Menstrual: el mundo me deslumbra y duele

Hola (voz mustia)
Hola, peke. ¿Todo bien? (inquieto)
No.
¿Qué pasa?
Que necesito mimos. (nivel de pucheros: 100%)
Jajajajaja.
No hace gracia. Es serio. (pucheros al 150% con una pizca de encabrone)
Lo sé. Cuando llegue a casa te doy una mimosetada. (le pillo en mitad de una reunión y no baja la voz. Entiendo que en su trabajo ya me conocen)
MM… vale (pucheros al 200%)
Te he de colgar.
Jus (pucheros 340%)
Beso.
X”%b&!(encabrone al 150%)

Ésta ha sido mi primera conversación de la mañana. He llamado a Alex (mi pareja) con urgencia porque necesitaba mimos. Hoy necesito mimos. Durante toda mi vida me he guardado esa frase en un cajón con llave de seguridad y fondo armado porque me sentía imbécil diciéndole a alguien que mi prioridad, mi máxima necesidad, era que me hicieran la cucharita, que me acariciaran el pelo o que me hiciesen esas cosquillas en la parte blandita del antebrazo que son tan increíbles. Pedir mimos me parecía mostrar mi vulnerabilidad y dejarme con el culo al aire, pero nada más lejos de la realidad. Todo el mundo necesita mimos. Los mimos son el alimento humano por excelencia. Estudios científicos avalan este deseo-necesidad pero no necesito que gente en bata blanca, poniendo a monitos al límite, confirmen algo que cualquiera que pase por la calle puede reconocer.

Estoy saliendo de mi fase menstrual y no me gusta nada la falta de comprensión que tenemos en relación a la ternura. El 13 a la tarde noche me bajo la regla (cumple de Alex) y el 14 me tomé la mañana para mí solita. Por la tarde, como ayer, tenía clases de novela y tuve que bajar a Barcelona. No sé si sabéis, pero aparecer en las Ramblas con cientopicomil turistas con cara de niñxs perdidxs y un calor de recocimiento urbano es contraproducente para la salud. Estoy segura de que una puede ir muriendo poco a poco si se somete a esto cada día (yo estuve así más de 1 año y dolió… mucho). A todo esto le sumamos: el estar menstrual perdida, con la cabeza en un globo y el cuerpo lento y suavón andando a paso de elefanta rosa, y el vivir en un simpático pueblo donde hay de todo menos jaleo. El cocktail es una poción envenenada que no hay quien se la trague pero, ¡zasca! nos la tragamos sin respirar. O al menos yo, porque quería llegar a mis clases que sólo son 2 veces al mes.

No es sencillo ponerse a descansar pero tampoco es sencillo volver a encarrilarse en este mundo de vueltapalante- vueltapatrás. Cuando una frena (o le frenan) adquiere un ritmo que poco o nada se parece a la jauría de allá fuera. A mí me pasa esto ya en casi todas las fases, porque vivo encerrada en mi estudio y apenas contacto con seres humanos no virtuales (cada día estoy más volada. Palabra). Pero cuando se trata de pasar de la menstrual (que aunque una no sangre sigue estando en ella unos díitas más) a la preovulatoria, de manera física (lo intelectual suele llegar antes) el cambio le puede hacer pupita. Y es que es como cuando tu madre te despertaba abriéndote las ventanas del cuarto de par en par, con un solaco gigante a eso de las 12 del mediodía (tú habías llegado a las 9… o así). Una no está aún lista para salir al mundo. Somos aún un bebé pollito que no puede aventurarse a salir del nido y por eso, necesitamos mimos. ¡Necesidad de primer orden! No es broma. Si una se mima y pide mimos, salir al deslumbrante mundo es más sencillo. Sabes que tienes a alguien ahí, cogiéndote de la mano para hacer tremenda transición.

El paso de fase a otra es progresiva en lo que a fisiología se refiere. Eso sí, cada una es un mundo pero el entorno influye infinito. Ayer estaba de muy malas pulgas y no, no era por mi menstruación (me abstengo de comentar la frase) era porque tenía que hacer algo que me repateaba. Algo que iba en contra de mi deseo, que era el de estar en mi casa, leyendo libros sexudos y acariando a mis bichines. No, no me apetecía nada darme un baño de ciudad y sortear a zombies con mapa, pero no quería perderme mis clases. No, no me apetecía llegar a casa a las 22h y ver por primera vez en el día a Alex. Y porque hice un montón de cosas que me incordian y me fatigan, tuve un carácter de mierda. Y por eso, hoy me siento como una bebé bonobo, con necesidad única y trascendental de ser abrazada, acariciada y arrullada con toda la ternura del mundo.

Así que aquí estoy, en mi estudio, contando las horas para el contacto humano que tanto ansío. Mis amigas están lejos (si a Gemma le llamo es capaz de venir) y mis bichines están agotados de tanta persecución a lo Elvira de los Looney Toons. Me encanta ser yo la que da mimos a las personas que recién conozco pero no me siento igual de cómoda recibiéndolos, así que no puedo ir a la calle y decirle al frutero: ¿Me das un achuchón? (Aunque hoy me ha dado un pedactito de tarta de fresas que bien vale el mimo.) Por eso, espero.

(Sigo esperando)

Hoy es el día de la ternurita y los mimos porque mi cuerpazo así lo pide. Para seguir guerreando, para seguir desafiando, cuestionando e hilando fino una necesita alimentarse de lo más nutritivo de este mundo: los cariñines. A las hormonas les va de fenómenos y es mejor que cualquier Ibuprofeno.

Nota: Si vais a la página 74 del libro Cartas desde mi cuarto propio. Colección 2013 tenéis tooodo un capítulo dedicado a la ternura y lo necesaria que es. Si no lo tenéis, podéis haceros con él aquí.

Día 4: fase menstrual
Pic Designspiration

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Conocerte es vivirte. Vivirte es amarte. Amarte es ser libre.

 

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