Cuando te avergüenzas de tener la regla

Sí, a mí también me pasa.

Bajo ningún concepto te vayas a creer que yo lo tengo superado. Me pasa. De hecho me pasó este miércoles. Estaba en clase de alfarería en mi segundo día del ciclo (menstruando fluidamente) tratando de centrar la pella de barro mientras los bichos me iban comiendo por dentro. Llevo mes y medio en clase y centrar la pella es complicado de narices, pero ese día era imposible. Habían pasado 60 minutos y por mucho que mi teacher (así llamo a mi profe Raquel) me guiase al estilo Patrick Swayze en Ghost, eso era tarea titánica. Algo me estaba pasando. ALGO que tenía nombre pero que decidí guardármelo para no parecer… débil (aquí va mi cara de vergüenza).

No es la primera vez.

Cosas del Cosme (así es como mi amigo Carles llama al Cosmos) que otra alumna inglesa, al terminar la clase, dijo como por arte de magia: Uau, cuando tengo la regla me es imposible centrar la pella. Creo que es porque el centro del cuerpo cambia. Entonces cogí carrerilla y solté: Yep! eso mismo me estaba pasando hoy a mí. Mi cuerpo no está para esto. De hecho estoy mareada. La verdad es que noto diferencia entre fases hormonales en relación al torno (y aquí cerré el pico).

En esta ocasión en clase éramos todas menstruantes, así que no me pasa solo cuando hay tíos en la sala. Pero me pasa. Sé que muchas veces no digo que estoy menstruando para que me tomen en serio (así de cruda y triste es mi realidad) y también para ahorrarme el momento de soltar todo mi discurso activista menstrual, porque hay veces (sobre todo cuando menstrúo) que no tengo el chocho pa’ farolillos ni para speeches ni nada que suponga exponerme y abrirme al conflicto o a la opinion gratuita (que la detesto mucho más que el conflicto)

Necesitamos espacio para coger fuerza,

para compartir, para comprender y para desarrollar estrategias en torno a cómo nos habitamos en este mundo poco amistoso para los animales menstruantes.

Cierto que, en no pocas ocasiones, me callo la boca porque no me apetece exponerme pero aquí me tienes trabajando cada día para que nos pase lo menos posible o para tener documentos que nos ahorren tener que abrir el pico cuando lo único que queremos es hacernos un ovillo.

[Jum. Ahora mismo pienso en lo señora que quedaría si a algún listo le diera por soltarme la frasecilla de marras y mi réplica fuese: Lease mi libro, señoro. Tiene hasta dibujos por si se abruma con tanto conocimiento. (Así, con voz socarrona de señora bien)]

No somos débiles.

Nuestro cuerpo no cabe en este tinglado al que llamamos mundo. Todo se ha ordenado en torno al cuerpo normativo (masculino, blanco, con dinerito en la cuenta y con estudios universitarios). Así que todo lo que se salga de la norma (y creéme, el cuerpo menstruante se sale muy mucho de ella) es débil, defectuoso, con necesidad de ser reparado.

Nos cuesta la vida que cada célula de nuestro cuerpo integre esta triste realidad. Hemos aprendido a dudar siempre y primero de nosotras. Con lo que ahora, plantear esto a una le hace clic-clac-boom pero luego… se olvida.

Universalidad vs asuntos propios.

Los problemas de ellos son problemas universales. Mientras que los nuestros son ‘problemas de mujeres’. Pero ¡cuidado! Nuestra menstruación no es el problema. El problema es quién menstrúa en este sistema así como en qué tipo de sociedad menstruamos.
Si (a veces) me da vergüenza decir que estoy menstruando, es porque quiero que me tomen en serio. Es lo mismo por lo que no me pongo tacones y por lo que apenas me maquillo. Oculto mi ‘mujertez’ porque a las mujeres no se las toma en serio, no tanto como a los hombres. Así que disimulo eso que dicen que es de mujeres (seguimos creyendo que la menstruación nos hace mujeres) para eliminar ese filtro incómodo que es ser el sengundo sexo (si no fuera blanca de ojitos azules y del norte, ya hablaría del tercer, cuarto, quinto sexo).

Todo aquello que no es propio de ellos (normatividad masculina) es susceptible de mofa, de ridiculización e incluso se podría vulnerar.

Nos necesitamos.

A veces no encontramos las palabras. A veces leemos a la vecina y exclamamos: ¡¡Sí!! ¡Eso era! Ojalá hubiera recordado la frasecita esta para cantarle las 40 al tipo que… Porque abandonar la creencia de que la menstruación es un problema nuestro, algo a remediar por nosotras, supone un gran trabajo. Trabajo en el que necesitamos tantas voces como cuerpos existan.
No, no es nada fácil menstruar en esta sociedad.

1. Porque duele.

Y no duele porque sea lo fisiológico, no. Duele porque somos nosotras las que menstruamos, porque nuestras enfermedades no se toman en serio y tardan años para que nos hagan caso y nos faciliten un tratamiento adecuado. Nuestro cuerpo, fisiológicamente hablando, no está diseñado para agonizar en la fase premenstrual ni durante la menstruación.

2. Porque nuestras necesidades se pasan por el arco del triunfo.

Nosotras hemos sido educadas para hacer lo que se espera de nosotras (que ya es demasiado) y más. Cumplimos en casa y en el trabajo. La culpa es nuestro látigo y si decimos algo nos insinuan que nosotras somos las que nos estamos poniendo el peso del mundo sobre los hombros. Porque podríamos descansar si quisiéramos pero somos unas testarudas y decidimos seguir hasta la extenuación porque… ¿somos tontas? YA.

3. Porque desconocemos cómo funcionamos de verdad.

No tenemos ni repajolera idea de lo que supone a nivel físico, mental y anímico ser un animal menstrual pero es que, además, menos idea tenemos de lo que supone a nivel cultural. Seguimos creyendo que el problema somos nosotras. Decimos que la regla es algo natural cuando, en realidad, la naturaleza de su conflicto es cultural. Sangrar es lo de menos, lo que realmente determina el trato al cuerpo menstrual es quién sangra en esta sociedad.

4. Porque vivimos desahuciadas de nuestros cuerpos.

Somos inquilinas a las que las vence el mes. Creemos que mandamos sobre nuestros huesos y humores, cuando en realidad somos el único cuerpo (junto al resto de otros cuerpos animales) sobre los que el Estado dicta leyes.

5. Porque creemos que estamos solas.

La soledad de esta flamante sociedad posthumana nos está costando la salud, la alegría y (me atrevo a decir) la vida. Las relaciones entre nosotras son debilitadas constantemente. Competimos por un microespacio a su lado, espacio que solo puede tener una. Nos rompemos la crisma para sobrevivir (que no vivir) mientras, fingimos no ser ese cuerpo débil para que … nos tomen en serio. Yo no soy como las demás ¿Te suena de algo?

Solo cuando estamos con Las Otras Desahuciadas podemos acabar con el maleficio y empezar a generar estrategias para okuparnos con conocimiento. Si no llega a ser por mi compañera de alfarería no me atrevo a decirme. Sin su voz, me hubiera quedado rumiando mi pena-vergüenza hasta llegar a casa, donde me hubiera insultado por no haber dicho nada. Sin ti, que me lees, no podría utilizar mi angustia como acicate para esta reflexión. Sin mis chicas de la Comunidad, no tendría las voces suficientes y diferentes para validar mi experiencia como materia digna de generar conocimiento que nos sirva a todas y a cada una.

¿Sabes? Podría haberme quedado calladita con esta experiencia incómoda tan normalizada en nuestra vida menstrual pero, al ponerla a circular entre nosotras, acabamos de abrir una brecha por donde meter el cuerpo y dejar que se expanda orgulloso y seguro en su inseguridad. Esta es la fortaleza de ponernos a reflexionar y a generar teoría a través de nuestras vivencias. Esta es la potencia de estar unidas por ese hilo rojo que anuda nuestros dedos corazón. Me gusta esto. Me gusta que nuestra vulnerabilidad, al compartirse, se transforme en fortaleza.

Por nosotras, las animalotas vulnerables.
Por cierto, cuando no tengas ganas de explicarle a nadie que tienes la regla y blablabla, le envías este texto y listo 🤓 Que la herida de una sea la cura de la otra.

pic. cabeza patata studio.

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