Por qué fingir que el ciclo menstrual no te afecta te mata lentamente

El dolor aumenta cuando te crees la única a la que le ocurre.

Cuando sientes que lo que te sucede no debería estar pasando o que no deberías sentirte así por ello (y que nadie tiene que enterarse de que eres a la única que le pasa).

Estás en el trabajo y tienes un tremendo retortijón, te contienes, aguantas la respiración y el dolor aumenta. La adrenalina sube y las contracciones se disparan. Sufres pero no dices nada. Te levantas, vas al baño, te lavas la cara, te tomas algo y te vuelves a sentar. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Todo dolor se transforma en agonía cuando fingimos que no existe.Si tengo dolores de regla y tengo que trabajar o hacer ese examen, si no quiero ir a esa cena porque quiero estar en casa leyendo y estoy queriéndome morir porque no quiero hablar con nadie de la fiesta

¿Por qué tengo que tragar? ¿Por qué he de apretar los dientes y poner la cara adecuada en el momento más inadecuado?

Representar en lugar de ser. Nos pasamos la vida representando o aspirando a representar. Ser. Nadie sabe cómo carajo se es. Y la respuesta que más aterra es la que contesta a si una dejará de ser querida por haber comenzado a ser. Porque ¿qué pasaría si todas fuésemos? ¿Si fuésemos lo que sea que seamos en cada momento? Porque en cada momento cambiamos. Porque en cada fase hormonal, somos otra. Porque incluso en una misma fase, cambiamos por el entorno. Porque ¡qué narices! científicamente está demostrado que no somos materia inmutable, que somos un cúmulo de bacterias que mutan en función del entorno en el que nos encontramos. No existe una única para siempre jamás. Quizás si dejásemos de representar que somos lo imposible de ser, seríamos más bacteria que persona. Y esto nos dejaría un espacio abierto. Un espacio para disfrutar de la vida en nuestra forma natural: la de bacteria cultural.

Pretender que la menstruación no me afecta, fingir que no quiero liarme con todo el vagón del tren cuando estoy ovulando, me enferma.

Literal. Pretender nos enferma. Nos reprimimos tanto, nos negamos tan profundamente que enfermamos. De hecho, la mayoría, vivimos enfermas.

Nosotras jugamos a pretender. Somos las mejores actrices del planeta. El problema no es tanto fingir como creernos el personaje. Pero hay salidas, huecos por donde escabullirse. Por supuesto no es apto para cualquiera. Uno de ellos es mirarse en la otra. Sí, cuando vemos a una como nosotras dejando de pretender, vemos que no somos tan únicas como tememos. Ni estamos tan locas, ni somos tan raras. Y esto alivia. Y esto asusta. Y esto nos hace dar un paso hacia delante o tres hacia atrás. El dolor nos impide representar, pero representar nos causa dolor.

Confiamos en que, un día, una mano amiga nos acaricie la nuca y nos diga que, en realidad, a nadie le importa nada. Que todas estamos igual. Y que entre todas vamos a arreglarlo (o al menos a no joderlo más de lo que está). Porque esto es algo que requiere del nosotras, porque solas es imposible.

¿Y si en mitad de una cena en lugar de morderme el labio digo que me está doliendo? ¿Quién estará ahí para acogerme? Porque el problema de no ser y representar es la soledad, o quizás la desolación de saberse sola ante el peligro. Si dejo de disimular que prefiero ir al cine sola que contigo, ¿te enfadarás por ello? Y aunque me digas que no, ¿lo dirás de verdad? Para ser (como en todo en esta vida) se necesita un modelo, alguien de quien aprender y después practicar en un entorno seguro. Practica, practica hasta que seas. Pero practica con otras que hayan estado ahí o que están donde tú estás. Los mayores dolores en relación al ciclo menstrual (aquellos que no son patologías) tienen que ver con el silencio, con la representación del papel de género que va actualizándose o cambiando con el tiempo. Si pudiera quedarme en casa cuando lo necesitase, sin sentirme débil y sin arriesgarme a perder mi trabajo o mi dignidad y valía, todo sería diferente. Si pudiese decir ¡Ay! cuando duele y ¡Uau! cuando gusta, qué tan diferente sería mi cuerpo, mi familia, mi trabajo y mi barrio.

Por mucho que actúes no lo conseguirás. ¿Por qué escapamos de lo que somos para convertirnos en lo que dicen que debemos ser?

Nadie salió viva de esta estúpida hazaña. O quizás somos porque pretendemos llegar a ser… No sé qué fue antes. Solo sé que duele mucho sentirse única, pensarse sola y hacer ver que eres una más, que eres ‘normal’. La norma dice que ante la duda, disimular es la mejor acción. Hacer creer a lxs demás que nada de lo que está pasando, está pasando. Pues ocurre que mis cambios hormonales son reales. Que mi carácter cambia tanto o más que el tamaño de mis pechos. Y que cuando trato de hacer que esto no me afecta, que lo he superado, que no va conmigo, me condeno a enfermar y condeno a las demás a mantener esa mentira y, así, seguir enfermando. Da miedo dar un paso y Ser.  Se necesita práctica y un entorno acogedor. Y herramientas, y estrategias, y escuchar otras voces, y mirar a otros ojos. Porque salir fuera sola es arriesgado y da miedo y, aunque lo hagas, no sabes por cuánto tiempo podrás seguir haciéndolo. Porque ser ‘la rara’ agota, porque una siempre espera conquistar la normalidad cualquiera que esta sea (‘Your own personal Jesus’ diría yo, pues cada cual crea la suya). Por todo esto nos necesitamos. Porque el silencio nos mata. La soledad nos destroza. Y la mentira nos deja sin futuro machacándonos el presente. Para menstruar, sin dolor, ni vergüenza, ni tabúes, se necesita comunidad.

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Si te mueres por leer más textos que te digan, que te reflejen, que te ayuden a quererte un poco más o a odiarte un poco menos, te espero con ternura feroz. ¿Vienes?

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