Te va a doler

Va a doler.

Mucho.

Y si te dicen que no:

a) no saben

b) te mienten

Conocer tu ciclo, bucear dentro de ti en esta pecera que conoces como Casa, Mundo, Familia, Sociedad, va a dolerte un montón. Y estaba siendo una irresponsable si no te lo decía. Va a doler y vas a querer mandar a la mierda todo lo que aprendas. Preferirás, no pocas veces, haber seguido como antes. Porque quizás ya no dolerán las contracciones de tu útero cada veintipico días pero sí el corazón, porque no te voy a engañar, mirar dentro de ti y atravesar lo que te contaron sobre quién eras y quién llegarías a ser, duele. Mucho.

Al principio todo tendrá ese olor a libro nuevo propio del 13 de septiembre, cuando una empieza el cole y un mundo nuevo y mágico se abre como una flor y nos embriaga de promesas. Esa etapa es bonita y es necesaria, es como cuando una se adentra en el mar en pleno verano: refrescante, prometedor, soñado… Después toca nadar mar a dentro y perder de vista la orilla, y acabar sola contigo y tus 4 mujeres (son más si contamos a las fases de transición) y los mil fantasmas que vienen con cada una; y a todo esto se le suma el no estar zambulléndote en una isla paradisíaca, sino en mitad de tu vida de idas-y-venidas con tu familia, tu (o falta de) trabajo en este inclemente mundo fálico. Sí, todo un deporte de riesgo.

A mí nadie me advirtió de esto. Me lo he ido encontrando solita sola. Hice de esta aventura mi trabajo, con lo que a paso dado y meñique perdido, aprendo y comparto contigo. Te confieso que yo vengo de ese pensamiento casi hedonista que trata de huir del dolor o que considera a éste como un fallo en el sistema. Años de filosofía y práctica zen me han servido para investigar en esto del dolor, de lo oscuro y parece que desarrollé un buen discurso sobre esto. La cosa está en que al volver a estar enferma he vuelto a tomar contacto con el dolor físico. Ya que la angustia mental ha sido parte de mi dieta desde mi excesivo uso de razón, el dolor en mis carnes nunca ha ocupado mucho espacio, ya que nunca me he permitido sentirlo. Tenía la estrategia de atravesar el dolor, una técnica que me inventé siendo muy pequeñita. Gracias a los abusos que sufrí, aprendí a desprenderme del cuerpo cuando la cosa se ponía dura, así que siempre he sido muy buena en esto de no sentir dolor. Peeeero el día 30 de septiembre, en terapia, tuve que aterrizar el mi cuerpo. Me retorcía del dolor y al abrir los ojos le dije a mi terapeuta que veía mi cuerpo magullado al estilo thriller de niña violada y torturada encontrada en un río un mes más tarde de la tragedia. Al volver  casa (siempre hago el trayecto de terapia a casa hecha una auténtica mierda) fingí una tarde normal con el consiguiente vacío en el pecho y el 1 de octubre viví el primer de los cuatro cólicos renales de estos meses. Desde entonces no he parado de sentir dolor.

Éste ha ido cambiando según yo cambiaba mi relación con él. Los primeros días lo negaba, incluso hacía bromas, hacía como que buscaba soluciones pero confiaba en que pararía. No paró. Siguió. Cuando parecía que lo tenía ubicado, cambió su horario y se volvió aleatorio. Quería eliminarlo, volver a ser yo, pero yo ya no era yo. Comencé a luchar y me sentía absurda pues estaba tratando de luchar contra… ¿mí? Tanta tensión me provocaba frustración y con ella…¡más dolor! Hace poco acabé por rendirme. Todo vino al salir de otra cita de terapia (da para mucho esto de ir a un sitio a ver tus miserias y quedarte muda del pánico), la última. En ella, llorando como sólo lloro cuando estoy sola en casa, le dije: Esto duele mucho ¿Por qué? ¿Por qué? A lo que él me respondió con una compasión conmovedora: Erika, la vida duele. Y cuanto más tratamos de alejarnos del dolor, más daño nos hacemos. Al salir, me rendí. Joder, sí, la vida duele.

El dolor es parte de la vida. Parece una sentencia de sabia o de idiota redomada (las frases así siempre pueden pertenecer a ambos seres) es una obviedad que jamás quise admitir, pese a que siempre me he vivido desde el dolor y el miedo. Quizás por eso quería pensar que el dolor era imaginación mía. No sé. Esto no lo sé y tampoco sé si necesito saberlo. La cosa es que comencé a pensar en mis procesos y en cómo había planteado mi trabajo. Pensé en que el dolor es lo que a muchas nos acerca a conocer nuestro ciclo y el funcionamiento de nuestro cuerpo en esta sociedad (sin incluir a la sociedad no podemos entendernos) y en cómo yo buscaba las maneras de amarnos para gozarnos, como si este proceso siempre fuera a ser libre de dolor. Analicé los procesos de las mujeres a las que he acompañado y el mío propio y vi el dolor. Un dolor diferente al dolor de la incomprensión. Un dolor más parecido a cuando te encienden las luces del cuarto de golpe, después de 12 horas durmiendo. Y escribí en mi libreta esta nota:

Cuando vuelvas a escribir, escribe sobre el dolor de conocerse. El dolor es parte del proceso. Es un paso necesario si se busca el cambio.

Hoy me he sentado y he sentido que hoy sí podía escribir sobre cómo el dolor es síntoma de que vamos por el buen camino en el autoconocimiento. Porque pasarse a oscuras los taitantos años que tengamos y ponernos a remover, abrir y cerrar, desempolvar y bucear genera un dolor profundo que no puede ni debe ser negado y que incluso se merece ser reconocido. Y digo esto de reconocido porque parece que al dolor no le queremos dar su lugar bonito, su espacio para admirarlo y dejarlo ser. Lo embotamos y metemos bajo la alfombra y aunque nos tropecemos mil veces con él, creemos que es mejor así. Mi abuelo siempre dice: Deja de remover la mierda. Y yo siempre respondo: Utiliza tu mierda como abono. Yo soy un ejemplo viviente de evasión de dolor. He tomado tantos atajos que ahora me está llevando meses acoger el dolor original más el agregado (éste es el resultado de la evasión del primer dolor). El camino más rápido para pasar el dolor, es atravesarlo. Podemos tomar miles de caminos pero, al final, llegaremos al mismo punto con más cansancio, más ceguera y más angustia. Saber esto ¡me habría ahorrado tantas mierdas! Pero es que las necesitaba todas para mi rico abono (a estas alturas he de practicas un optimismo naïf).

Ahora bien el dolor puede atravesarse y vivirse de muchas maneras. La peor para mí es la de vivirlo sola. Y sí, vale, al final del día una tiene que estar sola con sus miedos y ponerse una misma en orden PERO la compañía es un bálsamo. Aunque sea una compañía tan selectiva como la de unx amigx o la de un gato, pero sola es inviable. El dolor comienza entonces a transformarse en sufrimiento. Y es que esto es cierto, las penas con una cerveza y una buena buena amiga, son menos. O al menos más fáciles de digerir (lo dice una que se pasó 8 meses encerrada en casa sin admitir visitas). Algo que estoy viendo en esta nueva etapa de dolor, es que todas las personas nos dolemos. Todas vivimos este proceso. Lo que ocurre es que nos enseñaron a ocultarlo, a endulzarlo, a tragarlo y guardarlo bajo llave. Es muy liberador cuando una, en su fase premenstrual (por ejemplo), grita su dolor y angustia y otra le recoge el guante. Es necesario hacer este espacio de penas y glorias.

Conocer tu ciclo no te salvará, escribí una vez. Conocerte te va a doler, digo ahora. Entonces cacho de loca ¿por qué lo haces? Porque es el camino directo para vivirme auténticamente con todo lo que esto comporta. Es el camino sin atajos o con los atajos que yo elija. Es un proceso de valientes que dura toda una vida, que es intenso hasta llorar de extasis y reír de dolor. Ver cómo una funciona en este mundo y no otro, cómo su cuerpo se conforma según las representaciones y ficciones que le y se construye es bru-tal. Sí, a veces me gustaría ser Cifra y pedir que me enchufen de nuevo. Pero nunca cambiaría este dolor por el dolor de la ignorancia o el del saber y no querer ver. Sé que me va a tocar llegar al mismo sitio y no quiero llegar apaleada, drogada, exhausta, desmembrada. Ahora toca esto, pues ahora a zambullirse y respirar (no se puede respirar dentro del agua, lo sé). Respirar en lo incómodo– me recordó Ariadna hace 1 semana- y sin que se diera cuenta lo apunté en mi libreta verde. Me lo recuerdo cada día. Sé que puedo hacerlo, sé que las 16 mujeres que soy (4mujeres por 4 fases de transición- tengo artículos pendientes por escribir-), pueden hacerlo. De esto va la vida, de conocerse y perderse y volver a encontrarse, diferente, igual, única, común. El dolor es parte de ella. Se afronta con diferentes matices, porque cada una de las mujeres que soy lo siente diferente (la ovulatoria teme no ser nunca madre, la premenstrual estar condenada al suicidio, la menstrual no saber volver a la vida y la preovulatoria no volver a crear nunca más y morirse de hambre). Gracias a conocerme no me abrumo al ver cómo mi dolor toma diferentes cuerpos. Antes, a todo esto se le sumaba la creencia de la locura, de ser el único animal sobre la faz de la tierra voluble y atormentado de un modo tan horroroso que nada era igual al segundo anterior. Ahora sé que ser mujer (en esta sociedad) duele. Porque sí, la vida duele y la vida en cuerpo de mujer, duele de un modo concreto.

Siempre he querido evitar el dolor a las demás. Espíritu de mártir, aspirante a santa, no sé. En estos días siento lo contrario. No voy a provocarlo, claro está, pero si es un dolor para expandir los límites y aprender (sólo aprendemos lo valioso en cierto grado de tensión- incomodidad, esto es: fuera de la zona de confort) lo acompañaré y no tocaré. Dolerá, pero no para siempre. Todo pasa. Todo llega– dice Gemma. Es parte de la vida y de esto va el cuento, de vivirla.

Va a doler.

Es posible que mucho.

Pero, ¿sabes qué?

No estás sola.

 Día 20: premenstrual

Pic  de Kemi Mai

Conocerte es vivirte. Vivirte es amarte. Amarte es ser libre. Cada viernes te lo recuerdo en los Redwalker’s Fridays ¿Te vienes?

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