Yo, ¿soy?

Yo, ¿soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

DESCUBRIRME

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común? ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo,  este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia.

Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo.

Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor, construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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Conocerte es vivirte. Vivirte es amarte. Amarte es ser libre.

 

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