Mamá, ¿y si nos ‘queremos’ menos?

El amor ¿Quién carajo puede escribir sobre el amor? Yo no. O sí. Bueno, a veces. Pero sólo cuando no quiero encorsetarlo en una caja firme y transparente, porque justo es lo que no es. Quizás sí pueda escribir sobre lo que no es el amor. Pero aún así se quedaría tan suelto, que no habría hablado de nada. Pero que no pueda hablar del amor, del Amor o del hamor, no implica que no debamos hacer el sano ejercicio de pararnos a mirar de frente las relaciones que establecemos y ver, sentir, paladear cuán plenas nos sentimos con la manera en la que tejemos lazos con nosotras mismas y con lxs otrxs. Luego si se llama amor, será ya a gusto de la consumidora.

Coral Herrera hace este sano ejercicio con tal entrega, que yo poco tengo que añadir. Hace muchos meses ya, escribí esta entrada en el blog: ‘Ser madre (en esta sociedad) apesta‘ Según iba escribiendo y llegando a desanudar aquello que aún era misterioso para estos 4 ojos (soy una gafotas, tengo ventaja evolutiva) esbocé mi primera tentativa de explicación del amor materno normativo (el amor enlatado, el que es prescrito, el que dicen que ha de ser por norma) tomando el amor romántico en la pareja (que Kori explica tan taaaan bien) como referencia. Con la mosca detrás de la oreja, empecé a meter los dedos en la llaga (en la mía concretamente) y para las nuevas sesiones on line, creé toda una unidad de trabajo sobre el amor romántico materno.

¿Amor romántico materno?

Sí. Porque como os he dicho, no soy capaz de hablar de la inmensidad del amor menudo, del de la carne, del que yo llamo ‘amor de puchero’, así que me lanzo a dibujar las aristas de lo que NO es amor según yo y mi coño peludo (porque otra persona me dirá que para ella el amor es justo eso, la mezcolanza precocinada que el sistema nos vende en pack de 6 latas).

Con El Traje de Madre (para saber más de El Traje, puedes leer aquí) vienen la instrucciones y el protocolo sobre cómo tejer la relación con la criatura. Entre madre e hija (también hijo, pero de otra manera porque no es lo mismo nacer con rajita que con colita en este mundo raro) se establece una normativa de los afectos. Una madre, por gestar/parir/criar, ha de relacionarse de equis manera con la criatura y esta criatura aprende que esa persona (la madre es una persona, increíble pero cierto, a muchxs se nos olvida) le ha de tratar de x+y manera (si fallo con la fórmula no me digas nada, que las matemáticas no son lo mío) y puede exigir tal trato a lo largo de toda una vida porque esa persona a la que llama mamá ‘le trajo a este mundo cruel’. De una madre, de una persona vestida de madre, se ha de esperar lo mismo que de una super heroína de cómic pero sin la parte en la que ella se escapa sola a su guarida (una madre ni se escapa, ni tiene guarida, si se escapa o tiene guarida no es una Buena Madre). El amor de madre, es ése amor incondicional que resiste a que la rompas, la humilles, la ignores y la invisibilices. Ella siempre estará ahí esperándote para acogerte en su seno y calmarte aun en el peor de los temores; la maltrates o no, Ella no dirá nada porque, en su silencio, se oculta ‘el verdadero amor’. Una madre es el último puerto al que todo ser humano puede volver aún habiendo quemado todas las naves por la travesía. Ella es la Isla donde todo vuelve a estar bien, en ‘su sitio’, porque ella no es ella, es un continente sin límites ni deseos en el que varamos sin permiso ni responsabilidad. Una madre es un cuerpo colonizado sobre el que tenemos derechos colonialistas porque un día ‘vivimos allí sin pedirlo’. Ay el amor de madre, que libre nos hace… ¿verdad? Es el amor más puro, ella nunca pide nada a cambio, ella se deja hacer porque lo que desea siempre una madre es la vuelta de sus hijxs pródigxs.

Menuda mierda de amor es ése. Lo siento (no, la verdad es que no lo siento ni un poco) pero el amor de madre define patrones de esclava y esclavista (ahora a la que se le esté girando la cabeza cual niña del exorcista que pare de leer o que siga y se pare a sentir qué tecla se ha saltado para que tanta rabia le salga por la boca, pero que no salpique con su baba-personal, pues hay que ser responsable de las emociones de cada una. Yo me hago cargo de lo que las palabras remueven pero no de lo que la otra recoge), y hablo del amor de madre normativo, no hablo de lo que una persona vestida con El Traje de Madre y de Mujer, siente hacia su cachorro, sino lo que se le exige sentir hacia él/ella, por norma. Nunca he soportado que me amen devotamente sin límite por el hecho de ser yo, porque no lo siento justo para ambas partes. Y me explico, que mi madre me ame mientras la ignoro y la ninguneo, me hiere profundamente porque no soy quién para aplicar tanta violencia y crueldad sobre alguien y mucho menos porque a ese alguien le hayan enseñado que ‘amar a una hija pasa por dejarla romperte en dos’. En nombre de el amor yo me he dejado violentar y he violentado muchas veces. En mi caso hablo menos de las parejas secundarias (que para este sistema son las primarias, esto son novios y tal) y más de la pareja original y primaria (mi madre). Por ese amor de madre, yo he exigido un trato de favor y he demandado una serie de derechos que me corresponden por la ‘Santa Ley de la Maternidad’ y al no ser cumplidos como este sistema me ha enseñado a exigir, la he castigado. Y ella, La Madre, ha esperado paciente a que diligentemente vuelva a ella, como una leona mansa que puede volver a atacar. Ella únicamente sólo puede esperar y ofrecer la otra mejilla, porque Ella es La Madre.

Pero hay madres que son más listas y no esperan. Hay madres que se lo cobran con eso que denominamos chantaje emocional (por ejemplo). Y es que como el amor materno normativo va de esperar, de ser paciente y de dejar que la otra y el otro te prendan fuego hasta que se den cuenta de que se están quedando sin Isla (mira, justo como nos pasa con el planeta), muchas desarrollan estrategias de supervivencia y derechos de cobro. La norma del amor materno-filial normativo habla de derechos y obligaciones de unx y otra. Algunos están escritos (como el de la devoción y el perdón incondicional) y otros son escritos por las madres. Una madre aprende a utilizar el silencio en su beneficio y a jugar con las palabras para generar el efecto deseado. Existe una relación de poder que pocas se atreven a transgredir y a canalizar de otra manera a la común, a la norma. Esa relación de poder se intuye y se disuelve en el momento en el que el sistema entra a legislar las relaciones y los cuerpos. Pero sí, la mujer vestida de madre, al vestirse de tal, toma poder (por eso muchas se niegan a desvestirse porque es el único momento vital en el que a la mujer se le reconoce cierto poder. Esto no es ni bueno ni malo, simplemente Es). Ahora ese poder cómo se desarrolle y se distribuya va a depender de lo que se permita sentir y cuestionar ‘aquello aprendido como normal en eso de ser madre’. (Sí, lo sé, me estoy poniendo intensa y sesuda, pero va a durar poquito). Esto es que ante el amor romántico materno que priva a las madres de sus límites, su asertividad, su gestión del negativo, ellas se accionan y el resultado acaba siendo una herida lacerante entre la Una y la Otra. Sí, una herida, porque del amor romántico lo único que vamos a acabar teniendo son heridas de distinto calibre.

Una madre es finita. Aunque El Traje no nos permita contemplar su finitud y nos la dibuje amplia y vasta y amorfa (sin forma concreta), la persona-mujer que es, lo es. Aceptar que una es finita es una de las angustias más extendidas de ser mujer y de ser madre. Una no siempre desea abrirse al otrx, una no siempre está dispuesta pese a ser obligada a estar disponible, una no es la misma que una recuerda, una es una mortal de mierda como cualquier otra con derecho a romperse, angustiarse, perderse, olvidarse. Una también es hija de su madre y no puede exigirle a ella lo que ella misma no puede dar. Una, que no puede decir que ‘no puede’, NO PUEDE. Pero este amor de madre normativo, el romántico, el que nos dice que una madre todo lo puede, nos hace añicos. Nos rompe a las dos, porque de ella aprendemos a vestirnos de Madre- si llega el momento- y vemos cómo ‘amar así’ nos va a romper en una nueva dirección. Porque ya estamos rotas en tanto que nos enseñan a reclamar la posesión de quien nos gestó/parió/crió (dicen que esto es amor) y nos quedamos ciegas, dando manotazos en el aire- como diría la Sau- buscando a esa Madre que nos han enseñado a desear. Esa Mujer TodoPoderosa que no alcanzamos a ver, que es un espejismo en un desierto en el que todxs somos mortales finitos (de mierda). Nacemos huérfanas de cuerpo materno (digo materno para referirme al cuerpo de la mujer que es nuestra madre Más Allá de El Traje y que así nos entendamos todas, porque esto de generar conocimiento pasa por aprender a nombrar y andar con muletas lingüísticas), huérfanas de realidad mortal, de carne que se equivoca y siente a su manera (no a una concreta normativa). Aprendemos a desear lo imposible, lo inmortal. El Traje de madre nos ofrece un reflejo que no tiene cuerpo, que se superpone a éste, que lo eclipsa, pero que no es piel, ni humores. Sólo humo. Esta es la primera herida. La segunda es aprender a convertirnos en humo para ‘ser madre’ ¿Cuántas veces he de renunciar a mi mortalidad, a mi piel flácida y estriada, para ser La Madre (o La Mujer) que quieren que sea? Humo de caricias. Fantasmas de otras que no lo consiguieron y de aquellas que sí, que casi se acercan a la perfección, y que perecieron por ello (Paty te guardo muy dentro).

Alguna me dirá ¿y la química? Porque en el amor hay química. De hecho, lo que llamamos amor es una reacción química. Y diré, qué curioso que la química de la relación entre cuerpos materno-filial sea la química que más se ha tratado de inhibir en estos siglos. La química que se produce en un parto (por ejemplo, pero podemos hablar de procesos de adopción en el que se respeten los procesos de enamoramiento-química de cada una de las partes) se ve adulterada con focos, posturas imposibles, drogas a tutiplén y un buen puñado de personas que te van diciendo/evaluando qué-cómo hacer (vamos, que un paritorio puede ser más hardcore que una rave a las 9:51 de la mañana). Así que esa química este sistema la inhibe Y a la vez, demanda la devoción sucedánea (la precocinada, que al sistema le encanta lo preocinado y lxs demás nos flipa comer sin pensar ni cocinar pensamiento), ese sucedáneo que mal imita a la química corporal de cada díada (adulta-bebé) es lo que nos venden como amor de madre. El Traje de la madre repele los flujos propios de la química autogenerada y suministra química sintética. Ahora bien, la química del enamoramiento dura lo que dura. Otro mito del amor romántico materno es que ese enamoramiento ha de durar para siempre, y es que químicamente es imposible. Sin ir más lejos cuando el ciclo hormonal de la maternidad da paso al ciclo menstrual, muchas mujeres se angustian profundamente porque no sienten ‘lo mismo que al principio’. Y es que las relaciones evolucionan, y los cuerpos cambian, y aprendemos a relacionarnos de otras maneras. Y es que nunca va a ser ‘lo mismo’, ni con tu churri al de 3 años ni con tu peque al de 2 años. Somos un flujo abierto de química textual. Somos cuerpo-texto, la química es la reacción a las palabras (símbolos) con las que aprendemos a escribirnos y a leernos.

El amor no sólo viene de Ella. Así se titula la unidad de las sesiones en la que trabajamos maneras de generar ficciones/realidades más tiernas. Porque es cruel hacer creer a dos personas que una puede darte todo lo que necesitas, antes de que sepas valorar qué necesitas y que lo puede hacer de la manera en la que necesitas y deseas. Es cruel crear la ficción de que una única persona en el mundo está ahí enteramente para ti, sin límites ni condiciones. Cruel para la que la sueña y cruel para la que tiene que desfigurarse para dinamitar los límites que ni siquiera le han permitido conocer (no vaya a ser que los conozca y corte el suministro de amor incondicional). Sinceramente, muchas veces siento (y pienso) que la invención de la madre como Entre TodoPoderoso Al que Limitamos El Poder (amor de madre precocinado)es uno de los valuartes de este mundo raro y roto. Si hacemos soñar con Ítaca, si vendemos el ideal de lugar de reposo, mágico, acogedor, como ‘el útero materno’ (montón de veces me pregunto si todas las criaturas están bien ahí dentro, ya que una bebé de las emociones del cuerpo-universo-materno, entre otras cosas, y hay momentos muy tóxicos) podemos vapulear al personal con la promesa de que ‘siempre estará tu madre para recoger los pedazos’. Esta promesa es como la del Cielo o la del Valhalla. En lugar de 72 vírgenes, te espera tu amorosa madre, dispuesta a insuflarte la vida con su sonrisa radiante e ilimitada. Tú acabas creyéndote esto y cuando te despedazas, vas a buscar ese consuelo (al precocinado le tenemos que sumar las pajas mentales que cada una nos hemos hecho más algún que otro súper poder mágico que hemos visto en la tele) y te encuentras con un holograma (si tienes suerte). Porque puede que te encuentres con una mujer igual o más rota que tú, que no puede ni recoger sus pedazos porque está esperando a que su madre lo haga (es que las madres son hijas, por si alguna no se había enterado aún). Entonces nos enfadamos, entonces en lugar de dirigir la decepción hacia el maravilloso sistema que nos hace morder a la que va vestida de madre, la mordemos a ella y ella a nosotras. Ambas rotas y despedazadas, no conseguimos Vernos porque hay mucha ropa (cultura normativa) por el medio ¿Y si buscamos la manera de redirigir esa rabia? ¿Y si desmantelamos el cuentecito? ¿Y si, las hijas, nos ponemos serias y dejamos de pedir lo que no podemos dar? ¿Y si buscamos el amor (el de puchero, el menudo) en otras relaciones? ¿Nadie se ha parado a pensar que hay millones de animales humanos con los que relacionarse y tejer relaciones de afecto y cuidado más allá de la monogamia materno-filial? Mi madre, Ana, la persona vestida de mujer y madre que es mi señora madre NO puede ni debe ser la única relación de afecto-cuidado-mimo (poned aquí los atributos que creéis que lleva el amor suave, no el normativo) de mi vida. Por mucho que ella haya intentado darme todo, ese todo no me ha bastado o no se ajustado a mis necesidades porque todas, TODAS, las personas somos finitas y diversas, porque cada una necesitamos y deseamos cosas diferentes y de diferentes maneras y una única persona no puede colmarnos. Y no debe. Porque El Traje de Madre lleva la prescripción de que debe bastarnos y debe colmarnos. Hay millones de personas en el mundo bien podemos matarnos entre nosotras o bien podemos tejer relaciones, para cuidarnos, para colmarnos a poquitos. Lo primero es lo más sencillo porque es lo aprehendido y premiado, pero a nosotras nos gusta lo difícil y podemos atravesar cada día el canguelo que nos da abrirnos al cuerpo propio y ajeno desde la vulnerabilidad.

Alguna me dirá que como no soy madre no sé amar así. Y yo me reiré. Y mucho ( y después me tomaré una cervecita a la salud de quien se enfada porque pienso divergente). La cosa es que nadie sabe como ama nadie. Dar por hecho que al parir (¿qué pasa con las maternidades adoptivas o las subrogadas u otros tipos de maternidad?)  una ama de una manera especial y única que nadie más puede comprender, es alimentar la rueda del amor precocinado, del amor romántico materno que tanta violencia genera para las hijas-madres y para las hijas (que puede ser que algún día se vistan de madre y vayan de nuevo con la misma cantinela del amor-amor de madre-madre) (Como curiosidad: ¿Sabes que hay mujeres que son madres y que no aman locamente a sus criaturas y que ni tienen 7 cabezas ni el pelo ensortijado de serpientes venenosas?)  El amor se aprende. Sí, las maneras de expresar esa química es totalmente cultural, así como hacia dónde orientamos ese deseo químico. La potencia de ese enamoramiento no debe seguir siendo manipulada por los Otros. Cada mujer-madre y cada mujer-hija-posible-madre-o-no necesita desmenuzar lo que le contaron del amor de madre, para poder dinamitar (primero) y crear (después) unas bases propias de relación. Bases en las que una no deba ser la que colme de todo a la otra, ni la otra que deba ser devota fiel y absoluta de la una. Toca aprender a cocinar nuestras propias relaciones, aprender a nombrar nuestro ‘amor’ y hacerlo más allá del miedo al caerse y pelarse las rodillas. Para eso estoy aquí (como pedagoga menstrual, hablo de mi trabajo no de mí como si fuera la mesías de los coños unidos -¡unicoño!-), para que entre todas podamos caernos y levantarnos, o caernos y quedarnos tumbadas y reírnos y probar y reinventar y volvernos a levantar. Se trata de (intentar) crear ficciones/realidades donde quepamos y donde gocemos de nuestros cuerpos (ya escritos por otros pero que podemos reescribir o mimar lo ya escrito) y de nuestras relaciones con ese cuerpo-universo que está más allá de los trajes y los platos recalentados; vamos, las relaciones con nuestra señora madre, que ni desea ser tan señora ni tan madre (o sí, porque yo no puedo ni debo ni quiero decir lo que ‘una madre’ quiere o no, pero a mi me parece que quedarse en bragas le acaba sentando bien a todo el mundo…) y que es tan hija como tú y como yo.

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Conocerte es vivirte. Vivirte es amarte. Amarte es ser libre.

 

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