Seguir sin ti

Nada funciona. No es una sorpresa. Pero albergaba alguna estúpida esperanza. En estos 288 días he hecho todo lo que estaba en el manual de la vida. He estudiado, me he aplicado, he defendido mis ideas, he recibido a mis amigxs, he visitado a mi familia, he jugado con mi ahijada, he mimado a mi sobrino, he generado ingresos, me he cortado el pelo, he renovado el vestuario, me he vuelto a cortar el pelo, me he teñido, me he aventurado en aquello que me daba terror, he pagado mis impuestos, he aprendido a decir no, he conocido mis límites, me he encontrado con mi niña y mi niñata interior, he salido a correr, me he apuntado al gimnasio, he agujereado mi nariz, me he atrevido con el tatuaje, he comprado un colchón decente, he llenado el depósito de gasoil para no pasar frío este invierno, he conseguido decorar la habitación, he vuelto a salir de fiesta pero con moderación, no he abandonado el proyecto de novela y he caminado por mi lado oscuro con ligereza. Aún con todo, con jodidamente todo esto, abuela, no consigo sonreír desde aquel lugar donde sonreía antes de que te fueras. La tía del espejo es una mujer adulta con la mirada pellizcada. A su iris le falta ese brillito que tienen las criaturas al venir a este mundo. Ahora ésa del espejo me mira atenta, con cierto cinismo en sus maneras me señala las muescas de ser un animal vivido. Esas marcas de mierda que hacen que una deje de ser porque ser, con toda su redondez, podría generar una explosión atómica. Los árboles arderían, el hormigón se quebraría al pasar debido a la baba corrosiva de nuestro dolor. Esa imbécil rota y yo somos dos caracoles sin concha dispuestos a vivir con las tripas abiertas hasta que algún animal bendito nos permita salir de aquí.

No sé, no sé escribir sobre tu ausencia. Escribo de todo. Pero desde que te fuiste las letras se han quedado atascadas en algún lugar del teclado. Creo que debería llamar al técnico para que mire qué carajo pasa. No soy capaz de hacerlas salir. Se supone que podría compartir esto para quedarme más tranquila pero no puedo. No llego. No acierto. Haga lo que haga, al terminar el día, cuando estoy en la cama pienso en ti. En la realidad de tu partida. Y yo ¡qué creía que tenía algún tipo de fe! ¡alguna útil creencia en el más allá para convertir mis lágrimas en preciosas perlas! pero no tengo nada de eso. Soy totalmente consciente de la nada. Del no volver a verte nada más que en mí, cada noche, al cerrar los ojos. Dentro de mis párpados te reconstruyo como una artesana del vidrio. Detalle a detalle: las manchitas marrones de tus largas y finas manos, las uñas perfectamente limadas de color rosa nacarado, tu cardado pelo naranja orangután, las gafas cayendo sobre el botoncito que era tu nariz, tu vestido verde con la flores amarillas y el cinto marcando tu barriga. Cada noche me acaricio imaginando que eres tú quien lo hace. Me sorprendo rezando por encontrarte en el espejo, como los fantasmas de la tele. Y nada. Sólo mi imaginación puede traerte a la vida de nuevo. Sólo en mi mente sigues hablando, riendo, haciendome caricias en la espalda.

Lo que más me duele es que antes, mucho antes de que te fueras, yo ya me había ido. Me fui, sí. Esta es la realidad. Viajé lejos pero no es excusa. Ya viviendo a un par de horas o 30 minutos de ti, había salido de nuestra cama. Te di por supuesta. Llegué a esa edad estúpida en la que tu familia sobra, porque el mundo tiene algo más y mejor que ofrecerte. Aunque ya de más mayor quisiera recuperar lo que quise perder, ya estaba muy lejos. Cuando nos veíamos, apenas 2 veces al año, trataba de volver a aquel lugar al que vuelvo ahora que no estás. Tú me mirabas y sonreías pero sabías que así no podía ser. Yo te miraba confusa, sin saber tanto como sé ahora, y te abrazaba. Te decía que te quería y lloraba. Pero abuela, no lo hice bien. Ahora lo veo. Siempre tan sobresaliente en todo y, en nuestra relación, vivía de las sobras de nuestro idilio infantil. Me aproveché de toda la devoción que sentías por mí desde que posé mis pies en la Tierra y quise que esas llamas nos duraran hasta el final de los tiempos. Y no, no era suficiente para ti. No era ni suficiente ni justo.

Te escuché por última vez el día de mi 29º cumpleaños. En Año Nuevo estaba con gripe y por apatía, por dejadez, por esa porquería de saberse amada, no levanté el teléfono  y te hablé. Luego ya, es la nube de hiel y barro del hospital. Ya no me ves. Ya no me oyes, Ya es demasiado tarde para nosotras. Te llevé el libro. El libro que mi estupidez no te envío meses antes. Ese libro donde hablaba de ti. Donde reconocí ante un auditorio que tú eras lo más increíble que me había pasado nunca. Esas palabras que tejían el puente hacía nuestra cama de nuevo las dejé hundidas en el fango del tiempo, en el “ya lo haré”. Ya no podrás leerlas. Ni esuchar mis disculpas. La realidad es que estás bajo una losa de mármol con la compañía de las fotografías de tus nietxs y la de Alex, además de los huesos de tus padres. Tus manchitas marrones, tu pelo naranja, tu naricilla se difuminan, se pudren, se marchitan. Ya no hay poesía para las carnes que se descomponen. 

La ironía de la muerte trae un regalo consigo. Tú, que detestabas tu cumpleaños por ser el día de los muertos y de las flores de postal, nos decías que cuando faltases sólo iríamos ese día, matando 2 pájaros de un tiro. Pero resulta que al final, cuando ya no respirabas, lo que siempre pediste se hizo realidad. Tú que querías ser de otro día que no fuera el 1 de noviembre, naciste,  el 31 de octubre de 1928. Alguien se confundió. Nunca podrás saberlo. Como nunca podrás oirme decir que eres la persona que más amor me ha dado nunca, que siempre has sido mi mayor cómplice y que la mujer que soy ahora es la mujer independiente, creativa y libre que quisiste que fuera. Al final, como siempre, lo conseguiste. 

Ahora, después de haber hecho todo lo que se supone que hace feliz a una persona del siglo XXI (desde la meditación hasta las clases de universidad pasando por las fiestas a las 7 de la mañana sin olvidar las horas y horas de paseos por el bosque), puedo decir que no me queda más camino que el de atravesar esta pena hasta agotarla, hasta hacerla mía y llenarla de purpurina. Es momento de adentrarme en esta larga noche. Noche que me lleva a esa casita que he construido en mis sueños, donde me mimas y me dejas sentarme sobre tu regazo con la única condición de irme a la mañana, porque según me cuentas, estás muerta y así es como debe ser. 

Abuela desde que te fuiste soy más real y por ello más vulnerable, más quebradiza. Si volvieses seguiría siendo una arrogante de mierda, seguramente no habría aprendido nada. Duele. Más que nada. Pero cura. 

Te amo. Gracias por haberte enamorado de mí y por haberte desenamorado porque amarme así no podía traer nada bueno. Ya lo aprendí. 

 

Día 14: fase ovulatoria

Pic Designspiration

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