Ser madre (en esta sociedad) apesta

Hoy me han pedido opinión. Opinión como doula. Yo hace mucho tiempo que no ejerzo. Y no he sabido qué decir. Me he quedado muda. He pensado. He leído. Y vengo aquí a compartir. El primer y único aviso que quiero dar es que hablo como Erika Irusta R. (de Rodríguez) que es mujer por decisión y biología, feminista ecléctica (o feminista de la indiferencia como dicen mis comadres a braga quitada), de relaciones siempre heteras y cuestionadas, no- madre, formada como pedagoga, doula y asesora de lactancia (formada como, pues no puedo ostentar tal título porque no he sido mujer lactante), especializada en menstruación (educadora menstrual) y demás títulos nobiliarios vitales y académicos que una pueda leer en mi bio. Vamos que hablo como yo misma porque sinceramente con respecto a este tema, éste en concreto, me pronuncio desde esta esfera (achatada por los polos) que soy. Al decir que hablo como Erika quiero decir que no hablo por nadie más. No soy la voz de nadie. 

Pero ¿de qué carajo voy a hablar  y por qué me pongo tan vehemente? Pues porque tengo el corazón partío que cantaría el singermorning del Sanz. Todo comenzó así:

Ayer leí el artículo que escribió mi comadre y amiga (la quiero y de verdad) María Llopis en respuesta al artículo de Beatriz Gimeno contra la maternidad y me quedé pensando y me quedé, también, dudando. A María no le he dicho nada (no creo que le moleste esta disertación que ahora mismo tengo conmigo misma y con vosotras a modo de voyeurs) porque no sabía expresar lo que ahora voy a tratar de expresar. No sólo a ella, sino tampoco me atreví a decir nada a amigas, comadres y compañeras que compartieron su artículo como voz de su sentir ante el artículo de Beatriz. No lo hice porque no había leído el ya famoso artículo y tampoco porque intuía que quizás las podía decepcionar (a mis amigas/ comadres seguro que no las decepciono ya que pensar diferente no es nada malo, pero a una le da coraje pensar de un modo casi opuesto al que se espera de ella). Así que ahora que ya sé lo que quiero decir y que veo que escribiendo larga y profundamente (no seré un tormento o trataré de ser lo más ágil posible) puedo expresarme desde todos mis ángulos, me posicionaré:

Primero de todo no creo que se plantee un con Beatriz o contra Beatriz. A parte de que no ha de ser personal (no digo que nadie lo haya hecho, que no voy a dar sopapos con guante blanco. No es mi estilo) creo que es importante mostrar una postura en la que ambas ópticas casen o al menos que valgan sin levantar ampollas dolorosas y estériles (las dolorosas y fértiles son necesarias en todos los temas). Dicho esto, sigo.

Emmmm.

Antes he de traer un poco de Historia (de la mía) para que sepáis desde dónde hablo (es necesario, lo siento. Será un microresumen):

En 2008, con 24 años me formé como doula*. En esa misma época le planteé a mi compañero ser padres. Me quedé embarazada y al de unas semanas perdí al bebé. Traté de quedarme embarazada durante 2 años. Sin tregua me empeciné en ser madre. Sufrí profundamente. Tanto que abandoné los grupos de lactancia donde participaba y acabé por renunciar a mi trabajo de doula. Finalmente, gracias a mi pareja, acepté la posibilidad de no ser madre biológica y abrí mi vida a vivirla para mí y mis seres queridos. Creé el camino rubí, descubrí el feminismo, hice un máster en la UB, conocí a mujeres impresionantes, me aventuré a escribir, viajé por toda España, volví a salir de fiesta, me tatué, gané dinero, me compré tiempo, gané espacio, disfruté de mi pareja y un día, un día me volví a preguntar si quería ser madre y la respuesta fue NO** (e incluso un GRACIAS por no nacer).

El asunto es que no, no quiero ser madre y sinceramente creo que no hay espacios para cuestionar la maternidad y en especial para negarla abiertamente. Beatriz señala que las feministas hemos podido asumir ser malas mujeres, malas esposas, malas malosas (esto es mío) pero nunca malas madres y tiene toda la razón. De hecho es muy complicado decir abiertamente que los niñxs te gustan un rato sin llevarte una mala mirada y ser tachada de egoísta. Se acepta el cuestionamiento al marido, al jefe, al Estado, pero cuestionar tus relaciones con las criaturas siempre se acaba llevando a un estado de presuntos problemas psicológicos de la atrevida que ha manifestado sus emociones. Esto os lo digo porque he estado en las dos partes: en la de profesional-jueza todopoderosa buscadora de traumas infantiles y en la de tía-vinagre que no tolera a una criatura. 

(Amigas y comadres, es verdad, a veces me cuesta estar con peques. Yo me esfuerzo. Sabéis que soy paciente y muy amorosa pero de verdad, siendo por fin sincera conmigo, no todas las criaturas me caen bien y no quiero seguir fustigándome por ello.)

Como doula contaré que es cierto que hormonalmente estamos diseñadas para (si todo se respeta) vivir el famoso coctel de hormonas por el que nos enamoramos del bebé y nos prendamos de él/ella haga lo que haga. Pero, como doula, os seguiré diciendo que hay mujeres que aún con este coctel no se enamoran de sus criaturas y que otras sin coctel ni mojito ni ná se enamoran. Que, con todo esto ¿alguna sabe cuál es el estándar de enamoramiento? Porque el amor romántico con las criaturas existe. Esto es que, como no se ha posibilitado un lado crítico sobre la maternidad, seguimos repitiendo tópicos en torno al amor hacia lxs hijxs. Porque quizás lo que no es enamoramiento para mí, para mi vecina es amor del bueno. Así que quizás iría bien cuestionar el Amor en esta relación de pareja (díada madre-hijx). Enamorarse de lxs cachorritxs no sólo tiene el componente biológico (que existe y es necesario reconocer) sino que además tiene el componente cultural que es más determinante de lo que imaginamos. Con hormonas o sin ellas (cada mujer tiene unos niveles propios) la cultura amaestra y domestica, además de ser esa cultura el caldo de cultivo donde una cría (es como el océano para un pez, si le preguntas qué es el agua no entenderá de qué le estamos hablando. Lo mismo nos pasa con la cultura a nosotrxs). Las hormonas se acaban terminando y no exagero cuando digo que muchas mujeres pasan “el mono” porque de repente su cuerpo (nuevas hormonas) les pide espacio para ellas, tiempo para sus necesidades y es aquí donde muchas se rompen. Pero no
sólo se rompen por la fisiología sino porque esta cultura no está hecha para ser mujer y tampoco para ser madre. Este sistema es cruel con todas nosotras: con las no-madres y con las madres. He presenciado y he acompañado situaciones crudas en las que mujeres- madres han aullado de dolor porque se sienten estafadas con la maternidad y con los cuentos de hadas que, mujeres y profesionales como yo (yo también la he cagado), les hemos vendido (y cada cual ha querido comprar). Ser mujer y elegir ser madre es hartamente duro pero más aún si no existen modelos críticos de maternidad, si no se cuestiona hasta los cimientos el hecho de ser o de devenir madre desde un enfoque (como puede haber otros) como el que propone Beatriz Gimeno. 

De nuevo no estoy señalando para dividir sino para comprender. Señalo que desde la maternidad como yo la aprendí, como yo la acompañé y como yo la asimilé (la cuestiono ahora desde otro enfoque) constituye una jaula de oro para un número nada desdeñable de mujeres. Mujeres que son lo suficientemente valientes para admitir que aunque sus hijxs sean maravillosxs, ellas no pueden más con su no-espacio, no-tiempo, con la real y cruda dependencia económica a cargo de sus compañeros, con haber apartado el deseo de su vida porque la realidad, el día a día, les muestra que no es posible ser como ellas quieren ser. Y sí, algunas dirán que es por el patriarcado que nos anula y que no nos deja vivir la maternidad como ha de ser, como estamos programadas las mamíferas, y os prometo que comparto parte de este enfoque pero por mucho que afirmemos esto, en la práctica, no sirve de nada; ya que somos hijas de nuestra madre y de nuestra cultura, y en este sistema capitalista del que todas mamamos, una comunidad (que es lo que se necesita para la crianza) es inviable. Criar una criatura sin comunidad es una auténtica y real locura. Es duro, desesperante y apto sólo para valientes. Y no lo digo en broma, mis amigas- madres son mucho más valientes que yo. Esto me recuerda a un día, siendo una niña, en el que le pregunté a mi madre si no era duro ser mi madre. Ella me dijo: sí, lo es. Y yo le pregunté algo así como si le compensaba en algo y recuerdo textualmente su respuesta: Sí, me compensa tu sonrisa. Cuando sonríes sé que todo ha merecido la pena. Confieso que me sentí muy amada pero yo sé que a mí ahora una sonrisa de mi hijx no me satisfacería (por favor absténganse las que me vayan a decir que eso me pasa porque no soy madre porque de verdad este argumento no hace más que perpetuar el ideal de madre-única-amorosa-sacrificada que estamos tratando de quebrar para que el aire entre y cada cual pueda ser madre como le apetezca/pueda).

Muchas mujeres desde sus casas tratan de vivir a través de la vida de aquellas que aseguran que nunca nada tuvo sabor hasta que sus criaturas llegaron a ellas y pese a ser cierto para estas últimas (genial por ellas. Sin ironía, de verdad que es genial) es mentira para las primeras, pues su realidad es otra. No es peor. Simplemente otra. Pero claro ¿quién se atreve a arrepentirse? ¿quién se atreve a verbalizar esta angustia en voz alta? Una puede arrepentirse de haberse casado pero no puede arrepentirse de ser madre. Que esta frase duela es síntoma de que hemos de abrir espacios, atravesar ese dolor y ese vértigo que nos es común a todas (escribo esto y me cuesta adentrarme en las profundidades del bosque).

Yo soy de las que apuestan porque cada una de nosotras se atreva a hacer lo que le salga del coño. Con lo que aquella que decide ser madre y criar con apego, dar pecho a demanda y cambiar pañales ecológicos tuvo y sigue teniendo todo mi apoyo (las del Estivill y el biberón también tienen mi soporte). Mis amigas (muchas) crían así y yo las apoyo, las admiro y me encandilan. Ahora bien, también apuesto por espacios para mujeres que han parido y/o han adoptado y cuestionan la maternidad y por espacios para tipas como yo que a veces se mueren por ser madres (en ocasiones, cuando ovulo) para acabar detestando compartir mesa con una persona de 5 años que no deja de dar golpes con la silla porque necesita expresarse. 

Antes de terminar quiero dejar bien claro que no estoy criticando el oficio de madre de nadie, ni en general ni en particular. Sé que es un tema muy espinoso en el que todas nos sentimos aludidas pero de verdad (de la buena) creo que escamarse tanto es otro síntoma de que hemos de romper los cimientos de la maternidad para que se airee y podamos construir, tejer de nuevo o quizás con retales, pero hacer algo fresco. Algunas como yo somos unas teóricas. Por ello me guardo muy mucho de hablar sobre la maternidad porque no soy madre y por el hecho de tener la capacidad de serlo, de haberlo deseado y haberme formado profesionalmente como doula no creo que tenga potestad, no directa, para liderar ninguna verdad (si es que existe alguna). Dejé de ser doula entre otras cosas porque no podía acompañar la maternidad sin saber cómo era yo como madre (que esto no es que una doula haya de ser madre, simplemente yo no puedo) con lo que, por favor pido, que ninguna lea estas líneas como sentencias sino como un acto sano de revisión y autocrítica. Sinceramente hemos de hacer algo. Quizás empiece por visibilizar, por dar voz a las sombras, a la precariedad de la maternidad sin querer hacernos responsables de esa oscuridad al estilo “me arrepiento de ser madre porque mi madre no me amamantó y esto ha creado en mí un vacío que bla bla bla” sino enfocando una realidad menos subjetiva que es la de “a veces me iría de casa porque no puedo ni cagar tranquila. Mi pareja trabaja 9 horas fuera, cuando llega  quiere descansar y durante todo el día no tengo a nadie con la que compartir la crianza. Trabajo 24h/7 días a la semana.” 

Existe una realidad impepinable (que dirían algunas): ser mujer, en esta sociedad, apesta. Ser madre (en temas de logística, por ejemplo) es una mierda muy grande. Mis amigas- madres son buenas amigas y no me edulcoran sus experiencias. Yo elijo no vivir esto. No ahora. Eso sí, me gustaría dejar de asistir al doloroso espectáculo de mujeres que, tras ser madres y de partos nada traumáticos (por si hay alguna profesional en la sala), lloran de impotencia porque se sienten estafadas. Estaría bien un encuentro cara a cara, mimo a mimo, en el que mujeres madres y no-madres (y el infinito abanico entre éstas) pudiéramos hablar y cuestionar para crear espacios de libertad, brechas por donde respirar. No un encuentro  pro maternidad o contra maternidad. Un encuentro abierto, plural, real… sí vale, soy una soñadora pero aquí ando lanzando un cabo. Si alguna lo recoge, yo tejo gustosa. 

De nuevo a mis amigas, compañeras, comadres, profesionales de mis tiempos de doula toda mi admiración y cariño. Espero que mis palabras hayan sido un viento fresco y no un turbio huracán. 

Este escrito es una muestra práctica de una mujer que quiere hablar desde su propio enfoque y sentir sobr
e la maternidad. No es un juicio moral a ninguna mujer. Es un atrevimiento personal para hablar sin tapujos y con el mimo posible sobre un aspecto de nosotras, las mujeres, que hemos de revisar desde otros ángulos. Así como se respetó y acogió con tremendo cariño mi deseo de ser madre, espero se respete y acoja (con la similar ternura) mi actual deseo de no serlo y de cuestionar el propio hecho. 

* Una doula es una profesional que acompaña a las mujeres en el camino de la maternidad (desde la concepción hasta el posparto incluyendo las pérdidas y abortos). No hay una única definición. Creo que ésta es la más amplia.

**En este NO hay un: quizás algún día y no de manera biológica (no tengo problemas de fertilidad es una decisión personal que ahora no os voy a contar).

 

Día 20: a puntito de estar en la fase premenstrual

Pic Designspiration

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