Las nuevas brujas del Este: las no-madres

No, no los veo más maduros. Tampoco más entregadas. No brillan en la oscuridad. Tampoco cagan purpurina. No, a ningunx le veo más comprometidx con el mundo desde que se vistieron de Papá y Mamá.

Me duele escribir lo que va ahora, porque estoy muy sensible (muy premen) y no tengo la intención de ser comedida ni de no hurgar en las bragas ajenas y desatar maremotos debajo de ellas. Busco ser honesta conmigo y con el resto, a consecuencia de esta necesidad primal de mi bella fase premonstrual.

No tengo hijxs. Me he pasado una larga vida queriendo tener hijxs. Y el mismo tiempo, queriendo no ser madre. Ahora que conseguí explicarme que la maternidad es un traje (lo lees aquí) sé que, de acompañar por el mundo y darle al y el mundo, a un ser humano nuevo y reluciente con dulce aroma a coño (bien mío o de alguna otra mujer), yo no querría ser su madre. Que sí otra quiere ser madre, es perfecto, pero yo no. Y esto me alivia. No quiero ser madre, tenga o no criaturas (el verbo tener seguido de un ser humano me horripila pero entiendo que así me explico mejor). Hace tiempo escribí que yo quería ser madre, a MI manera . Ahora sé que lo que quería decir es ‘no ser madre’ y punto.

Estaba leyendo este artículo sobre las mujeres no-madres  y he podido nombrar varias cosas a la vez:

1. La idea de las mujeres que no somos madres es que no podemos bien por temas económicos o por temas biológicos. Error. Yo, por ahora, no soy madre por cuestiones de elección. Y aunque la biología de ambos funciona de fenómenos y no me he vuelto a quedar preñada, este espacio de tiempo impuesto por ‘mamá nature’ me ha enseñado un genuino punto en mí: yo no quiero ser madre. Con o sin criaturas a las que acompañar.

2. La imagen que se vende de una pareja hetero que no tiene churumbeles en la mitad de sus 30 es la de unos niñatos egocéntricos que viven en una fiesta eterna. Esto dista infinito de la realidad, pues podría señalar más de 4 parejas de amigxs con cachorritxs que fiestean mucho más que nosotros y de manera más salvaje (cosa que me parece perfecta, ya que nunca seré yo jueza de nadie). Y por cierto, si fuésemos unos fiesteros del copón, eso que nos llevábamos. Que es perfecto seguir celebrando la vida de festival en festival. Mejor que de corbata en corbata con la crisis de ansiedad que eso conlleva y las relaciones basura que unx acaba teniendo consigx mismx.

3. Leyendo El cielo oblicuo  de Belén García Abia caigo en la certeza de que somos hijas paridas y criadas para ser madres. Y cuando no lo somos ¿quién somos en realidad? Yo sufro cada 20 días por esta creencia cincelada en mi cuerpo. ¿Quién soy si no me llego a vestir de madre? Acepté vestirme de esposa (aunque evito ponerme el traje) y nací envuelta en el traje de hija que tanto detesto, ambos trajes son la antesala a El Traje para el que nací: El Traje de Madre. Sin él ¿qué pasa conmigo?

Pasa que no entiendo el amor, porque sólo una madre sabe lo que es amar de verdad (como dice Belén García Abia en su grandioso libro: No sabía que el amor tuviera que entenderse).

Pasa que no sé cómo es la ‘vida de verdad’.

Pasa que soy una inmadura egoísta que no se compromete.

Pasa que no tengo problemas ‘reales’.

Sí, pasa que vivo en el limbo entre la mujer y la nada. Hay un abismo, una brecha que ni la más alta pértiga podría atravesar, entre una nacida para ser madre (esto es: una mujer) y esta misma con su ‘objetivo de vida’ cumplido. La que no llega al otro lado, se precipita vertiginosamente y nadie, la puede salvar. Bueno sí, papeles médicos que dictaminen que ella quería pero que ‘uno de los dos’ no podía. La Yerma (le tomo el nombre a Belén García Abia) se salva. Es una ‘pobrecita’. El resto, ángeles caídos a los que ninguna jovencita ha de escuchar.

Esto no puede ser más. Mi cuestionamiento hacia la maternidad no hubiera sido tan desolado y tan duro si hubiera tenido referentes de mujeres no-madres (es increíble que tengamos que seguir el sesgo que ellos nos dictan para calificarnos y clasificarnos) felices de su no-maternidad, e incluso, que ni tuvieran que hablar de la no-maternidad como ‘esa opción’, sino como algo más, algo más como ahora puede parecerle a una veinteañera ir a la universidad a estudiar. Pero sé que este paso es algo que nos toca dar a nosotras, como antes fueron las primeras universitarias. Por ello necesito afirmar que no, no ser madre, no te hace menos sensible al mundo, ni no tener problemas ‘reales’. De hecho, hace poco comentaba en mi muro de FB personal, que una mujer que es madre desconoce cómo es no serlo. Que una piensa que sabe todo de la vida sin hijxs porque estuvo unos años sin ser madre, pero una no sabe lo que es vivir la experiencia completa de no ser madre nunca jamás (algunas creo que consiguen tener hijxs y no vestirse de madre, pero son sujetos a estudio). Y no voy a entrar en el absurdo debate de si a las no-madres nos ven mejor que a las madres o al revés, porque sería de nuevo, tenernos liadas entre nosotras mientras los que han creado este binomio cruel se rascan la barriga viendo un partido de fútbol. Especialmente porque ambas partes podemos convenir que hagamos lo que hagamos nunca es suficiente.

Vivo rodeada de personas que se visten de mamá y de papá. Tengo muchos ejemplos. De hecho con algunxs me he criado y de verdad, el compromiso con el mundo y con las próximas generaciones, no les ha cambiado a mejor. De repente no se han transformado en activistas feministas, ni en ecologistas, ni se han ido a salvar ballenas con la criatura en su portabebé. Lo que he observado en una importante mayoría, es que no han cambiado. Lxs activistas siguen dando guerra eso sí, en horario nocturno que es cuando lxs peques descansan (o hacen que descansan) y lxs que pasan de puntillas sobre la vida, lxs que se dedica a producir y callar (o quejarse sólo en FB o en las reuniones familiares), siguen haciendo nada. Bueno sí, yendo a la oficina a soñar que son otrxs y ya. Esta última especie es la que tiende a no cuestionarse si la maternidad/paternidad es para ellxs. Se compran El Traje de Mamá/Papá porque toca y esperan que sus madres/suegras se encarguen de la noble gestión de criar. Ponen en esa criatural a la que ven 4 horas al día, la esperanza de ‘ser alguien’ en la vida, y caminan cual zombies a la oficina a ‘hacer lo que toca’, añorando los años mozos en los que se despendolaban por los barrios universitarios de su ciudad. Son lxs mismxs que te aseguran entre un copazo y otro (muchos y en un sólo día, porque tienen sólo un día para beber mucho y mal) que ‘desde que tienen a su pequeñx, la vida les ha cambiado’ y te animan a que tú también abandones tal mal hábito de no ‘traer al mundo a una criatura tuya-tuya, porque así, verás lo que es la vida real’.

Sin duda aseguro que traer una criatura a este mundo para averiguar ‘cuál generosa puedes llegar a ser’ no es buena idea. Aliento a practicar la generosidad (la que quiera, que desde pequeñas siempre nos enseñan a ser demasiado generosas con lxs demás y muy hurañas con nosotras mismas) independientemente del traje de madre. De hecho el mundo iría mucho mejor, o se estropearía a menos velocidad, si las personas se ocuparan de practicar el mimo con mayor asiduidad independientemente de si el otro ser es fruto de su esperma u óvulo. Nunca entenderé porque una se enorgullece de ‘ser mejor persona por tener una criatura’ señalando lo ‘egoísta’ que era antes. A mí, honestamente (no puedo no serlo) me choca esa falta de empatía que reconoce abiertamente (lo reconoce porque ahora es mejor persona que si no, no hubiera dicho nada) Tal falta de verse en lx otrx, que necesitó de la química hormonal para conectar con el resto de seres del planeta que no llevaban parte de su ADN. Vamos que tuvo que engendrar a alguien con su sangre para darse cuenta de que había seres sintientes en el planeta. Esto me hace cuestionarme si Jesús en verdad era buena genta (tal y como afirman) ya que no tuvo churumbel alguno (eso dicen). Luego recuerdo que como Jesús tenía pilila, entonces sí podía amar a la humanidad sin necesitar traer a ‘un hijito del hijo de Dios’ al mundo. Conozco a un puñado nada desdeñable de mujeres que siente una empatía terrorífica por lxs habitantes de este mundo y que se entregan a la causa sin haber parido a ningún ser y no, no son Jescucritas (que ya molaría que lo fueran).

Hay un montón de misticismo en torno a vestirse de mamá. Y lo sé bien. Lo sé muy bien porque yo he acompañado a mujer a vestirse de madre. Y es un momento que carece de verbo porque nos han arrebatado las palabras inapropiadas del vocabulario propicio para tal momento. Es toda una experiencia y ojalá hubiera un ritual en esta cultura que señalara que se trata de un vestido (que se pone y se quita) en lugar de una condición natural (por eso de tener rajita). Y además del misticismo hay mucha charlatanería, mucha frase trillada, mucho eslogan barato que nos meten por esa misma rajita (esto lo he aprendido con el libro de Belén García Abia) para acabar trayendo más mano de obra a este sistema. Ahora se llevan las maternidades cool, las nuevas mamás, los trajes de rayas y gafas Ray-Ban, pero sigue siendo el mismo Traje. Un traje que va con su complemento perfecto: la abuela (esto ya irá en otro capítulo) pero no deja de ser una imagen renovada del ‘engendrar malditas, engendrad’.

Pues, cada vez hay más mujeres desobedientes. Cada vez somos más las que no engendramos. Las que, como ya hicieran las religiosas siglos atrás, optamos por entregar nuestro cuerpo (la mente también es cuerpo) a otros quéhaceres. Y estos, por mucho que nos hagan mala propaganda para que no se les acabe el chollo de la fábrica de bebés, en muchos casos son quéhaceres nobles (y también bastardos, porque nos gusta tocarnos el jopo a menudo, como a cualquiera). Pero vamos, que aunque nunca fueran nobles, son cosas válidas, que aportan al mundo más allá de la fuerza de trabajo de un nuevo cuerpecito al que explotar. Quizás algunas traigamos la revolución en nuestras bragas y, a tientas,  la vamos engendrando para que esta semilla se expanda y podamos ir más allá de ‘nuestro destino de mujer’. Quizás así podamos elegir vestirnos de madre, o elegir qué modelo de madre vestir o traer hijxs al mundo para ellxs mismxs, o vestirnos de madre y no traer hijxs, o ni vestirnos ni traer humanos y traer palabras y tejer sueños y dinamitar estadios y… ¿Quién sabe lo que estas locas arpías sin hijxs son capaces de hacer?

Os diré una cosa, tened cerca a una mujer no-madre y observarla. Tenedla cerca y mirad lo que se cuece en ese cuerpo que engendra algo que ni es carne ni es hueso. Observadla, más cerca. Más. Porque ella es presente y es futuro. Mirad sus heridas. Atended a su silencio. Ella tiene un huracán en el pecho en donde busca la palabra prohibida que pueda decirla sin complejos, sin vergüenzas, sin mentiras. Aquella que la devuelva, sana y salva, a casa, a casa, a casa.

 

Sobra decirlo pero en temas como el de hoy, me toca explicarlo mejor:
Este blog es un cuarto propio compartido desde el respeto y desde el mimo. Sirve para el diálogo respetuoso y fértil. Cualquier comentario que vaya, sutil o directamente, a hacerme daño a mí o alguna de las que aquí escriban, va a la basura sin miramientos. Ya somos grandes para saber que la mierda se deja en la taza del váter.
Por lo demás ¡avanti! Mi Sra. Premen os recibe con alegría 😉

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