Cómo la tristeza puede salvarte (o hacerte mejor persona)

¿Por qué huimos de la tristeza?

Desde hace meses la tristeza es la emoción que más tiempo pasa conmigo. Me la imagino como esa gotita regordeta y tierna de la mítica peli de Disney. Azul, apática, lánguida a veces, llenita de suspiros y con ciertos arrebatos de mala leche que me recuerdan que la sangre sigue corriendo por mis venas.

Es en Premenstrual cuando me cuesta menos.

En esta fase, con mi queridísima progesterona tomando el mando y con el estradiol a la baja, me siento mejor en mi estado de gota-azulona-suspirosa. Hace años me martirizaba por esta ‘bajona’ emocional. Me criticaba a mí en lugar de criticar al sistema que no nos permitía habitar el lado oscuro. Ese sistema que siempre nos dibuja sonrientes y risueñas pase lo que pase (traguemos la mierda que traguemos, vivamos las injusticias que vivamos).

Gracias al autocuidado me hice amiga de esa a la que nadie quiere.

Autocuidado como acción política que decía la gran Audre Lorde. Autocuidado para habitarnos, okuparnos y para generar espacios de cuidado en el que el sacrificio no vuelva a ser la base del intercambio. Cultura de cuidados desde cuerpos colmados y habitados, ahí es nada. De eso va todo este camino. Estudié la fase premenstrual con más dedicación y le dediqué numerosos artículos para que otras (quizás tú) empezasen a disfrutar de esa Ella que también somos y que la cultura nos niega.

Algunos de ellos los puedes leer aquí (te van a encantar, palabra de la buena).

A las otras mutantes no les mola estar tristes.

La Menstrual aún lo soporta. Es un bichobola que dormita y ve series a cascoporro, con lo que estar triste-melancólica-hipersensible no es un enorme problema. Ahora bien, la Preovulatoria y la Ovulatoria odian ser azules y líquidas. Sé que se debe, especialmente, a tres cosas:

1. El estradiol y la testosterona son hormonas activas y chispeantes que se desesperan cuando tristeza sienta el culo en el suelo y no les queda otra que arrastrarla por el cuarto.

2. Tristeza les obliga a profundizar en pensamientos y recuerdos que no les apetece remover. Cada una de nuestras fases hormonales tiene, por así decirlo, una cara B y a las que son más extravertidas, más ‘hacia fuera’ no les gusta pararse a contemplar las sombras.

3. La tristeza no está admitida en nuestra sociedad. Un poquito de ella, bueno… puede pasar. Pero demasiada se nos antoja contagiosa y, como agua que es, tememos que nos trague y desborde. No tenemos estrategias ni recursos emocionales sólidos para dejarnos tocar por su salitroso cuerpo.

Solo queda rendirse.

En este estado transitorio de liquidez oceánica en el que habito, he aprendido que todo es más sencillo (y fluido, valga la redundancia) si me rindo. 

“​Ahora toca estar así” me recuerdo cuando me desespero. Voy lenta por el mundo, mis pensamientos son brumosos pero, si no insisto en volverme amarillita chispeante (como Alegría de la misma peli), me doy cuenta de las cosas geniales que tiene mi actual estado. 

Como, por ejemplo:

1. Mayor sensibilidad ante la injusticia social. 
Ahora me implico más en el cuidado de lxs otrxs cuerpos vulnerables. Empatizo tanto (añado: soy una Persona Altamente Sensible -puedes leer a la Dra. Aron) que me acciono. Alejada de la superficialidad, desde mi oceáno busco cómo sostener (sin perderme de vista).

2. Mejor calidad en mi (auto)cuidado
Me dedico a no insultarme. Ni forzarme, ni ponerme contra las cuerdas. Lo que me niego a hacer a lxs demás, dejo de hacermelo a mí. Cuando no puedo, no puedo. Es lo que hay. Obligarme, en no pocas ocasiones, hace que me rompa a la mitad y desde hace tiempo estoy dejando de ser mi maltratadora particular.

3. Lo pequeño me salva
Lo más pequeñajo me satisface a unos niveles que antes ni siquiera había conseguido percibir. Una canción me hace sonreir como una niña, una mirada de una desconocida me llenan de calorcito… Lo extraordinario de lo ordinario me deja flipando un buen rato.

4. Aumenta la confianza en mi vulnerabilidad
Ahora solo puedo mostrarme tal y como siento. No tengo energía para ponerme máscaras ni fardar. Soy como estoy y estoy como soy. Mi práctica de la vulenrabilidad me permite no cargar con el peso de los trajes sociales. Voy en pelotas. A veces paso frío (no lo voy a negar) pero prefiero que se me congele un poco el culo a tener que asarme de calor con las bufandas del guayonismo social tan típico en los tiempos del FB, Twitter y demás.

5. Al abrirme, se abren
Es contagioso, mi vulnerabilidad genera un espacio de confianza que hace que lxs demás se queden en bragas/ calzoncillos. De esta manera estoy conociendo a personas tremendas: desde mi adorable frutera-vegana hasta mi librero-pintasonrisas. Estos meses en los que Tristeza lleva el control de mandos de mi cuerpo, estoy conociendo el valor de la interdependencia. Estoy abriéndome a la diferencia de personas (físicas, ya no virtuales) y aprendiendo a ser en menudo, sin más aspiraciones que las de una sonrisa o unas manos calentitas de alguien ‘inesperado’.

(Sobre el valor de la interdependencia frente a la pretenciosa independendencia puedes ver este documental sobre Suecia que te va a hacer plantearte el mundo de pies a cabeza. Se llama La teoría sueca del amor y sale el gran Zygmunt Bauman)

No le tengas miedo.

Si me permites que sea una osada y te dé un consejo, te diré que no tengas miedo a estar triste. Es una emoción infravalorada. Es incómoda porque no hemos aprendido a vivir con ella. En el momento en la que la vemos tomar nuestra mano, huímos despavoridas, perdiéndonos otras maneras de enfocar el mundo.

Todo está en practicar. Una vez que la sientas (en Premen suele aparecer, a veces unida a la preciosa-gloriosa Rabia) zambúllete en ella. Mejor sin bikini, en pelotas, ZAS dentro. Nada. Sigue nadando. Sigue nadandoNo te vas a ahogar. Antes de que esto pase, puedes llevarte una buena tableta de chocolate 100% cacao y listo, ahí tendrás tu cuerda para trepar a la superficie.

Es cierto, la tristeza no es productiva. No como este mundo nos demanda. No como nos educaron. Quizás uno de los beneficios de ella es que es observadora. No hace. No dice. A veces solo llora. No te engaño, a veces me paso más de 40 minutos al día llorando sin parar. Parezco un dibujito manga (una ambién puede ser una monada cuando llora). A veces, muchas, lloro y me río a la vez. Ya no me angustio por ello. Toca llorar. Pues a llorar. Cuanto menos me angustio por llorar, más fácil es.

Conclusión: no te reprimas. No te tengas miedo. El mundo es (muchas veces) un vertedero de heridas, un cúmulo de materia fecal que duele-escuece-pica, llorar es lo más normal y sano que puedes hacer por ti. No te cortes. Es una revolución pendiente, la de llorar sin cortarse ni sorberse los mocos.

Hace unos días fui al cine a ver La Ciudad de las Estrellas (La La Land) e hipé-lloré a niveles mastodónticos. No me corté ni un pelo. Estaba Premen y gracias a ella, no me avergoncé ni un poquito. Es lo que hay. Ser oceáno nos salva. Necesitamos mares donde bucear. Naufragar nos permite comprender a aquellxs que se perdieron y buscar la manera de acogernos, de hacer de este mundo un lugar donde poder caerse y recostarse a la vera de quien, por un rato, no quiere levantarse.

 

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¿Volamos?


 

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