Todo tiene un precio

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Hay cosas que, aquí y ahora, son poco posibles (nada es imposible) y, de serlo, el precio no es asequible para todos los bolsillos.

Esto es algo real, de este mundo-pecera del que formamos parte y aunque nos guste un mojón (una mierda de toda la vida) tenemos más posibilidades de volar alto sabiendo esto.

¿Y de dónde me saco esto?

Vamos por partes (como diría Jack el Destripador):

Durante estas últimas semanas mi amiga Déborah Marín (primero fui admiradora de su estar-hacer en el mundo y poco a poco, con mimo y muchas risas, estamos fraguando una amistad bonita) de OyeDeb ha ido publicando, en diferentes partes, una entrevista a 8 mujeres emprendedoras. 8 mujeres que ella admira y de las que buscaba saber más. Yo fui una de ellas. Esto fue extraño para mí porque me cuesta hilar mis palabras desde el lado de “la autónoma con negocio” porque como digo al principio de la entrevista, siempre me he llevado mal con tal palabro. [No me voy a extender sobre esto, si quieres leer todo-todo, lo tienes aquí.]La cosa es que 8 mujeres hablamos del cielo-infierno, subidón-bajóndelmil que es crear algo tuyo, con tu cuerpo y tu deseo. Cada una desde nuestro sentir y nuestro enfoque, fuimos hilando nuestras experiencias y claro está, yo no podía no hacer un análisis de género (en verdad puedo hacer análisis de muchos tipos porque soy una pesada con eso de saber los porqués de todo. Parece que no he superado la faceta de los 4 años). Especialmente al leer cómo en los comentarios- en los que las lectoras, también emprendedoras, respondían en abierto a las mismas preguntas que nosotras- ante las preguntas más incómodas, como son las del qué hemos sacrificado por nuestro sueño o cuáles son nuestros miedos, algunas compañeras-lectoras señalaban la angustia que les daba sabernos sufridoras. Una lectora señaló la posibilidad de crear un proyecto soñado sin sacrificar x cosas valiosas ni sufrir. Quería saber si era posible. Quería saber lo que yo siempre he querido conseguir y que por ahora no ocurre porque:

Hay cosas que, aquí y ahora, son poco posibles (nada es imposible) y de serlo, el precio no es asequible para todos los bolsillos. (Primera frase del texto de hoy)

Esto fue lo que me atravesó el pecho al leerla. Me reventó sentir esta respuesta, pero siento profundamente que reconocer la realidad nos da más capacidad para atravesarla, trascenderla y/o crear ficciones más tiernas (expresión robada a Beatriz Preciado). En la Colección 2012 y en la videoconferencia de la precaria domesticada, hablo de la relación de las mujeres con el dinero. Incluso en la entrevista con Deb señalo como el cuerpo sí define el origen y el rumbo de nuestros sueños. A día de hoy, no es posible (salvo excepciones) crear y vivir de tu creación (dos cosas muy diferentes, tanto como parir y criar) sin hacer renuncias. Por un lado porque la renuncia es parte de cómo hemos desarrollado el concepto de Vida, siempre se pierde y se gana, cara de la misma moneda. Y por otro lado, porque habiendo nacido con un chochete y siendo, además mujeres, la Vida se complica. A la hora de emprender y generar capital, esto no cambia. A veces temo que se agudiza. Vivimos en una pecera patriarcal y capitalista. Y por muy mascadas que estén ambos palabros, esto es así. Cada una negociamos a nuestra manera y cada una puede disfrutar más o no del proceso. Pero en esta pecera, nosotras no cabemos. Ahora sí, le echamos un montón de agallas y somos capaces de crear peceras más amplias y luminosas e incluso de soñar con el mar (cuidado con esto, porque los animales de cautividad mueren en lo salvaje). Pero la cosa es esta, el sacrificio es parte de nuestra cultura y por ello parte de nuestro cuerpo. No hay cuerpo sin cultura, ni cultura sin cuerpos.

El otro día tuve mi primera reunión en persona con Luisa Jara, la diseñadora oficial del reino menstruante (de fondo suena la Marcha Imperial). Estuvimos hablando de lo que necesitaba para las próxima sesiones on line, las de la relación con nuestra madre, las de ‘Mi madre y yo’ que van a ser una revolución de las que salen en la enciclopedia (venga va, wikipedia), y me entraron las angustias. Como es posible que sepas, porque ya estés suscrita a la lista de mujeres-listas-listas-que-no-se-pierden-ni-un-detalle-de-estas-sesiones-del-copón (a inventarme palabras largas nadie me gana) he tenido que mover las fechas de inicio por la mudanza. Y con ello he movido los tiempos de las personas que colaboran en este proyecto. Y con ello las agendas se han ido a tomar por c*** (viento, va, a tomar viento). Y con todo ello, me dio un ataque de nervios porque no llegaba. Y con toooooodo todo esto, Luisa me soltó un: Erika, yo quiero disfrutar de este proceso creativo. Vamos a parir con placer, coño ya!.

Y, me relajé.

Me he pasado años reivindicando el placer en nuestros procesos y aquí estaba yo, sufriendo. Siguiendo las leyes de mi cultura, la que mamé y la que me enchufaron. Agonizando por cumplir con el falo-tiempo. Así que bajé el pistón y respiré. Me di cuenta de que estaba volviendo a salirme de madre, de mi cuerpo-madre, y a sumirme en la vorágine de las prisas, los planes, las entregas, los arrechuchos y demás. Horas más tarde, una voz suave, me recordaba que sí, que es posible dar espacio al placer en el proceso pero que también debía saber el precio y mi posibilidad o deseo de pagarlo. Más lentitud-calma-repanchingueo en una parte del proceso desencadena circunstancias que, en x puntos, pueden estresarme más si cabe, como la de no tener ingresos en una fecha determinada especialmente si mi trabajo es la entrada principal de ingresos de mi familia y si he de hacer frente a los maravillosos gastos de una autónoma en este maravilloso país (ironía mode on).

Por ello, sí, voy a luchar por el placer.

Repito: voy a luchar por el placer.

La lucha es el precio a pagar. La tensión de buscar e inventar otras maneras de crear y vivir de mi trabajo, la angustia de no estar horas y horas delante del ordenador cuando mi Sra. Patri Arcado me dice que sólo delante del ordenador conseguiré hacer algo valioso, los descansos obligados en los que me flagelo por valorarme como “vaga y maleante”… Sí, luchar por el placer. Quizás te parezca incongruente, pero esto es el fruto de nuestro tiempo. El placer es algo que no solemos dejar que acontezca. Lo deseamos tanto como lo tememos. Demasiado placer nos atormenta y demasiado dolor nos hace sentir parte de algo más grande. Síiii, judeocristianas vayamos o no con mantilla en Semana Santa (por cierto, ahora estoy viendo a un grupo de mujeres con mantilla desde mi terraza). Una delgada línea separa los dos campos y a veces, muchas, se mezclan ambas tierras. Esto no es diferente a la hora de emprender (palabra que este Gobierno me ha hecho detestar, he de decir). Como mujeres en esta sociedad de consumo (linda pecera ésta) tenemos más o menos límites por extender, transgredir y atravesar, y con ellos va el precio, colgando de la etiqueta. A veces es renunciar a ser madre (no pocas), otras a irse de viaje con las amigas, muchas a cenas romanticonas y las que más a salarios dignos, de los que sentirnos orgullosas y merecedoras. Estos precios son altos y cada una es libre (esto es mentira, nadie lo es en abierto sino con respecto a x posibilidades, pero no te voy a aburrir con mis rollos filosóficos) de elegir si los paga o no, cómo y el precio que deriva de no pagarlos (bucle). De hecho lo que para mí es una renuncia, para otra mujer no lo es en absoluto. La clave está en saber que todo tiene un precio, que nada es gratis (cómo me jode escribirlo). Y no hablo sólo de dinero, hablo de todos los recursos. Todo cuesta algo y creer lo contrario, a nosotras, nos deja en desventaja. Especialmente porque a nosotras nos vendieron el cuento de que, lo más valioso del mundo (el mimo y el cuidado, que sin ellos la Vida no es posible) ha de ser gratis. Esto es, sin coste alguno para ellos y máximo beneficio y con coste incomensurable para nosotras. Hemos cerrado nuestros oídos al lenguaje de este mundo-pecera: el capital. Lo hemos creído sucio y es que gracias a esta creencia, nosotras seguimos en estados de precariedad, que en no pocas ocasiones a muchas mujeres les cuesta la vida (A la mayoría, nos cuesta enfermedades). Sucio o no, toca aprender a manejar números: costes, ingresos, beneficios y pérdidas. En lo real y en lo simbólico. Algo por algo. Implicación y compromiso en ambas direcciones. El simple hecho de ubicarnos en el mundo desde aquí, supone un alto precio. Precio que yo estoy más que dispuesta a pagar. Pero desconocer esto, no abre nuestras alas. Todo lo contrario. Las deja en estado de muñón, replegadas, ajadas y raquíticas (pienso en Maléfica). Hay precios que, por altos que sean, merecen cada lágrima y pinchazo en el estómago. Ahora, has de saber cuáles son y si quieres y puedes pagarlos. Si me permites el consejo (algo que detesto hacer: dar consejos sin que me los pidan) que no sea el miedo el que te impida preguntar por el precio y pagarlo. Muchos de nuestros miedos son ficciones crueles creadas por los hijos de esta pecera y transmitidos por las hijas-pez, para mantenernos ignorantes del tamaño de nuestra grandeza.

Ahora, yo me voy a encerrar por un mes (saldré a contemplar la increíble Sevilla en primavera porque no hacerlo es una renuncia demasiado grande para mí) a terminar las sesiones on line. Voy a hacer muchas renuncias. Tantas que me da cierto pánico volver a los teclados y cuadernos, pero sé que mientras estoy pariendo a este bebé rollizo que aúlla por salir, algo más grande que yo me atraviesa. Las palabras irán tomando la forma precisa y yo iré ordenando el barullo de mi interior. Una vez parido (con el máximo placer que pueda soportar) sé que habrá merecido la pena y los calambres. Porque te confieso, que esto de parir con placer no puede planearse con la mente. Tiene una parte de actitud, otra de disposición y todo de misterio. Eso sí, el precio por vivir así, tan a cuerpo abierto, es alto pero no quiero ni puedo vivir de otra manera.

 

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