Pregunten a la chochóloga: menstruar, ¿es de antiguas?

Soy una cacho de loca. Una pedazo de majareta. Mira que podía dedicarme a mil cosas (soy pedagoga, no es verdad esta frase) pero no. Me dedico a la menstruación. A la regla. Al coño sangrante y al chichi ovulante. Mira que podía ganarme la vida de una manera menos… menos extravagante (¿?) pero no me da por esto. Y es que dejo por escrito todas estas cosas porque hay días en los que me desespero. Suele coincidir mi desespero con mi fase premenstrual pero esto no invalida la desesperación sino que la dota de más sentido. Estoy harta, así como suena, de la preguntita de marras que me hacen en entrevistas, encuentros, ponencias y demás salones (incluida la carnicería de mi barrio): Pero eso de la menstruación, nena ¿no es un atraso? Eso de sangrar ¿no lo tenemos superado? Y yo sonrío y empiezo a explicar y acepto que mi papel implica explicar siempre desde cero. Pero como soy humana cíclica con límites como todo pichiruchi, hoy tengo ganas de desquitarme ante esa pregunta y otras tantas. Así que como buena loca-creativa voy a hacerme una entrevista con aquello que siempre me preguntan y que tantas veces he de responder:

1. Erika tú hablas de que el ciclo menstrual afecta en nuestra percepción del mundo a nivel no sólo físico sino también mental y emocional, pero esto ¿no nos vuelve a posicionar a las mujeres como seres falibles sujetos a sus hormonas? ¿no nos hace ir hacia atrás en los logros conseguidos por el feminismo?

Primero de todo, que el ciclo menstrual afecta a nuestra percepción del mundo a tales niveles no lo digo yo. Esto es así. No es que a mí se me haya ocurrido o me haya caído de la cama. El ciclo menstrual es, entre tantas definiciones, un compendio de niveles hormonales que modifican el cuerpo, así como la mente (aunque prefiero decir sólo cuerpo, porque la dicotomía cuerpo-mente es una explicación cultural-patriarcal errónea). Las hormonas influyen en el comportamiento y éste en las hormonas. Somos un cuerpo. Y este cuerpo es un sistema abierto y permeable al entorno, a la cultura. Además este cuerpo es un cuerpo social y es un cuerpo sexual, entre tantos otros niveles. Pero de todas, todas somos un cuerpo. Un cuerpo que culturalmente se define en patrones de género (aún andamos con estas cosas) y por tanto es un cuerpo femenino con la tendencia común de identificarlo como mujer. Este cuerpo femenino tiene unas implicaciones sociales y culturales determinadas que nada tienen que ver con el diseño biológico de éste. Sí, mucho tecnicismo pero lo que quiero decir es que nacer con un chochete y unos niveles de hormonas determinados no debiera determinar el trato a recibir por parte de nuestra sociedad. Pero esto no es así. Nuestro cuerpo (nosotras) vivimos en una sociedad en la que tener un cuerpo hormonal femenino tiene muchas implicaciones, muchas responsabilidades y muchas dificultades que difieren de las de un cuerpo hormonado masculino (sí, ellos también tienen hormonas). Entre las dificultades quiero señalar la ignorancia que cada una tenemos en base a nuestro propio funcionamiento. En nuestra sociedad, mujeres universitarias (ésas que dicen los estudios ser las más preparadas), desconocen cómo afectan los niveles hormonales en su día a día pese a que, por experiencia de vida, todas sepan que el carácter les cambia en unos días determinados o que las tetas se les hinchan en otros tantos. Otra de las dificultades que hay es la de concebir desde la cultura el cuerpo femenino como un cuerpo falible, poco estable y por ello poco confiable. Durante muchos siglos, en nuestra sociedad, se legisló para que las mujeres no pudieran ostentar cargos “importantes” (los hombres son los que determinan qué cargos son o no importantes) debido a los cambios de humor y cambios físicos de su endeble/enfermo cuerpo. Con el paso de tiempo y gracias a mis madres simbólicas (feminismo de los años 70) se consiguió que el cuerpo femenino no fuese una traba para conquistar el mundo público. De ahí se promovió la nueva idea de que la menstruación no nos podía afectar. Se grito que nuestro cuerpo no nos podía frenar. Nuestro cuerpo se dibujó como nuestro eterno traidor y se buscó caminar por encima de él y sus “limitaciones”.

Este movimiento de superar al cuerpo sólo pudo y puede hacerse de manera simbólica porque la experiencia humana es tal porque ocurre EN un cuerpo. Pero bien, esta estrategia fue adecuada a la época. Gracias a ella pudimos salir a la calle, estudiar, trabajar, desempeñar cargos “importantes; pudimos decidir sobre nuestra maternidad (ahora ya no). El cuerpo como ente abstracto limitador y cómplice de la opresión femenina moría pero quedaba y queda el otro cuerpo, el real. Y éste menstrúa y ovula y está sujeto a cambios tan reales y tan carnales que si seguimos alimentando la idea de que ni es real, ni siente, ni padece acabamos cayendo en una espiral neurótica (que me perdonen las psicólogas) que produce, entre otras tantas cosas, las sospechas de que una esta loca. Y éstas son ciertas en tanto que cuerpo simbólico (lo que una cree que es por lo que aprende a nivel cultural) y cuerpo encarnado (la piel y los huesos de una) no coinciden en Uno-Único. Es cuando decimos de la recurrente frase de “es que yo vivo en mi cabeza”. Que quiere decir: “vivo en esa paja mental que me he creado en torno a mí pero que no soy yo, no al menos completamente, porque estos huesos, humores y hormonas me llevan la contraria diariamente. Y entre lo que creo de mí y lo que me sucede corporalmente, sin duda creo firmemente en lo que me imagino/dicen que soy”. Emmmmmm ¿perdone? Aquí hay algo que chirría y hemos de poder ponerle nombre.

Esta dicotomía cuerpo- mente que tiene su origen en los nobles patriarcas de nuestra historia (historia sin H porque la Historia es la que cada una vivimos cada día) fue lo que permitió que allá por los 70 nuestras mamás simbólicas pudieran salir de casa (pero sin dejarla nunca, porque como dice Rosi Bradotti las mujeres nunca salieron de casa) y es lo que hoy nos genera esa neurosis (de nuevo discúlpenme psicólogas) y esa incomprensión sobre nuestro propio funcionamiento.

Así que resumiendo, no. Conocer nuestro cuerpo carnal no nos limita, ni nos mete en casa. El asunto es que los límites siempre estuvieron en la cultura patriarcal, jamás en nuestro cuerpo carnal. Que sí, que el cuerpo tiene límites y resistencias como todo en este mundo. Pero el cuerpo femenino no es peor que el masculino. Quien otorgó estos valores fue la cultura de los patriarcas. Y es a esta cultura la que hemos de cuestionar, desmenuzar, reventar, dinamitar, _____ (pongan aquí su acción preferida) no, NO a nuestro cuerpo. Como feminista e hija simbólica del feminismo diré que mi tarea es la de traer el cuerpo al cuerpo y limpiar, hasta mi último aliento, lo que la cultura patriarcal ha ensuciado en relación a nuestro cuerpo femenino. La menstruación, el ciclo menstrual, es una de las evidencias y particularidades de nuestro cuerpo que más han pervertido y mancillado. Yo me dedico a recuperar nuestra dignidad y nuestro orgullo de mujeres menstruantes. Así que no, no es un paso atrás. Es un paso adelante que como hija simbólica he de dar.

2. Dices que Menstruar Mola ¿quieres decir que menstruar es guay? ¿Esto no es como un anuncio de compresas? Porque menstruar duele o a muchas nos duele ¿No es engañoso? o quizás ¿naïf?

Menstruar mola pero en esta sociedad, duele. Con esta frase quiero resumir todo lo que he explicado en la pregunta anterior. El hecho fisiológico de menstruar no ha de doler (salvo patología que ha de ser investigada y tratada correctamente) pues no hay nada diseñado fisiológicamente que esté sano y duela. Culturalmente se ha aceptado la idea de que los ciclos de la mujer (incluidos los de la maternidad) han de ser dolorosos porque el dolor es propiedad de la mujer. Habernos criado con el “parirás con dolor de Eva”  generación tras generación, es clave para comprender el dolor como un rasgo identitario del cuerpo femenino y de ser mujer. Pero hay más calado cultural que provoca los dolores menstruales. El sentimiento popular (que es una realidad) de inadecuación que vivimos las mujeres y las personas con cuerpo femenino provocan altos niveles de estrés que impactan directamente sobre nuestro balance hormonal. La vergüenza, el miedo, la angustia de que tu cuerpo “te traicione” con una mancha o un olor genera estados de alerta que nos hace sentir más vulnerables. Se suma el profundo desconocimiento que tenemos sobre nuestro funcionamiento así como la tendencia popular de delegar nuestra salud y cultura corporal a lxs médicxs y a la industria farmacéutica (que se dedican patologías y el ciclo menstrual, no lo es) lo cual nos merma presencia y capacidad de actuación en nuestro propio cuerpo. Por otro lado (entre tantas otras cosas) están las demandas incesantes de esta sociedad de consumo en la que la producción es el eje del valor y desempeño humano. Ante la demanda de descanso que puede hacer nuestro cuerpo el día que menstruamos, respondemos negando nuestra necesidad: 1. porque no somos una mujercitas pusilánimes y nuestro cuerpo no nos va a traicionar y 2. porque por mucho que quiera descansar, he de generar ingresos o al menos no dejar de ganarlos en una sociedad en la que se vive una situación de crisis mundial en la que tener trabajo parece ser un regalo de los dioses en lugar de un derecho fundamental.

Así que cierto es que menstruar en esta sociedad no mola nada. Apesta, diría yo. Pero la acción y el hecho de menstruar no son el fallo. De nuevo nuestro cuerpo no es el defectuoso. Hemos de canalizar la ira que lanzamos sobre nosotras mismas (nuestro cuerpo) y orientarla hacia el sistema, ya que es el que a través de la cultura nos ha enseñado a mutilarnos para caber en sus limitados, imposibles y crueles moldes. Moldes que se basan en cuerpos masculinos y que incluso ni a estos representan. Así que cada vez que decimos: “¡odio mi regla! “podríamos estar diciendo: “¡odio este sistema de mierda que no me permite ser como soy!” porque ésta es la realidad que late bajo esas frases de odio hacia nosotras mismas. Jamás entenderé cómo podemos preferir insultarnos y descalificarnos a comprender qué es lo que ocurre en nuestro cuerpo y en la sociedad en la que éste se mueve.

3. Entonces las hormonas, ¿determinan completamente nuestro comportamiento? Esto es muy peligroso pues es realmente esencialista.

Nada determina completamente nada. Las hormonas influyen en el comportamiento y viceversa. Que seamos carne. humor y huesos no significa que sólo seamos esto. También somos un cuerpo social, un cuerpo sexual, … Lo que ocurre es que hemos tratado de evitar nuestra carne y su voz debido a los juegos maquiavélicos que una parte de la Ciencia (hay grandes científicxs) jugaron en base al cuerpo y cómo interpretaron éste. Los que descalificaron nuestro cuerpo utilizaron la Religión, y después la Ciencia, como baluartes y por ello salimos corriendo cada vez que alguien trata de hablar del cuerpo desde esta última (la nueva religión). Este pánico es razonable. Pero ocurre que hay que atravesarlo porque, nos guste más o menos, somos porque habitamos un cuerpo. Conocer cómo funcionas tú (tu cuerpo) te da ventaja, además de poder sobre ti misma. Forma parte de la reconquista pues la biopolítica (palabrazo de Foucault) se encarga de gestionar tu cuerpo por ti. Cada vez que alguien obvia su obligación de conocer e investigar sobre su cuerpo, está alimentando el poder que el Estado y Sistema ejerce sobre ella.

Las hormonas de los cuerpos femeninos provocan estados diferentes a las hormonas de los cuerpos masculinos. Pero ninguna de todas ellas es mejor que otra. El cuerpo, como ente, no entiende de categorías. Esto lo hacemos nosotrxs a través del cuerpo-mente cultivado en esta cultura. La testosterona no es mejor que la progesterona. Aunque a niveles sociales ésta esté más valorada que la segunda. Conocer cómo actúa la progesterona en tu cuerpo te da márgenes para comprenderte y actuar. Posibilita un enfoque más amplio en la toma de decisiones. Para mí procura mayor libertad en tanto que no siento que mi cuerpo me limite sino que me invita (a veces incluso fuerza) a buscar las situaciones de mayor placer aquellas que están directamente unidas a la voz de mi deseo. Porque el cuerpo no busca la superviviencia, el cuerpo busca vivir placenteramente y esto, esto es un auténtica revolución en nuestra cultura del deber y sacrificio. Cultura heredada de nuestros patriarcas y que tanto nos cuesta desterrar de nuestro cuerpo.

Los comportamientos que adoptamos según la química que producen ciertas hormonas sí se ven marcados por la cultura y cómo hayamos aprendido la categoría género. En todo caso, esto es lo susceptible de ser valorado como esencialista. No la química en sí misma. La clave está en reinterpretar estos efectos químicos de modo que podamos abandonar la dicotomía cultural de los géneros: hombre- mujer. De nuevo, conocer cómo funcionamos y cómo opera la cultura en nuestro cuerpo, son las claves.

Y aquí termino mi autoentrevista con los 3 puntos que siempre, siempre, siempre; haga frío, llueva, nieve o truene me preguntan. Creo que aprovecharé esta entrada para enviársela a la próxima persona que me las quiera volver a hacer. Yo entiendo que hay que preguntarme por esto y por mucho más porque sí, es cierto, tengo un trabajo desconocido. Un trabajo que no existe por sí sólo, existe sólo conmigo con lo que esto ya es demasié pal body. Pedagoga menstrual porque diseño espacios educativos en torno al ciclo menstrual. Sí, esto es que investigo, desarrollo, creo y facilito experiencias de aprendizaje y materiales para lo que he bautizado como educación menstrual. Es a través de la educación desde donde parto para conocernos y  desmantelar lo que la cultura dice sobre nosotras y nuestros cuerpos. Sí, no pensé ser esto de pequeña pero es lo mejor que he hecho nunca. No es fácil, hay muchas resistencias dentro de nosotras y fuera, en el entorno. Pero yo sigo y sigo y sigo hasta el infinito y más allá. Así que si alguna quiere mirarme a los ojos y preguntármelas de nuevo, adelante. Sonreiré y contestaré una y mil veces.

Día  23: premenstrual

Pic de Ismael Llopis

Si quieres conocerte más y mejor, mimarte con luces, sombras y destellos, nos vemos cada viernes. ¿Te vienes?

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Conocerte es vivirte. Vivirte es amarte. Amarte es ser libre.

 

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