No soy la reina de la fiesta

ni lo quiero ser

¿Por qué he de hacer aquello que tanto me cuesta que tan poco me apetece y que, a veces, tanto dolor me causa? Me lo pregunto mil veces antes de entrar a una tienda a preguntar por el precio o a hacer una consulta. Me lo pregunto 1245 veces más cuando he de saludar a mi vecina y entablar una conversación fluida. Me lo pregunto sí o sí, decenas de trillones de veces, cuando tengo que establecer una relación física (que no virtual) con alguien humano (con el resto de animales me pasa lo contrario) y estoy en mi fase premenstrual y menstrual ¡Me cuesta tanto socializar! Y me avergüenza tanto no saber ser siempre pizpireta y simpática… En el sobre mí de esta web lo explico brevemente, pero mi aprensión a las relaciones sociales es algo que va conmigo desde pequeña. Y no creo que fuera porque nací tímida sino porque por x motivos (que ahora no tengo ganas de compartir) fui inhibida. Esta inhibición no vino únicamente por hacerme callar cuando salía a la ventana de casa de la abuela a cantarle a las vecinas sino también por obligarme a socializar con personas con las que yo no deseaba entablar relación alguna o no de la manera en la que lxs adultxs lo demandaban. En realidad tengo problemas para establecer relaciones superficiales, pues en ellas no caben los miedos, ni angustias, ni agujeros negros.

Este sistema no acepta la timidez ni la introspección. Es un sistema eternamente binomial en el que todas las personas han de ser siempre extravertidas, hipersociables y dicharacheras. bueno, todas, todas… las mujeres hemos de aprender a ser comedidas. Simpáticas y agradables pero tampoco en exceso pizpiretas. La timidez en una mujer, lo reconozco, no se ve tan mal como en un hombre. Pero sólo un poquito de timidez pero entre descarada o inhibida, mucho mejor la segunda. Pero si esta timidez se traduce en brusquedad o si simplemente se es “borde” esto, en femenino, se penaliza mucho más que en masculino. Como sea, existen unos patrones definidos de manera extremadamente confusa sobre cómo una ha de mostrarse ante lxs demás pues depende del púbico se espera tal o cual cosa. Si a esto añadimos que el cuerpo femenino en su ciclicidad hormonal cuenta con momentos de mayor extraversión (estrógenos arriba) y momentos introspectivos (estrógenos abajo, progesterona arriba), los hábitos de socialización se complican más. Mucho más.

Estas semanas en las que estoy convaleciente de un año y medio de autoexigencia y esfuerzo titánico, no he tenido ganas de hablar con nadie. Incluidxs mis familiares. El mundo virtual siempre es un escape para una mujer como yo, que disfruta de las conversaciones en profundidad más que de los tópicos triviales que no hacen más que tapar los agujeros existenciales de las relaciones humanes. No hay silencio en las conversaciones físicas. Tememos ese espacio en blanco que tanto dice. Porque el silencio habla. A veces siento que grita. Muchas veces evidencia el dolor de una de las conversadoras. Otras el miedo. A veces el recelo y en mágicas ocasiones el placer de estar al lado de la otra persona. Estos días me he dado cuenta de que casi no me esfuerzo por disimular. Busco silencio. O más que silencio, cuerpo. Estos días en casa de mi familia, con mis amigos, he preferido el contacto físico. Tengo la imperiosa necesidad de callar para sentir. Tengo sed de mimos, de afecto. De clavar pupilas en labios, en manos, en sonrisas mudas. Las palabras me sobran. Al menos las mías. Me he pasado toda mi vida contándome, narrándome, siento el centro de la conversación. Ahora puedo decir que estoy harta de mí. No de mí como Erika, sino de la historia que narro, de mis opiniones, de mis palabras que fluyen hiladas y bien rematadas. Tengo facilidad para expresarme pero me he cansado de expresarme. Me desbordo de tanto Yo. Si ha de hablar palabras quiero que sean las de lxs Otrxs. Tengo la imperiosa necesidad de escuchar, de atender, de acoger, de vaciarme de mí para llenarme de ti, de la Otra…

De nuevo en el día a día vaciarse de una misma no se comprende.  De un tiempo a esta parte opino que yo estoy en una posición diferente de la que aprendí socialmente. En mi familia siempre he sido el centro. El sol, la luna y las estrellas. Si yo estaba feliz, todxs eran felices. Si yo lloraba, el cielo se rompía en el salón de mi casa. Yo no soy una mujer que necesite ponerse la primera porque no he sido otra cosa que la primera por siempre y para todxs. Sé que culturalmente nosotras hemos de estar las últimas de la fila. El papel de la mujer comprende el sacrificio por “amor”. Pero yo esto no lo aprendí así. Con lo que entiendo que mi ejercicio personal ha de ser otro. Yo no quiero ni necesito seguir siendo la primera. Deseo con todas mis fuerzas estar entre bambalinas y acompañar a las demás. Pero no basta con el deseo, tengo que pararme, reflexionar, deconstruir, aprender y cambiar. ¡Casi nada! Uno de los problemas con los que me encuentro es con el de la identidad proyectada sobre mí. Cuando no hablo, cuando callo y atiendo, mis amigxs no saben por dónde meterse. Entiendo que mis palabras les han servido, durante mucho tiempo, de refugio. Y no, no es que yo sea una parlanchina pedante que se gusta cuando habla (palabra que no), pero siempre he sido la que escucha y al de 5 minutos sabe dónde te duele  cómo curar ese dolor. Las palabras y yo somos íntimas conocidas. A veces creo que yo sólo soy palabra. Y por ello estoy ávida de silencio. Quiero ser el abismo entre palabras.

Y esto no es nuevo. Siempre quise habitarme entre palabras pero no estaba bien visto. Me llamaron tímida y vergonzosa. Lucho cada día al ir a comprar para no salir corriendo al hablar con la dependienta. No porque ella no me guste, sino porque la tengo tan en consideración que me abrumo. No quiero que mi pregunta le parezca estúpida y por ello la formulo y reformulo mil veces antes de hablar. Así que cuando voy a hablar, ya estoy agotada. (Por no añadir a esto la obsesión por que mi catalán suene perfecto y bien conjugado, que esa es otra de mis manías a la hora de comunicarme).

Os cuento esto porque necesito reivindicar el silencio y los espacios de introversión. Recuerdo que en mis primeros talleres contaba cómo a (medio) finales de la premenstrual y menstrual una suele tener ganas de aislarse del mundo. Contaba que si hay una fiesta de gente, sobretodo desconocida, solemos angustiarnos mucho y que era probable que acabásemos borrachas perdidas por eso de que con alcohol las relaciones fluyen (es un potente lubricante social). Con el paso del tiempo comprendí que esa angustia se debe más a la falta de comrpensión propia y ajena en torno a la introspección. Es como si no pudiésemos compartir espacios con otras personas en los que se dé el silencio o en los que busquemos entablar conversaciones más sólidas y profundas. Los encuentros sociales me abruman porque en la mayoría de los casos son mediocres obras de teatro en los que las personas implicadas mantienen un monólogo a dos bandas, nunca un diálogo. Todxs sacan sus plumas, sus máscaras y actúan. Yo nunca supe hacer esto. Me he esforzado tanto (llegué a mutilar partes de mi carácter y temperamento por encajar) para nada, para darme cuenta de que no deseo entablar relaciones estúpidas, en las que ni la interlocutora ni yo deseamos arriesgarnos y mostrarnos tal cual sentimos/somos en ese momento. Ahora, si decido salir al mundo cuando los estrógenos caen, apuesto por la honestidad y con ella me muestro entre silencios, dejo salir a la mujer a la que le cuesta horrores mirar a los ojos por miedo a que descubran sus dolores, permito que las lágrimas se asomen si alguien me toca la fibra y estoy aprendiendo a no callar ni a recriminar cuando una palabra me hiere. Si alguien o algo me daña, estoy aprendiendo a decir desde mi herida: Esto me está doliendo ¿por qué lo haces?. Y no, no es fácil. Muchas veces me sobrepasa y opto por quedarme en casa. Eso sí, soy consciente de que el problema no es que yo no quiera salir (que sí que quiero, pero a mi manera) sólo que anhelo comunicarme desde mi vulnerabilidad pero la sociedad no está preparada para esto. Con lo que yo he de decidir qué precio quiero/ puedo pagar. Desde la muerte de la abuela he estado tan rota que no quería que nadie lo viera, por ello he salido mucho, sin parar. Y para evitar mostrar este puzzle a medio armar, en mi premenstrual- menstrual, bebía. Sí me encanta la cerveza y el vino, y la buena compañía y nadie, nadie, espera de mí una palabra de pena o lamento. Así que lo junté todo y volví al mundo social más simpática que nunca. Pero yo no soy así, no todo el rato. Yo tengo muchos momentos de placentera melancolía (algo así como saudade) y desde hace año y medio tengo mucha pena y mucho dolor. Pero esto no se puede enseñar. Creemos que nadie va a aguantarnos si mostramos también las heridas aún por cicatrizar. Sonríe, siempre sonríe, aunque el cuerpo se resquebraje, sonríe.

Hace muy poquito mi cuerpo ha mostrado la grieta. No he digerido la falta de mi abuela y tengo un mordisco en el pecho. Tengo una presunta hernia de hiato (en breve confirmo el diagnóstico) que me impide tragar sin dolor en el pecho, a la altura del corazón (justo donde llevo todo aquello que trago para disimular mi dolor). Esto está provocando que no pueda beber ni una gotita del lubricante social que me permita hablar de trivialidades y mostrarme resuelta y extravertida. No me queda otra que, en pleno rompimiento, mostrarme entre paréntesis. Ahora estoy habitando el silencio, estoy reapropiándome del espacio de “niña tímida y seria” que tantos “quereres” me ha limitado. Buscar el cariño de todxs me ha consumido casi al completo y es aquí, cuando mi cuerpo (que soy yo) se agota, que paro. Tengo 30 añazos ya. No puedo seguir con las estrategias de mi infancia. Sí, soy muchas cosas y a veces me comporto de manera más seria y cauta, y esto está bien para mí. Ya cuento con mi preovulatoria y ovulatoria, que son las locas de la casa, que hablan por los codos y que disfrutan del ¿cómo estás vecina?. Hay otras 2 mujeres en mí que necesitan abrirse al vacío. Con lo que una nueva revolución nace en mí: me relacionaré desde la herida, a pecho abierto con el mundo. No voy a quedarme en casa cuando no quiera únicamente porque las personas no hayamos aprendido a hablar desde el abismo. Si seguimos ocultándonos y maquillando nuestras cicatrices, jamás podremos ser ni estar en paz con nosotras mismas. Me cuesta horrores pero quiero hacerlo. Y no busco la pena. De hecho tener pena a una persona herida es una falta de honestidad con unx mismx, pues todxs tenemos heridas y no hay quien las tenga mejor o peor. No hay posiciones ganadoras en esto de estar rota. Todxs lo estamos. Busco la libertad de relacionarme desde el deseo, desde el cuerpo y mi cuerpo, mi deseo, están atravesados por girones de piel y costuras. Quiero enseñar las mías y también quiero ver y acariciar las ajenas. Y quiero que sea en el mundo físico, pues en el mundo virtual, sabemos hacerlo (por eso me siento tan plena aquí). Así que cuando el frutero me pregunte: Erika ¿cómo estás? Seré honesta. Más si cabe. Atravesaré mi vergüenza y mis prejuicios y me haré palabra. Sólo volveré a utilizar las palabras si éstas van a decirme tal y como estoy. Por ello, el silencio es tan sabio. Por ello, el silencio es tan temido.

Día 5: saliendo de fase menstrual

Pic de Designspiration

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