Para ser cíclica se necesita comunidad

y sororidad

Comunidad. Tribu.

Son palabras que se leen en todas partes. Para criar a unx niñx se necesita toda una tribu. Pues sí. Y digo yo: para ser cíclica, sin remordimientos ni angustias, se necesita comunidad y sororidad. Porque conciliar el ciclo menstrual con el día a día es una labor titánica que necesita de la complicidad de las demás menstruantes. Cuando yo escribo sobre el descanso, sobre cómo nuestro cerebro va bajando revoluciones y cambiando sus habilidades de locuacidad por las de intuición y claridad sensorial, puede ser realmente frustrante saber que una no va a poder darse espacio ni tiempo para parar o para cambiar su rutina de “tó p’alante” porque en su lugar de trabajo/ estudio (las labores de cuidado y hogar son también un trabajo) nadie le va a comprender y mucho menos respaldar.

Cuando una mujer decide bajarse del tiovivo del día a día, lo primero que siente es culpa. La conciliación parece que sólo existe como concepto de cuidado a lxs otrxs, no hacia una misma. Culpa de estar fallando a las mujeres que antes que ella han demostrado que se puede menstruar sin que se note, sin que el cuerpo entorpezca. Culpa de estar siendo una fantasiosa por imaginarse cosas que no son, porque en realidad los cambios hormonales no pueden afectarnos tanto como para que nuestro cerebro rinda diferente. Culpa por no ser tan resuelta y genial como el resto de compañeras a las que el ciclo no les afecta nada. Sí, culpa por no ser la mujer perfecta que se espera. Esa que siempre tiene la respuesta adecuada y que es capaz de demostrar a toda su raza femenina que ella ha conquistado el mundo de los hombres. Sí, la culpa. Esa hija del pecado que es tan judeocristiana que a las feministas de todas las familias debería hacernos girar la cabeza cual niña del exorcista (cosa que no ocurre porque la seguimos alimentando).

Pues ¡adivinen qué! el ciclo menstrual afecta al rendimiento intelectual entre otras tantas cosas. Y no es que nos vuelva idiota la progesterona (por ejemplo) es que cuando ésta aumenta nuestro cerebro se queda en un estado sedado que propicia estar más intuitivas, más cercanas a las demandas de nuestro cuerpo y a su vez más sensibles y con ello más destructivas/ creativas. La lectura de que la progesterona nos vuelve incapaces es una lectura cultural en torno a los cambios hormonales que vivimos. Cuando leo dos veces una misma frase y no me entero, no significa que mi cuerpo me traicione y que estoy defectuosa. Significa que mi manera de habitar el mundo desde mi cuerpo ha cambiado y que tengo otras habilidades. Porque sí, el cuerpo es la única plataforma que tenemos para estar en este mundo. La corporalidad es la base de la experiencia humana. Y en este cuerpo suceden cosas, muchas, entre ellas movimientos hormonales que inciden en nuestro comportamiento y éste último también genera cambios en el primero.

Pero no voy a explicar de nuevo porqué el ciclo menstrual no es un cuento chino, lo que quiero exponer hoy es la necesidad de apoyarnos entre nosotras en relación a los cambios que vivimos. Por ejemplo: la fase premenstrual tiende a ser una fase en la que el cuerpo (nosotras) comienza a bajar el ritmo y a demandar otro tipo de actividades diferentes a las desempeñadas en la fase preovulatoria (fase de después de la regla). Por regla general ninguna hacemos caso a nuestro cuerpo. De hecho hasta que no enferma vivimos en la fantasía de no necesitarle. Con lo que cuando sentimos una demanda interna de bajar las revoluciones en seguida pensamos que estamos siendo unas vagas, unas consentidas, unas flojas falibles e inconstantes, así que lo que hacemos es esforzarnos más, mucho más. Forzamos la máquina porque es lo que hemos aprendido “Nadie nos va a limitar. Mucho menos nuestro cuerpo” así que continuamos trabajando para sentirnos valiosas porque, no nos engañemos, en esta sociedad es valiosa aquella persona que produce. Además las mujeres por ser mujeres (sí, sí la Historia cambia depende del cuerpo que habites) tenemos la necesidad de no abandonar el pequeño espacio que hemos conseguido conquistar. Tenemos miedo de perder los escasos privilegios que tan caro hemos y estamos pagando si mostramos nuestra necesidad imperiosa de hacernos cuerpo y parar o de accionarnos diferente. Alguien puede venir a usurparnos lo que tanto nos está costando. No podemos parar. No debemos parar.

Duele, mucho, pero es un miedo justificado. Miedo que provoca desconfianza entre nosotras. Nosotras hemos aprendido a competir entre nosotras de manera fiera y desleal. Apenas tenemos espacio, nos ha costado mucho sufrimiento y sacrificio y no, no nos sale a la primera ceder espacio cuando vamos tan apretadas, cuando sentimos que apenas tenemos aire para respirar. La sororidad se aprende, no viene de serie. La sororidad necesita de la teoría para comprender y corregir actitudes, elaborar nuevo pensamiento y también necesita de la acción, del contagio. Como cultura ninguna hemos aprendido a ser sor de la vecina. Y esto no es llamarle hermana todo el rato hasta que los límites de la cursilería chirríen y estallen. Esto es, primero de todo, trascender el pánico a quedarte sin sitio para saber cedérselo a la Otra sin interés. Mushotoku que dicen en el Budismo Zen. Comprender que el espacio conquistado no va a desaparecer cuando la mujer que lo ocupa descanse (descansar no es ausentarse. Una sigue en ese espacio pero lo ocupa de otra manera) ni cuando otra mujer llega. Cuando una mujer nueva llega, con el ánimo de rectificar y cuestionar su relación con las mujeres y el patriarcado y se suma desde la honestidad, el compromiso, el reconocimiento y la vulnerabilidad-fortaleza,  el espacio se expande. Y esto es lo que necesitamos, espacios expandidos porque es así como vamos a conquistar nuestros entornos.

Expandirse en esta cultura, desde el cuerpo de mujer, es una tarea para valientes. Hay muy buenas intenciones pero en la práctica muchas nos perdemos. Por ello es importante comenzar por actos simbólicos con los que podamos ir cogiendo práctica. Si una mujer en el trabajo es tan valiente para decir que está premenstrual y que se va a ir una hora antes a casa porque necesita darse un baño, las demás hemos de poder apoyar esta iniciativa y hacer los mismo. Los derechos no nos los van a dar, ni siquiera los tenemos. Los derechos se cogen.  Y para que no despidan a una hemos de ir todas, hemos de expandir este espacio para hacer del propio autoconocimiento un acto colectivo, rebelde, insumiso, filosófico y didáctico. Porque este es el fin de conocer nuestro cuerpo: abrir brechas para expandirnos. La expansión puede ser a través del contagio, de la imitación, del apoyo a las acciones de otras mujeres. Expandirse supone esforzarse por atravesar los miedos y la culpa que nacen de lo que hemos aprehendido. Así que expandir no es tarea sencilla. Con la práctica, con lo ordinario del día a día, vamos sembrando. Pero se ha de comenzar desde ya. Porque de poco o nada servirá conocernos por los 4 costados si entre nosotras no ampliamos las brechas que conseguimos abrir dentro de nosotras.

Conocer nuestro cuerpo, ubicarnos en el mundo desde él, es un privilegio. No todas pueden hacerlo porque requiere tiempo, espacio y recursos que no están disponibles para todas. Aquellas que somos privilegiadas hemos de utilizar nuestro privilegio como butrón para que todas podamos tomar aquello que es nuestro. Así es como nos expandimos, así es como conquistamos el espacio público y privado desde nuestro deseo/ cuerpo.

Repito: para ser cíclica, sin remordimientos ni angustias, se necesita comunidad y sororidad.

Día 11: preovulatoria catarrosa

Pic de Designspiration

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