es un reto mortal que aún no consigo afrontar. Así que parece que el margen, tiene otros submárgenes o quizás es el mismo con otros collares. 

Pero aquí pienso, que ¿qué decisión es propia cuando ya se ha planteado el contrapensamiento? Siempre me digo que ir a favor e ir a la contra es la misma falta de decisión propia. En el margen habitan las personas que están en la “contra de” y también las que deciden por sí mismas. Cuando alguien no comulga con el pensamiento único porque así lo decide, esté donde esté (fuera o dentro del margen) será expulsada a otro nuevo margen y así en espiral. Y yo me pregunto, entre tanto margen ¿Dónde está la norma? ¿Hay alguien en ella? O en realidad, vistxs desde un microscopio, ¿no habitaremos todos en los márgenes y son éstos los que dan forma a la normalidad? Porque, sin márgenes, ¿habría norma?

Ayer me atreví a sacarme esta foto y ponerla en el perfil de FB. 

Me da cosa, pero avanzo en mi experimento.

Día 22: fase premenstrual

 

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