Estoy que crujo

Ovulatoria Power

Soy una señora. Hoy soy una verdadera señora de las que se contonean en su falda de tubo y van a comprar flores con las uñas pintadas de rosa sandía (la última sensación). De ésas que sonríen espléndida y sensualmente al frutero. Hoy estoy ovulando y la otra cara de esta hetera ovulando es la de habitar voluptuosamente este cuerpo a golpe de rimmel, faldas y contoneos sinuosos. Esto para mí es nuevo. No nuevo por desconocido pero sí nuevo por consentido porque yo nunca me he permitido habitarme así. Por varias cosas (todas con mucho fundamento):

La primera viene con la ley de protección de caras bonitas enseñada por mi madre y que viene de una larga estirpe de mujeres. Esta dice así, palabras textuales de mi amatxo cuando yo cumplía 14 años: “Nena, tú eres guapa. Eres bonita y las chicas bonitas han de vestirse con cuidado. Si no, podrán hacerte daño. Y no quieres que eso pase”. Para entonces yo pensaba de todo sobre mí menos que era pero comprendí lo que ella quería decir: si te vistes destacando tus cualidades pueden pensar lo que no quieres que piensen (¿o sí?) y pueden atacarte verbal o físicamente, siendo responsabilidad tuya pues como chica atractiva (y no atractiva también) deberías saber cómo cuidarte. Más corto: Si te vistes como una puta, luego no te quejes. (Hoy no toca hablar de la de problemas que tenemos con la palabra puta y con las trabajadoras sexuales pero un día de estos podríamos hablar más). Sí, las madres, tías, abuelas ejercen de policías y juezas en este sistema pero sé que en el caso de mi madre (y otras mujeres) lo que ella estaba enseñándome eran herramientas para la superviviencia ya que ella es y era terriblemente guapa (es verídico, mi madre es muy bella) y vivió situaciones de acoso bien duras. Además lo que ella me dijo no era ninguna broma ni exageración. Cada vez que me he vestido de un modo femenino (hablo del femenino normativo: minifalda, tacones, melena al viento,…) me he sentido más observada y más permeable al acoso por parte de los hombres; y más criticada y juzgada por parte de algunas mujeres. Así que primera nota: niña, mejor con vaqueros y camiseta no vaya a ser que destaques porque quien destaca merece un castigo.

La segunda, que deriva de la primera, es que no me gusta tener una cara tan dulce (eso dicen) que pueda inducir a pensar que soy blandita/ vulnerable. Por esto, desde los 15 años y hasta los 23 años yo he sido una orgullosa cucaracha/viuda negra. Siempre iba vestida negro. El negro siempre me ha hecho sentir fuerte. Esto se debe a que por un lado el color negro me ha ayudado esconder mis angustias en torno a mi cuerpo (ya sabéis que viví épocas con trastornos alimentarios), por otro lado me daba la sensación de que vestida de negro no destacaba, podía pasar desapercibida (cosa que no es real porque das mucho el cante) y, finalmente la más valiosa para aquel entonces: las niñas buenas no visten de negro. El tema es que cuando llegué a vivir a Barcelona empecé a utilizar los colores. Desde entonces el negro comenzó a convivir con rosa fucsia, verde menta y blanco. Aún así, con este despliegue de colores (ironía) yo seguía fiel a la ley de protección de caras bonitas (y caras feas también porque sea como sea la cara, si va pegada a un cuerpo femenino se lo van a querer merendar con papas) la cual me dejaba muy limitada. Cuando comencé a reconocer que era cíclica ( y esto es que mínimo tenía a 4 mujeres en mí. Hormonas corriendo, subiendo y bajando) me di cuenta de que vivía frustrada. Porque una de esas 4 mujeres no soportaba esta ley. Detestaba convivir con la imposición de no poder habitar y decorar mi cuerpo como me apeteciese. Aquí comenzó la búsqueda.

La tercera y última viene con el querer destacar mi capacidad intelectual (tengo un coquito que hecha humo) sobre mi físico porque, pese a que a mi madre yo le pareciese hermosa, yo hasta hace casi 2 años no lo he visto en absoluto. Yo no fui la chica mona de clase, ni el cuerpazo. Fui la niña empollona-cuatroojos-gordita-raruna. Con lo que tuve que desarrollar mi cerebro y mi carácter. Y sí, es una mierda, pero sé que si hubiera sido la guapetona popular mi cerebro me hubiera importado un pimiento (lo digo de manera personal, ¿eh?).  Sí, ¡qué superficialidad! Pero es que alguna joya debía cultivar para entrar en la granja- mercado del gustar a los chicos guapos (shit). Mi cerebro me molesta mucho. Pienso demasiado, actúo a veces demasiado-lento/ demasiado-rápido y soy obsesiva. Pero, siempre ha sido mi mejor arma de seducción masiva. Eso y mi actitud “masculina”(de nuevo masculino normativo que es lo que se entiende genéricamente al decir “masculino”). Y aquí está la pista, la necesidad de gustar a otrxs como acicate para la mejora personal. Algo que me revienta reconocer y que me atormenta saber que sigo haciendo PESE a que ya hago casi todo con el fin de gustarme a mí primero, pero por cuestiones culturales entre otras, no dejo de querer gustar (y esto opera con lo de desear/odiar acercarme a los cánones de lo que se supone es una mujer-mujer). No me voy a extender sobre el cuestionamiento propio a mi feminidad que para eso lo tenéis en el libro (libro bonico, muy bonico) pero sí que diré que la ropa de mujer-mujer se me antojaba de segunda. Ya que las chicas bonitas, las de toda la vida de Dios, son de segunda ¿no? (ironía) Cierto es que una mujer vestida de mujer- mujer es tratada de un modo muy diferente a una mujer que decida vestirse de otra cosa (a determinar) o masculina (normativa). Muchos hombretones podrían hacer la prueba (y no hablo de carnavales donde se caricaturiza el femenino normativo) y ver cómo les tratan al ir, simplemente a por el pan. A mí esta diferencia en el trato me caga y es la clave de porqué no me he permitido vestirme como me apetece en mi fase ovulatoria.

¿Fase ovulatoria? Cuando ovulamos, generalmente, tendemos a estar más sensuales y mucho más sexuales. Esto se huele a kilómetros de distancia y dependiendo de lo desinibida y trabajada que cada cual tenga esta parte, lo mostramos -a través de lo que hemos aprendido culturalmente- o lo ocultamos. La mayoría de las mujeres, sin darse cuenta, lo exteriorizan con ropa más sugerente, pelo suelto y demás hsitorias personales que cada cual elige acorde a su vida/gustos/Historia. Casi todas tendemos a fijarnos en los iconos del femenino normativo (tacones, melena, pintalabios, pendientes,..) para exteriorizarlo. Es lo que hemos aprendido por cultura y como digo siempre, la cultura es lo mismo que el agua para un pez: si le preguntas qué es agua no sabe lo que es pero sin ella, muere (leed Esto es agua de William Foster Wallace).

Yo siempre he sentido debilidad y admiración por mujeres al estilo Sofía Loren. Sí, lo reconozco, influye que mi padre siempre haya soñado con ser Fellini en el Harén de 8 1/2 pero sí, siempre quise (al menos en una determinada fase de mi ciclo menstrual), en máximo secreto, mostrarme así ante el mundo: grande, poderosa, sinuosa, fuerte, exquisitamente sensual. Pero, pero, pero los 3 condicionantes que os he contado me lo impedían tajantemente. Así que cuando llegaba esta fase ovulatoria, en la que ardo en deseos de mostrarme sensual, magnífica y rotunda, me hacía un ovillito y me mantenía aferrada a mis vaqueros y deportivas propias de mi fase preovulatoria. Poco a poco me he ido soltando. En cada fase ovulatoria he trabajado mis complejos y prejuicios en torno a mi potencia y estética sexual/ sensual. Reconozco que estúpida de mí me sentía menos feminista, menos activista si me subía a los tacones e iba a comprar el pan contoneando mis marcadas caderas (tengo una caderas de verdadera donna italiana) sonriendo pícaramente a los viandantes (perpetuando yo sola la idea arcaica y tremendamente patriarcaloide de que una feminista ha de ser: así, así y así). Pero también y es una realidad, he ido aprendiendo que aquello que me enseñaron a ver como debilidad e incluso como posible fisura (y por ello un espacio para vulnerarme) puede llegar a ser una gran fortaleza. Es real que vestirse de mujer- mujer es viajar en segunda ya que muchos hombres, desde su posición privilegiada, te tratan como una cara-bonita-follable y varias mujeres se comportan contigo como verdaderas zorras (esto duele, pero es así) pero a la vez hay un espacio de libertad brutal en vestirse como a una le sale del coño (todo lo que sea cumplir con el propio deseo nos hace libres- así lo siento yo-) así como un brutal cambio en la actitud que se despliega cuando una decide rendir homenaje a las mujeres que han llevado con potencia y orgullo el disfraz de mujer. Y no hablo de resignificar el disfraz de mujer porque en cierto modo, aunque sea cierto, me parece que al expresar que si me pongo taconazos estoy resignificando tal o cual cosa, quiero decir que “yo sé más” o “estoy más avanzada” que las mujeres que llevan años sabiendo, por práctica propia, que desde ese traje de segunda se pueden ganar muchas y suculentas batallas, sin que los de primera lo adviertan si quiera.

Y bien, la cosa es ésta y de ahí tanto texto: hoy me he levantado llenita de estrógenos y con un buen pico de progesterona que, junto a mis últimas prácticas de crítica cultural (esto es  la castiza frase de “ponerse el mundo por montera) han logrado que me meta en una estupenda minifalda negra de tubo, me haya abrochado un precioso sujetador negro y me haya lanzado a la calle en busca de flores para poner mi casa bien bonita. (Además del sujetador me he puesto una camiseta y una rebequita bien monas, porque no era plan de salir en bolas). Mientras arreglaba las flores en los diferentes jarrones he puesto a todo volumen a Fred Buscaglione y descalza he comenzado a contonearme por toda la casa. He sido taaan tan feliz. Sola. Solita conmigo y mi voluptuosidad. Sí, lo sé, no soy la Loren pero hoy me he sentido realmente viva al poder jugar con la ropa, la actitud, la mirada. Hoy me siento demoledoramente bella (normativa o no) y sé que esto se debe, en buena parte a mis hormonas pero en otra enorme parte, a que que no hay cosa que más me ponga que mi desfachatez para ser la que soy en cada cambio. Esto es: hacer lo que me sale del coño sin culpa y con mucho, mucho gusto.

Día 14: ovulatoria ¡obvio!

Pic de Ismael Llopis: yo misma a lo señora.

Si como yo, quieres aprender a hacer lo que te salga del coño sin sentirte culpable y disfrutando de tus subidones hormonales, tenemos una cita

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