Flacofobia: La otra cara de la cuerpofobia

Texto escrito por una alumna (anónima) en el blog de Soy1Soy4: La Comunidad

Canija, renacuajo, poca cosa, escuchimirriá, raquítica, enclenque, palillo, esqueleto, figurín de escaparate, anoréxica, flacucha, peso pluma…

De todos los adjetivos con los que encabezo esta entrada hay uno que me resulta especialmente molesto: anoréxica. Para empezar, la anorexia no es un insulto, sino una enfermedad muy seria. Además, sería un error reducir la anorexia a la delgadez, pues se trata de un trastorno mucho más complejo. Se puede estar delgada y estar sana. O haber perdido peso por cualquier otra enfermedad (desde una simple gripe a un cáncer).

El caso es que yo soy de constitución delgada, cosas de la genética. Como lo normal para mi altura. Es cierto que ante picos de estrés tengo pérdida de apetito, y si recibo una mala noticia no se me da por darme un atracón, sino que más bien se me hace un nudo en el estómago. Pero una cosa es segura: Si me miro al espejo echo en falta una poca de chicha en el culo y las tetas.

Siendo un bebé mi madre ya me llevaba al pediatra toda preocupada porque según las tablas de las papillas Nestlé mi altura y peso no se correspondían con el tiempo que tenía. Los bebés son rollizos, eso lo sabe todo el mundo. Pero yo, no.

La semilla de mi complejo de flaca viene, pues, de casa. De hecho, los adjetivos de la lista han sido pronunciados por miembros de mi familia. Recuerdo las comidas como un suplicio. Porciones enormes que había que comer sí o sí y sesiones eternas ante el plato. No fue hasta haberme independizado, que he podido disfrutar realmente de la comida de mi madre. Y con la ropa, otro tanto. Venga a comprar ropa de una talla más “para cuando crezcas, para cuando engordes”. Para que os hagáis una idea, hay camisetas de cuando tenía diez años que todavía me pongo hoy para andar por casa.

En los veranos en la aldea mis padres insistían en que si alguien me preguntaba por la edad, tenía que decir un año menos de los que en realidad tenía. Y para una niña, que lo que quiere es crecer y ser mayor, pues eso era un trauma. Incluso mi madre llegó a decir que la gente me veía muy pequeña y si decía mi edad real andarían hablando por ahí. El qué dirán de toda la vida. Y en la aldea se dicen muchas cosas, sobre todo si se trata de una niña de ciudad que no tiene el cuerpo que se espera: Con buenas carnes para poder trabajar las tierras, deleitar la mirada de los hombres y parir. No fue hasta años más tarde, que me enteré de la verdadera razón: Mis padres se habían casado de penalti porque yo ya iba en camino y eso no lo debía saber nadie. Pues eso, el qué dirán.

Mi madre creció sin madre. Esa ausencia le marcó de por vida. Cuando me dio a luz decidió que daría a sus hijos todo lo que ella no había recibido y decidió que sería madre para siempre. Ni patronista, ni esposa, ni mujer, ni nada: solo madre. En su concepción de maternidad se tenía que cumplir un condición: Que yo fuera niña de por vida. Cuando me bajó la regla con trece años, yo me alegré porque por fin ya era oficialmente mujer. Mi madre, en cambio, se llevó las manos a la cabeza: “No puede ser. Pero mírate, si solo eres una niña. A mí no me bajó hasta los catorce. No se lo cuentes a nadie.”  A veces pienso que mi cuerpo es como es, no solo por una cuestión genética, sino por encajar en ese traje de hija-niña eterna que había creado mi madre en su mente (de hecho, en contra de la tendencia de superar en altura a la generación anterior, soy más pequeña que ella).

Esa infatilización del cuerpo se ha producido también con otras personas, que sin conocerme y considerándome menor de lo que soy en realidad o incluso conociéndome, me han tratado con paternalismo, superioridad e incluso con desprecio. Que digo yo, que un niño, por el simple hecho de serlo, tampoco se merece que le traten así. Cada vez me pasa menos, no sé si es porque ha crecido mi autoestima y parezco más segura de mí misma o por las primeras canas, que a pesar de mi aspecto me delatan.

“Así como estás, no encontrarás nunca novio”. A parte de con comida, mi madre me alimentó siempre que pudo con complejos. Que si estás flaca, que si los granos de la cara, que si vas encorvada… La adolescencia fue un tormento. Me gustaba algún chico, claro, pero en mi cabeza no cabía la posibilidad de que yo le pudiera gustar a nadie. En la escuela no era lo que se dice especialmente popular. Y las clases de deporte, ni te cuento: La última en ser elegida para formar equipos, la última en llegar a la meta… Tuve que terminar la universidad e irme de casa para poder descubrir el amor propio y darme cuenta de que puedo resultar atractiva a ojos de otros.

Otra cosa: Odio comprar ropa. Ir a las tiendas repletas de todo tipo de modelitos y no poder escoger. Ver que no encuentras nada en la sección de niñas, donde todo es de color rosa con corazoncitos y mariposas, ni en la sección de mujer, un club donde solo te aceptan a partir de una cierta altura y anchura. Los escotes me dejan los pechos al aire y las pinzas a la altura del pecho solo sirven para recordarme lo plana que soy. Con los zapatos, tres cuartos de lo mismo. Vamos, que eso de ir de compras para calmar la ansiedad, yo no sé lo que es. Tengo que ir muy relajada, sin prisas y sin buscar nada en concreto para dar con algo que me guste y me pueda poner. ¡Lo bien que estaría saber coser y tener tiempo para hacerme mi propia ropa!

Y de los creadores de la talla única… ¡la dosis única! En una época chunga que pasé, el insomnio se apoderó de mí hasta el punto de impedirme llevar una vida normal, por lo que el médico me recetó pastillas para dormir. Me avisó de que con la primera pastilla podría pasar que al día siguiente por la mañana me sintiera algo cansada. Yo, precavida, decidí esperar al fin de semana para tomar la primera, no fuera a ser que no me levantara a tiempo para ir a trabajar. La tomé antes de cenar, pero no pude acabar el plato porque me caía del sueño y mi novio me tuvo que acompañar a la cama. Dormí doce horas del tirón (que me sentaron fenomenal, todo hay que decirlo). En la siguiente visita al médico le expliqué cómo había ido y él alarmado me preguntó: “¡¿Pero cuántas pastillas tomaste?!” . “Una”. “Pues no lo entiendo”. Pues yo tampoco entiendo que los médicos tengan en cuenta la edad y otros factores pero no el peso a la hora de recetar las dosis.

A ver, que ser flaca también tiene sus ventajas. No todo es quejarse. Puedes utilizar tu apariencia para hacerte pasar por alguien de menos edad y conseguir descuentos y entradas gratis. Y la verdad es que poder ver la cara de la portera de la escuela cuando le explicas que no eres una alumna que se ha fugado de clase sino la nueva profe de español no tiene precio. O la de la funcionaria, que antes de preguntarte por la edad (en aquel momento 24) te pregunta si sabes que para apuntarte al paro hay que tener al menos 16 años.

Bien, hasta aquí mis experiencias con la flacofobia, que no es lo contrario de la gordofobia, sino la otra cara de un problema mucho mayor: la cuerpofobia. Pretenden que nuestros cuerpos salgan de un molde y se adapten sin problemas a esta sociedad de estándares y modelos únicos y producción en cadena. Pero no, ninguno es igual a otro. Resulta que salen del útero de nuestras madres, donde se cuecen con mucho esmero para hacernos únicas.

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Juntas creamos un mundo + tierno – mierder.

Nos leemos los viernes, ¿te unes?

 

Sobre el uso de los términos de Flacofobia y Cuerpofobia en el texto, la autora explica lo siguiente:

"En primer lugar tengo que decir que al escribir el texto no pretendía hacer un estudio sociológico, sino simplemente exponer mi experiencia en cuanto a la relación que tengo con mi cuerpo y la percepción que tiene la sociedad de él.
Además, una de las motivaciones a la hora de escribir fue precisamente el sentirme totalmente identificada con otros testimonios de mujeres de la comunidad que han vivido situaciones de desprecio y discriminación por superar su peso el del ideal de belleza que se nos impone. No vengo a reclamar mi espacio entre las víctimas de la gordofobia, solo a mostrar mi empatía y compartir mi experiencia con todas aquellas que por alguna razón somos diferentes. De ahí el uso del término cuerpofobia.
Y sí, es cierto que nuestra sociedad está especialmente obsesionada con la gordura, que las mal llamadas revistas de mujeres te bombardean con dietas para adelgazar, dando por hecho que te sobran quilos y que además es por tu culpa. Y sin embargo, también es cierto que dada la arbitrariedad a la hora de decidir lo que es bello y lo que no, para un sector de la población, aunque en menor medida, la delgadez puede ser sinónimo de fealdad. Esa convivencia de diferentes modelos de belleza es lo que me ha llevado a usar la palabra flacofobia, no para tapar la gordofobia, sino para criticar a todos aquellos que se dedican a opinar sobre el físico de otros sin saber y sin ser preguntados por su opinión. Los comentarios e insultos proferidos por unos y otros pueden ser igual de dañinos. Es por eso que no lo veo como dos términos opuestos y lo más absurdo sería caer en la confrontación entre víctimas de uno y otro caso, pues en realidad en ambos el problema es una sociedad patriarcal que se cree con derecho a decidir cómo tienen que ser nuestros cuerpos y nos quiere tener obsesionadas con ello. Siento mucho si mis palabras se han entendido de otra manera."