Atrapada en azul

los límites de la pecera

Sal de mi cuerpo, Satanás.

Estoy por hacer venir al Padre Carras para que me haga un buen exorcismo. A veces, no pocas, he definido el feminismo como aquello que me permite darme cuenta de las toneladas y gramos de patriarcado que bordean y atraviesan mi cuerpo. Y aquello que  a su vez, me permite replantearme mi posición en mi cuerpo y en el mundo para aprender estrategias o reinventarlas con el fin de, sino expulsarlo de mi cuerpo y hábitos, sí mantenerlo al margen. Sinceramente creo que no hay ser humano libre de patriarcado. No por no intentarlo sino porque el patriarcado es el agua en el que nadamos. La cultura no es un añadido, un accesorio, sino que es el líquido amniótico en el que flotamos y del que nos alimentamos (además de en donde también cagamos). Así que yo ya tengo aceptada esta incómoda realidad. Sí, el patriarcado es mi padre simbólico (me lo imagino al estilo Darth Vader diciéndome: Erika Juuuuuhhhh juhhhh Yo soy tu padre) y como padre me ha enseñado muy bien y yo he aprendido mejor. Todo lo aprehendido me ha permitido ser operativa (atención a la palabra).  He aprendido estrategias para poder arañar unos pocos privilegios (que de privilegios tienen poco) y así ocupar un utópico asiento de primera en el vagón de segunda en el que tú y yo, todas nosotras, viajamos.

No me gusta nada, de hecho siento cómo me duele el cuerpo, descubrirme partícipe de este sistema. Pienso y repienso las maneras de aislar el vagón de segunda y dinamitar el tren pero mi asiento de piel con visillos de seda me resulta cómodo-incómodo-cómodo. Durante toda mi vida he tratado de ocupar el mejor sitio para poder sentirme válida y así querida. Pero el amor del patriarcado es un amor tóxico. En la medida en la que le resultes interesante y productiva, tendrás tu lugar pero cuando comiences a incomodar por curiosa, por deslengüada, por fea o por libertina sexual tú espacio de seguridad, de amor patriarcal, se irá reduciendo hasta que te ahogue. Acabarás en una esquina del tren, entre orines y vómitos. Nadie quiere acabar allí. Ninguna nena-bien lo desea. Y tú, Erika, eres una buena nena, ¿verdad?.

Pues es una mierda bien grande (así escrito) porque sí, soy una buena nena. Me revienta infinito pero estos últimos días estoy buceando en las partes más incómodas de mí. En ellas me he encontrado simulando una vida en la que todo sea más sencillo porque desde mis comienzos nada ha sido fácil. Aprendí demasiado pronto a sentirme sucia y a valorarme como mala. He buscado en las estrategias patriarcales la manera de ser considerada o al menos de no ser dañada (no más). Pero en este juego perverso he salido perdiendo, ¿quién no?.

Y sí, está claro que las buenas nenas como yo sólo lo somos de cara a la galería y eso, al menos, me calma. Sí, soy buena nena pero como estrategia de superviviencia y también de revolución. La clave está en no creerme “la Elegida” “la hija del Dios-Baraba-Azul” y esto es difícil porque hay un momento en el que te amodorras, un segundo en el que sin darte cuenta te vendes y vendes a tus mujeres por un puñadito de aceptación, por unos gramitos de reconocimiento.

El precio es alto, demasiado alto aunque parezca minúsculo frente a todo lo que has de atravesar para tener a este diosito lindo vengador apartado de tus bragas y tus pensamientos. Me duele horrores pero necesito escribir qué continúo haciendo en el orden patriarcal de manera ordenada, pese a cuestionarlo y aullar. Tengo la torpe esperanza de enumerarlo y así lograr expulsarlo de mi cuerpo. Y si no puedo, al menos de mi rutina. Y si no puedo, si el vicio del hábito me lo impide y la inconstancia se alía con la apatía, al menos desnudarlo ante todas como penitencia o como solicitud de clemencia.

  • Buscar ser adecuada y aceptada

            Escribo mucho menos de lo habitual por miedo a no resultar adecuada. Cada vez son más ojos los que están atentos a mis palabras y esto está provocando en mí unas ganas amplificadas de agradar, de decir aquello que todas (absolutamente todas) las personas queréis escuchar. Con lo que mi verdad-mentira-verdad se va disolviendo, y opto por quedarme muda. De este modo no desagrado a nadie. ¡Oh sí! a mí misma pero ¿no es egoísta pensar en agradarte todo el rato? Ya pero necesito que me quieran ¿De verdad que necesitas que personas que no has visto ni verás en tu vida te quieran? Bueno pues que no me odien ¿te crees que eres tan importante como para crear sentimientos de odio- amor sólo con palabras?  Bien, pues que no me dañen y que me ayuden a crear una ilusión de aceptación. Vale, ahí estamos de acuerdo. Entonces mejor sigue muda. 

  • Necesitar ser vista para sentirme valorada pero tampoco vista demasiado para no eclipsar

            Unida a la anterior, practico el que se me vea un poco para así ser una mujer valiosa pero sin que sea demasiado para no molestar al resto. Por el resto no diría exactamente hombres, pero sí que siento un nudo en la boca del estómago cuando unx científicx, por ejemplo, sabe de mi trabajo. En seguida quiero desaparecer pues no sé si mi trabajo es aprobado por la Nueva Inquisición y yo no quiero que me tomen por bruja, sino por una buena profesional. Lo mismo me ocurre con ciertos entornos feministas donde sigue habiendo una élite o consejo de sabias, y también en la escritura. Primero abro una brecha. Segundo me instalo tímidamente con miedo a molestar. Voy pidiendo permiso hasta que me instalo. Eso sí, nunca me siento totalmente en mi casa  porque no quiero ocupar aquello que “no es mío”.

  •  No respirar, no ocupar espacio.

             Sí, no respiro. Vale, respiro lo justo y necesario pero este mes largo en terapia he caído en la cuenta de que no respiro. Me cuesta mucho coger aire y no porque tenga problemas en el diafragma (que también) sino que desde siempre me he posicionado así en este mundo. Respiro poco para no molestar, para no ocupar demasiado, para no tomar aquello que “no es mío”. Sí, como muchas mujeres este mundo es ajeno a mí/nosotras. Y yo no quiero estar en casa de un desconocido y tomar algo que no es mío (A todo esto ¿hay algo que sí sea mío?) Vivo en el mundo en calidad de invitada.

  • Mostrarme atractiva y respetable ante los hombres

           En este post escribí sobre algo similar y me duele reconocer que sigo practicándolo. Detesto sentirme presionada cuando paseo por la calle y observarme colocarme bien el pelo o ajustarme la falda al pasar delante de un grupo de tíos. Mis manos lo hacen solitas. Yo observo anonadada este fenómeno. Anonadada y encabronada como una mona. Lo tengo tan interiorizado que me cuesta la vida desactivar el mecanismo. Y sé que si hago esto es porque busco una tregua, un espacio pacífico en el que pueda estar tranquila o al menos, menos tensa. También busco el poder que me da saber que gusto a un hombre, pues desde ahí puedo derribar almenas y planificar estrategias. Eso sí para ello debería invertir tiempo y no lo hago.

  • Sonreír y ser dulce aunque esté dolorida

         Detesto cuando se dibuja en mí una dulce sonrisa pese a estar demolida y resquebrajada tras ella. Me digo que la persona que me acaba de saludar no tiene porqué tragarse mi mierda así que sale sola. La pinto sin pestañear pese a que ya no me queden pestañas. Temo a mostrarme rota porque aprendí que la gente no quiere verlo y que, además, puede utilizarlo para hacerte daño. La vulnerabilidad es esa indeseable pordiosera que te pide asilo en tu casita de veraneo. Pese a que si me preguntas: Erika, ¿cómo estás? te voy a decir la verdad (esto puede ser algo que no quieras escuchar) verás que mi sonrisa siempre está ahí, haciendo juego con el “me siento vacía”. Sonrisa dulce que suplica “por favor, quiéeereme o al menos, no me odies”

  • Poner en primer lugar mi trabajo y mi tiempo a la producción antes que a mi red de amigas

          Operativa. Es el adjetivo estrella de mis sesiones de terapia. A Erika no le importa romperse siempre y cuando esté operativa. Erika la productiva. Erika la creativa. como buena hija de mi papi sistema, mi identidad y satisfacción va unida a mi capacidad de producción y mis posibilidades de consumo. Antes está producir que relacionarme con mi familia. Pero bueno vale, como en mi familia hay un marido (en breve lo será, pero de este capítulo he de escribir mucho aún) pues se me permite tener tiempito para mi pareja. Eso sí, para mis amigas nada. Eso es superfluo. Me sé muy bien la teoría de que el amor más potente y más saludable es el que tenemos y tengo con mis amigas pero en la práctica puedo estar escribiendo sobre las bondades y las necesidades revolucionarias del amor entre mujeres (como estoy haciendo justo ahora) antes que  apagar el ordenador y plantarme en casa de Leire. No lo hago porque en mí, mi trabajo sigue siendo la prioridad porque es el que de un modo u otro me da una identidad y un estatus (mientras escribo esto me entra pánico al pensar que pensaréis que en verdad no me dedico a esto por vosotras y por amor puro y duro (que también)).

  • Sentirme menos infeliz al tener un cuerpo más normativo

         Es la primera vez que me gusta mi cuerpo. He conseguido hacer las paces conmigo pero diré que hay una cara oculta que deseo desvelar. Y es que mi cuerpo por fin es un cuerpo totalmente normativo. Estoy esbelta, delgada, atlética y mi cara es linda. Tengo una talla 38 y una S en todo lo demás. Ya no me tengo que angustiar si no entro en tal o cual prenda, porque entraré y la luciré. Por fin he conseguido ajustar mi cuerpo a la norma. Por fin puedo descansar tranquila. Lo que me duele es sentir este alivio. Es darme cuenta de que me hubiera gustado sentirme feliz en mi cuerpo menos normativo pero que no lo he conseguido. Y sí disfruto corriendo (lo hago por el chute de hormonas que me provoca) y comiendo sano (tengo un problema gástrico) y esto ha hecho que acabe habitándome en versión atlética pero sé que dentro de mí, muy adentro, deseaba tener la capacidad de amarme imperfecta, en mi cuerpo de niña de 9 años gordita y gafosa. Y no lo he conseguido. Y quizás nunca lo haga pues la anorexia de mis 14 años sigue ajustando las dioptrías de mis gafas normativas.

  • Elegir y compartir las fotos en las que salgo más bonita

          Tardé en tener instagram. Y tardé en sacarme fotos a mi misma (o lo que llaman selfies). Una vez que hice uno, ya no paré. Siempre he detestado el postureo y más el postureo buenrollista que está tan de moda. Todo el mundo sale feliz en colores pastel y todo es precioso, de diseño nórdico, como si viviésemos en un catálogo de Ikea. Pero lo que más me revienta es que yo hago lo mismo. He acabado adoptando los mismo hábitos hipsters de todo el mundo que me revienta pero que sigo sin remedio. Eso sí, elijo siempre las fotos más bonitas. Las que dicen al mundo lo guay que me va todo y lo bucólica-divina que es mi vida. Por cada foto molona, hay 10 que acaban en el cubo de la basura de mi iPhone 5s (¡cómo no!). No hay fotos de nadie cagando ni saliendo feota. Y que conste que pese a que me flipa la estética de los mil filtros, sé que el mundo sería un lugar mejor (frase muy recurrida) si pudiéramos mostrarnos más reales. Pero es que cuesta mucho y es que una teme perder. Si pongo una foto en la que mi ojo sale 2 veces más chico que el otro y estoy en una postura “normal” la gente va a ver que no soy tan wonderful. Que si salgo haciendo el payaso, se entiende, pero en una foto tomando el té en la tetería cool del pueblo, no. Porque ahí muestro que soy feota y las feotas son inadecuadas, y a las feotas nadie las quiere, y a la feotas no les espera una vida exitosa. Por eso, muerte a las feotas. Salgamos todas estupendas en las fotos. Representemos sin parar una vida de ensueño que jamás ha sido ni será (es inviable) pero por la que todas nos mutilaremos para tratar de alcanzar.

  • Temblar al sentir que puedo enamorarme de verdad de otra mujer

          Temita peliagudo donde los haya. No sé si además de los tíos practicantes feministas (los otros no me gustan ni un pijo) acabaría teniendo sexo con mujeres. Y hablo del sexo porque sé que amo a las mujeres y sé que me excitan las mujeres, ni que sea en mis fantasías sexuales en mi fase preovulatoria y premenstrual. Ocurre que mi pareja es una pareja que cuestiona su elección monógama cada cierto tiempo (dependiendo de las apetencias de la señora, porque siempre me pasa algo a mí). Y una de las cosas que más me saca de mis casillas es la posibilidad de dar con una mujer que realmente me guste y me obligue a cambiar ciertos hilos de mi relación. Hace poco comprendí que si nunca decidí tener nada con una chica era, en parte, porque yo soy una persona cuya erótica es el poder . Y las mujeres no tienen poder, no por sí mismas. No en este sistema claro. Esto me deprimió bastante pues, por otro lado, siempre he considerado mediocres y rastreras a las personas que se ponen con el poder, y aquí estaba yo, siendo una más del selecto club. Comencé a pensar en mujeres atractivas (para mí), lesbianas y con poder y me di cuenta de que sí, de que tendría algo con ellas sin problemas. Bueno, no se trata de “sin problemas” porque aunque me gustase, yo tengo una relación que no deseo sacudir ni convulsionar. En mi heterosexualidad soy feliz y estoy cómoda. Pese a que reconozca que es posible que, si Alex y yo no nos dejamos o no abrimos la pareja (con lo que esto puede suponer para un animal tan posesivo e inseguro como yo hacer esto) nunca sabré cómo es amar, besar, acariciar y follar con una mujer, no me muevo de mi sitio de felicidad/ comodidad. Y esto no me gusta, y esto me hace temblar.

Y aquí termina esta lista. La termino de escribir con cierta amargura, pues el ejercicio de hacerla palabra y darle cuerpo fuera del mío, no ha expulsado de mí al bicho. Estas creencias, estas verdades-mentiras en las que nado me dejan atada. Sí, puedo mover mis manos y mis pies. Puedo crear brechas dentro de su soga y respirar, pero sigo atrapada en la red. Acepto que no saldré de esta pecera, que es posible que muriese si así lo hiciera, pero confío, intuyo e incluso sé que otras peceras son posibles y que con mis torpezas-límites-miedos estoy colaborando a crearlas. Ni que sea a imaginarlas.

Glup.

Glup.

Día 16: fase ovulatoria

Pic Fish Tank

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